viernes, 2 de noviembre de 2007

Entrevista al Filósofo Daniel Dennett

AUTOR DE 'ROMPIENDO EL CONJURO' Y 'LA LIBERTAD EVOLUCIONA', LLEVA TODA LA VIDA BUCEANDO EN LOS LABERINTOS DE LA CONCIENCIA. DARWIN ES LA DEBILIDAD DE ESTE FILOSOFO, ENORMEMENTE APASIONADO HASTA PARA EXPLICAR POR QUÉ LA GENTE CREE EN DIOS. AUNQUE ÉL NO CREA.

CARGO: Director del Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts (Boston)
EDAD: 64 años
FORMACION: Doctorado en Filosofía por la Universidad de Oxford
CREDO: La responsabilidad del hombre en el futuro del planeta
AFICIONES: La vela, la granja, la escultura y la música
SUEÑO: Llegar a entender la 'arquitectura de la Conciencia'

Daniel Dennett se mueve con esa elevación de los marineros en tierra, como oteando un horizonte no tan imaginario que en su caso llega más allá de la bahía de Boston. Su despacho está surcado por fotos de veleros, y no tiene más que abrir las ventanas para sentir la hinchazón del viento y dejarse transportar a las lejanas costas de Maine.

Estamos en el Centro de Estudios Cognitivos de Tufts, donde pasa sus horas lectivas este filósofo con ínfulas de navegante, granjero, músico y escultor, finalista del Pulitzer con La idea peligrosa de Darwin y defensor a ultranza de la teoría de la evolución frente al acoso secular de la religión. Dennett, 64 años, tiene también el porte de un sabio de otro siglo, con esa barba blanca que se mesa para abemolar su poderosa voz y masticar sus audaces razonamientos, que tarde o temprano desembocan en el río de la evolución. Con su último libro, Breaking the spell (Rompiendo el conjuro), se ha propuesto llegar donde nunca antes: cómo explicar a Dios con la inestimable ayuda del científico británico.

PREGUNTA.- ¿No es un provocación recurrir a Darwin para llegar a
Dios?

RESPUESTA.- Desde el primer momento tuve la sensación de que me estaba metiendo en territorio vedado, pero no he querido buscar la provocación... Lo que yo sugiero es que hay una manera natural de explicar el fenómeno religioso, sin ese halo de supernaturalidad con el que se reviste siempre. En pocas palabras, que la religión surge como producto de la evolución biológica y cultural de la especie humana, como aparece el lenguaje y la música. No creo que esto pueda resultar insultante. He intentado ser respetuoso y cortés con los creyentes, pero he procurado ser honesto y directo también...


¿Por qué no voy a poder escribir sobre la religión con el rigor con el que he intentado escribir sobre otros asuntos? ¿Por qué no se puede hablar de las Iglesias como se habla de los partidos políticos o de las corporaciones? Hay mucha gente interesada en mantener el conjuro, en preservar la religión en el terreno mítico y sagrado, y condenar cualquier aproximación filosófica o científica...

P.- Usted ha llegado a decir que, desde un punto de vista científico, la religión podría explicarse como se explica el cáncer. ¿No le parece una comparación hasta cierto punto ofensiva?

R.- Por esa analogía me he ganado unas cuantas críticas... Pero la suscribo y reitero: a veces, la religión se comporta como el cáncer; a veces, alcanza formas tóxicas que se propagan por las comunidades humanas y arruinan la vida de la gente. Por eso creo que la comparación con el cáncer es bastante atinada: no tenemos más que ver lo que ocurre con el fundamentalismo en nuestros días. Pero no quiero decir que siempre se comporte así: la religión puede también tener efectos beneficiosos... Lo que no admito es que me critiquen, como ha hecho el antropólogo David Sloan Wilson, alegando que para poder analizar un asunto tiene que gustarte apasionadamente. Yo me pregunto: ¿los investigadores del cáncer tienen que estar maravillados por los progresos y la capacidad de reproducción del cáncer? Yo he conocido a un par de ellos, y lo que tienen es un profundo respeto por su objeto de estudio. Lo mismo he procurado hacer yo. No soy una persona religiosa, pero me interesa la religión como objeto de estudio.

