miércoles, 10 de octubre de 2007

La Confianza

En Dios no Confiamos
(Por Michael Kinsley)

Los observadores del fenómeno Hitchens estaban esperando un libro suyo sobre religión para estas fechas. Pero este impresionante y disfrutable ataque a eso que tanta gente estima no es el libro que estábamos esperando.
Primero en Londres, hace 30 años o más, luego en Nueva York, y las dos últimas décadas en Washington, Christopher Hitchens se ha convertido a sí mismo en todo un personaje. Este personaje se basa en fuentes tan familiares como las novelas de P. G. Wodehouse, Evelyn Waugh y Graham Greene, los políticos de izquierda de los sesentas (en su variante inglesa); y, por supuesto, George Orwell. (Otros agregarían a Bunthorne, personaje de la obra de Gilbert & Sullivan Patience, pero en este caso no se trata de una influencia intencional). Hitchens es el bohemio y el petimetre, el vistoso corresponsal extranjero, el esmerado crítico literario y el intelectual engagé. Le encantan los anfitriones de Washington, pero les soltará una bomba apestosa en el salón si se presenta la oportunidad.
Su conversación es chispeante sin esfuerzo aparente, y si bien es demasiado rápido para recurrir al francés en busca del mot juste, sus joyas de erudición, aunque llamativas, son verdaderas. O, por lo menos, me engañan. Hitchens tuvo razón al elegir Washington en vez de Londres o Nueva York.
Sus enemigos prefieren creer que es un fraude. Pero no lo es, como la existencia de tantos de esos enemigos tiende a probar. Es bastante pagado de sí mismo, pero no más que otros tantos en Washington –o incluso en Londres y en Nueva York– que no son tan buenos como él. Es disoluto por principio, con la valentía de la disolución: goza de fumar y de beber, y no sólo de la reputación de fumar y beber –aunque también goza de eso. Y así y todo, es productivo a un grado que parece engañoso: 23 libros hasta ahora, folletos, colecciones y colaboraciones; una columna larga y a menudo bien investigada cada mes en Vanity Fair; frecuentes descargas de fusilería en Slate y en otras partes; y discursos, discusiones y otros espectáculos públicos siempre que aparezcan.
El gran reto estratégico para una carrera como ésta es seguir siendo interesante, y la táctica más fácil para hacerlo es la sorpresa. Si ellos esperan que tú digas X, tú dirás menos X.
La consistencia es una tontería, como dijo el hombre. (¿O no lo dijo?). Bajo las reglas no escritas y algo excéntricas del discurso público americano, una afirmación que contradice todo lo que has dicho antes es considerada, por esa misma razón, especialmente sincera, valiente y digna de confianza. Cuando yo era editor en The New Republic en los ochentas, bromeábamos con cambiarnos el nombre y ponernos “Even the Liberal New Republic” (Incluso la Nueva República liberal…) porque era así como nos referíamos a todos los que adoptaban una posición conservadora sobre algo, lo cual era bastante frecuente. Entonces llegó el día en el que adoptamos una posición liberal sobre algo, y fuimos llamados Even the Conservative New Republic (Incluso la Nueva República Conservadora).
Como ilustra este ejemplo, entre los escritores que hablan de política la técnica de la sorpresa usualmente significa empezar en la izquierda y virar a la derecha. El problema es: haces esto una vez, y luego, ¿cuál es el siguiente truco?
Christopher Hitchens ha parecido resolver este problema transformando su conversión en una “Danza de los siete velos” ideológica. Hace ya tiempo se declaró antiabortista. ¡Interesante! Después descubrió y transformó en un banquete kosher el hecho de que su madre, muerta, fuera judía, lo que según la ley judía le transformaba a él en judío. ¡¡Interesante!! (era notorio en aquel momento por sus ideas antisionistas). En los noventa, Hitchens era violento, y de alguna manera inexplicablemente, hostil al Presidente Bill Clinton ¡¡¡Interesante!!! Podría pensarse el declive de Clinton –la cosa que molestó más a los liberales y los izquierdistas– consiguió atraer a Hitchens. Por último, hace poco se convirtió en el partidario más serio intelectualmente (tal vez en el único) de la guerra de Irak, al margen de los neoconservadores. ¡¡¡¡Interesante!!!!
¿Adónde se dirigía su tren? Probablemente hacia una conversión clara al conservadurismo más común y a una rápida caída en los clichés y la demagogia (el camino recorrido por Paul Johnson, un personaje británico similar de la generación anterior). Pero de seguro le quedaba tiempo para alguna aventura intelectual más antes de retirarse a la Institución Hoover o algún otro asilo mental. Una posibilidad descollaba: Hitchens, conocido como un ferviente ateo, podía encontrar a Dios y aceptar la religión. La única pregunta era qué sabor escogería. ¿Abrazar el Islam? Demasiado mono. ¿Completar el guión medio escrito del judaísmo? ¿Convertirse en católico, siguiendo el camino bien trazado por escritores británicos como Waugh y Greene? ¿O –más curioso y original– abrazar la vieja Iglesia de Inglaterra (el episcopalismo en Norteamérica) y pasar sus años de decadencia escribiendo sobre la belleza de los himnos, lo esencialmente británico de los camposantos de aldea, la importancia de proteger a la religión de los peligros del exceso de fe, y todo eso?