P.- Y díganos, ¿por qué tanta gente cree en Dios?

R.- La buena razón, la razón feliz diría yo, es que los hombres piensan que creyendo en Dios van a ser más buenos, que abrazando una religión va a ser más fácil apartarse del mal. La otra razón, más prosaica, es que hay gente que necesita encontrarle un sentido a la vida más allá de lo que hace, y la manera más fácil es uniéndose a una Iglesia: así formas parte de algo mayor que tú, de la mayor historia jamás contada...

P.- Usted se educó como protestante, ¿cómo y cuándo rompió con la religión?

R.- A los 17 años perdí toda mi convicción. Pero no fue un distanciamiento fulminante. Mi propia experiencia con la religión me hace sentir una mayor reverencia por mi objeto de estudio. Las ceremonias religiosas me han interesado siempre mucho y, por supuesto, la música que incluyen: mi mujer y yo llegamos a coleccionar música de Navidad de todo el mundo.

P.- ¿Y su interés por Darwin empezó a gestarse al mismo tiempo?

R.- Más o menos. Empezó cuando estaba interpretando un papel en una obra de teatro en la Universidad... Necesitaban alguien con una voz profunda para interpretar a un vendedor de Biblias que pudiera cantar y decir cosas muy reaccionarias, y condenar a Darwin... Digamos que fue mi introducción. Sentí curiosidad y quise saber más sobre él.

P.- Más de una vez le han llamado «fundamentalista darwiniano»...

R.- Lo que pasa es que no he encontrado a nadie con un argumento más convincente sobre la vida en el planeta. Es más, si tuviera que dar una medalla de oro a la idea más brillante de la Historia, se la daría a Darwin por su teoría de la evolución por selección natural, por delante de pensadores tan importantes como Einstein o Newton. Tal vez no es la idea más profunda o más compleja que se haya tenido, pero sí es la idea integradora, la que unifica el mundo del propósito con el mundo de la materia bruta, o al menos así lo veo yo... Gracias a Darwin es concebible pensar que la vida surgió a partir de cosas no vivientes, que la conciencia ha evolucionado a partir de seres no conscientes, que el mundo ético ha evolucionado a partir de un mundo en el que no existía la ética... La noción del bien y el mal no ha existido por los siglos de los siglos. Algunos pueden pensar que la moralidad es un regalo divino; yo creo que es un producto de la evolución.

P.- ¿Y la noción de Dios?

R.- La idea de Dios aparece por ese atributo humano de querer encontrar un agente o una causa detrás de todo lo que se mueve. Las religiones surgen para explicar todo lo que de otro modo no se podría explicar, y de paso sirven también para reconfortarnos frente al sufrimiento y el miedo a la muerte, y para dar cohesión y unidad a los grupos. Y las religiones también evolucionan: del estado primitivo, como parte de la cultura folclórica de los pueblos, a las instituciones que todos conocemos. La religión tiene una explicación evolucionista. Darwin sirve para explicar casi todo en esta vida, incluida la noción de Dios. Yo me suelo referir al darwinismo como el ácido universal que atraviesa todos los aspectos de la ciencia, de la cultura, del pensamiento humano y, por qué no, de la religión.

P.- ¿Condenamos, pues, a la hoguera las teorías del creacionismo y del diseño inteligente?

R.- Las ponemos en su sitio y las denunciamos como lo que son: un fraude. Decenas de pensadores y científicos hemos contribuido a ello en este libro que tengo sobre la mesa, El Pensamiento Inteligente. Mi ensayo se titula El engaño del diseño inteligente y cómo se ha perpetrado. Estamos obligados a denunciar lo que no es ciencia y pretenden vendernos como tal. Michael Behe, el autor de La caja negra de Darwin, debe saber toda la evidencia que está suprimiendo, ocultando y manipulando cuando habla de la «complejidad irreducible»
y alimenta la especulación de que hay una mano inteligente diseñando la vida... El auténtico diseño es el de la propia Iglesia para protegerse a sí misma. Ahí está el libro La vida con propósito, de Rick Warren, que lleva vendidos más de 30 millones de ejemplares. Warren es un tipo muy brillante, pero su libro está lleno de falsedades: asume la verdad literal del Génesis y viene a decir, más
o menos, que antes del diluvio universal no llovía, que Dios «irrigaba» la Tierra...

P.- Más de 120 millones de americanos creen a pies juntillas que Dios creó a Adán del barro hace más o menos 10.000 años...

R.- La gente es libre de creer en lo que quiera, el problema es cuando esas creencias se convierten en dogma. Me preocupa el papel dominante que en los últimos años ha tenido la religión, y me pregunto si Estados Unidos está avanzando hacia una teocracia. En este país, si no crees, corres el riesgo de que te señalen con el dedo. Mi amigo Richard Dawkins se ha inventado un término, bright, que él propone como alternativa a ateo o agnóstico. De la misma manera que los homosexuales se apropiaron del término gay (alegre), nosotros reivindicamos bright para la gente que no cree en lo sobrenatural. La verdad es que hoy en día, en Estados Unidos, decir que no crees en Dios es casi como salir del armario. Tras la publicación de Rompiendo el conjuro, mucha gente me ha dado las gracias por ayudarle a superar ese miedo a exponer en público su no creencia.

P.- ¿Cómo se explica ese bache entre la América ultrarreligiosa y la
Europa secular?

R.- Me pregunto si el bache religioso seguirá durante mucho más tiempo o si las distancias se acortarán: tal vez en el Viejo Continente asistiremos pronto a una resurrección del fundamentalismo religioso, no lo sé. Otra explicación que se me ocurre es que mientras Europa estuvo durante siglos bajo el yugo de la religión de Estado, aquí ha funcionado el libre mercado, y la gente es más proclive a comprar y a vender la religión como un producto más.

P.- ¿Qué cree usted que pensaría Darwin si resucitara y viera la que se sigue montando a su costa?

R.- Yo creo que Darwin se sentiría vindicado gracias a los avances de la ciencia y se quedaría atónito si viera lo que ocurre en el proceso replicante del ADN. El escenario que él describió con tanta paciencia y detalle en El origen de las especies, con plantas y animales, es igualmente válido a nivel microscópico e incluso a nivel genético, como explica inmejorablemente Dawkins en El gen egoísta. Incluso el proceso de aprendizaje en el cerebro funciona de manera muy parecida al de la selección natural: hay una competición entre circuitos y neuronas para desempeñar ciertas funciones, y aquellos que son reforzados prosperan y prevalecen; los demás decaen...

P.- ¿Cuánto nos llevará aceptar la «peligrosa idea»?

R.- Las verdades científicas suelen quedarse un tiempo en periodo de prueba, hasta que la evidencia y las aplicaciones son tales que ya no pueden suprimirse y sólo cabe aceptarlas. Hubo un tiempo en que la gente pensaba que si las ideas de Copérnico se divulgaban, supondría el final de la civilización. Hoy en día, un niño de cinco años aprende en el colegio que es la Tierra la que da vueltas alrededor del sol y no tiene pesadillas por las noches. Algo así pasará con la teoría de la evolución dentro de unos años, ignoro cuántos.

P.- «La libertad es un regalo de Dios a la humanidad», son palabras de George W. Bush. ¿Y usted qué piensa?

R.- Es fácil darle la razón... sólo con cambiar la palabra Dios por lo que quiera que creó la humanidad, posiblemente la evolución. Yo pienso que la libertad evoluciona, como titulé uno de mis libros. Pero la libertad no es un milagro que viene directamente de Dios, es algo que viene de otro lugar y a nuestros ancestros me remito: la libertad de la bacteria para moverse por el mundo acuático, la del anfibio para salir del agua y caminar en la tierra, la del pájaro para volar... Libre como un pájaro. Pero el pájaro tiene una mente limitada y eso condiciona su libertad: no puede pensar en el futuro como nosotros.

P.- ¿Cuál es el futuro de la libertad?

R.- Lo que evoluciona puede también extinguirse... No es una cuestión meramente física o biológica; la libertad es un fenómeno social que ha evolucionado y seguirá transformándose de maneras inimaginables, pero puede también disolverse. Si abandonamos los principios y las prácticas que sostienen la libertad, podría desaparecer, como desaparecen las especies.