Pues bien, señoras y señores, Hitchens o está jugando al disidente al más alto nivel o, posiblemente sea hasta sincero. Y mientras nos tenía esperando un menos X, nos confunde volviendo a X. Ha escrito, con tremendo brío y gran agudeza, pero también con una genuina cólera subyacente, un ataque total contra todos los aspectos de la religión. A veces en lugar de usar la palabra “religión” se refiere a la misma como “culto de Dios”, lo cual, aunque sea virtualmente una tautología (¿ser objeto de culto no es casi la definición de un dios?), hace parecer la práctica como algo siniestro y extraño.
Hitchens es un ateo de pueblo de la vieja escuela, de los que se coloca en la plaza para pelearse con los buenos ciudadanos que van camino de la iglesia. El libro está lleno de florilegios y acertijos lógicos, muchos de ellos divertidos para el incrédulo. ¿Cómo pudo Cristo morir por nuestros pecados cuando se supone que no murió en absoluto? ¿No sabían los judíos que el asesinato y el adulterio eran malos antes de recibir los Diez Mandamientos? ¿Y si lo sabían, por qué es un regalo tan maravilloso?
En un tono más sombrío, ¿cómo puede el "argumento del diseño"1 (de que tan sólo algún tipo de “inteligencia” podría haber diseñado algo tan perfecto como el ser humano) reconciliarse con la práctica religiosa de la mutilación genital, que plantea que las mujeres, al menos, tal y como la naturaleza las crea, no son en absoluto perfectas? Si agudezas como estas detienen o no al creyente es una pregunta que ya no puedo contestar.
Y todas estas salidas lógicas no conforman un argumento sostenido porque Hitchens cree que un argumento sostenido no debería ser necesario, y mucho menos resultar suficiente. Para él es cegadoramente obvio: todas las grandes religiones comienzan en la época en que sabíamos una pequeña fracción de lo que sabemos hoy sobre los orígenes de la Tierra y la vida humana. Es comprensible que los primeros humanos hayan desarrollado historias sobre dioses o dios para salvar su ignorancia. Pero la gente de hoy no tiene excusa. Si continúan creyendo en lo increíble, o dicen que lo hacen, son imbéciles o lunáticos o mentirosos. “El deseo humano de creer en cosas buenas como milagrosas y cargar las cosas malas en otra cuenta es aparentemente universal”, subraya Hitchens, sin compasión.
Aún cuando el título de Hitchens se refiere a Dios, su real fuerza se encuentra en el subtítulo: “la religión lo envenena todo.” Refutar la existencia de Dios (al menos para su propia satisfacción y honestamente para la mía) es sólo el comienzo para Hitchens. En realidad, a veces parece que el tema de su existencia sólo fuese uno de lo huesos que Hitchens quiere romperle a Dios –y ni siquiera el más importante. Si Dios dejase al mundo tranquilo, Hitchens estaría encantado de dejarlo existir, silencioso, retirado en algún lugar. Posiblemente en la Institución Hoover.
Hitchens manifiesta una atracción recurrente por el principio de la navaja de Occam: las explicaciones simples son más proclives a ser correctas que las complicadas. (Por ejemplo, la tierra gira en torno al sol; el sol no hace un complejo viaje a través de la tierra). Se podría pensar que la Navaja de Occam podría favorecer a la religión; la historia de la creación ofrecida por la Biblia ciertamente parece más simple que la evolución. Pero Hitchens argumenta con efectividad, una y otra vez, que adjuntar el mito religioso a lo que conocemos como cierto gracias a la ciencia no agrega más que complicaciones innecesarias.
Para Hitchens es algo personal. Gran amigo de Salman Rushdie, nos recuerda que no fue un musulmán loco y marginal quien lo amenazó, mató a varios y lo convirtió en prisionero virtual por el crimen de escribir una novela. Los líderes religiosos de los credos más importantes, que discrepan en algunas de las preguntas fundamentales, han logrado dejar a un lado sus diferencias y aceptar que Rushdie se las traía. Por otro lado, Hitchens nota agudamente que si cualquiera de los credos más importantes estuviese en lo cierto, los otros deberían ser falsos en aspectos importantes –un punto obvio a menudo olvidado en la cálida bruma del ecumenismo.
La erudición de Hitchens está en exhibición –de manera impresionante, y quizás pretenciosa algunas veces. En un párrafo es capaz de juntar a Stepehn Jay Gould, la teoría del caos y Saul Bellow; declarar que la película It’s a Wonderful Life es “atractiva pero abismal” (esa manera típica de Hitchens: ¿paradoxal agudeza? ¿Oximorónica insensatez? Elija usted), explicar el principio de la incertidumbre de Heisenberg a un público de cultura media, y acabar en una discusión sobre el potencial de las células básicas. Sin embargo, y pese a todas las tentaciones, ha sido capaz de escribir un libro sin ninguna cita de Sir Isaiah Berlin, la zorra o el erizo.
Hablando de zorros, Hitchens ha logrado burlar a sus observadores al escribir un libro serio y profundamente sentido, completamente consistente con sus creencias de toda una vida. Y Dios debería sentirse halagado: a diferencia de la mayoría que clama por atención, Hitchens lo trata como a un adulto. Michael Kinsley es columnista de la revista Time.

(1) Esto es una alusión a la teoría del "diseño inteligente" con la que algunos teólogos tratan de conciliar evolución y creación dívina. (N del T)

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