P.- ¿Cuál es su sueño incumplido?

R.- Me gustaría llegar a entender la arquitectura de la conciencia; he intentado llegar hasta ahí en algún libro (La conciencia explicada), pero tengo la sensación de haberme quedado siempre a las puertas. También me gustaría ver a mi nieto jugando el Mundial de fúbol. Ése es un sueño menos loco.

«DESDE SIEMPRE, ME ENCANTA ENTRAR EN LAS IGLESIAS... A ESCUCHAR MÚSICA»

P.- La navegación a vela, la granja, la escultura, la música... Da la impresión de que no tiene usted bastante con ser filósofo y escribir libros.

R.- Digamos que el homo habilis que hay en mí me lleva a hacer cosas prácticas y útiles para compensar tanta abstracción. Antes me consideraba marinero, granjero y escultor. Pero ahora, cuando no estoy escribiendo o en la Universidad, me paso la mayor parte del tiempo arreglando cosas. Siempre me ha atraído mucho la ingeniería.

¿Cuando sintió la llamada del mar?

- Aquí, en Nueva Inglaterra, forma parte de nuestra cultura. La vela me fascina desde edad muy temprana. Ahora tengo un bote de 22 años, un Beneteau de 42 pies de eslora, relativamente pequeño y barato teniendo en cuenta que los Beneteau son algo así como los Chevrolet de la navegación. Lo pongo todos los veranos en remojo en Maine. Aunque he navegado por muchas otras costas del mundo, en países como Alaska, Groenlandia, Tahití, Grecia...
También ha surcado el Mediterráneo en Barcelona...

- Bueno, me invitaron al Fórum de las Culturas en 2004. Se ve que a Joan Clos le gustó La idea peligrosa de Darwin: él fue el artífice de la traducción del libro y una de las personas que más ha hecho por divulgar mi obra en España.

Volvamos a Maine: ¿aún sigue trabajando en su granja?

- Me dedico a ella en cuanto acaba el curso en la Universidad. Tenemos sobre todo manzanas y arándanos. Lo que hacemos va más allá de la sidra: más seco, con el 10% de alcohol... Auténtico champán de manzana.

¿Y qué me dice de su otra gran afición, la escultura?

- Antes me dedicaba más en serio. Ahora lo tengo como pasatiempo, como este pisapapeles que ve usted aquí: es una pequeña lectora tumbada, que se queda leyendo el libro que tienes entre manos si le dejas la página abierta. O este imperdible gigante que tengo por acá...

¿Sigue cantando?

- Tuve que dejar el New England Classical Singers por falta de tiempo, pero sigo tocando el piano y cantando como aficionado. Y, desde siempre, me encanta entrar en las iglesias... a escuchar música. Con mi mujer solía ir mucho a la iglesia Emmanuel, en el centro de Boston, donde dan unos espléndidos conciertos gratuitos. No hay un lugar mejor donde escuchar la música de Bach que en una iglesia.

LA CUESTION

- ¿Qué lugar ocupa Dios en su credo particular?

- Puestos a creer, creo que los hombres y todos los seres vivos estamos aquí, en un pequeño planeta, en el sistema solar, en una galaxia, en medio del tiempo... Es increíblemente maravilloso que estemos en la Tierra, y estaría muy bien que existiera alguien a quien poder dar la gracias por todo esto.
Pero no existe... Algunos consideran la vida como el milagro de un creador: yo pienso que todo lo que somos es el producto asombroso de la evolución. Como creo que no hay nadie a quien poder agradecérselo, la única manera de expresar nuestra gratitud es dejar el planeta en las mejores condiciones posibles a la gente que viene detrás de nosotros, eso que llaman las siguientes generaciones.

El evangelio según Benedicto XVI

Si tuviera que referirme al principal evento que se ha producido en el ámbito occidental en lo que va de año, descartaría hechos bélicos, políticos o de índole social. Tengo presente las condiciones que configuran la auténtica noticia: novedad, naturaleza sorprendente del asunto, relevancia, significación, impacto. Todos estos rasgos se dan en algo que puede pasar desapercibido, por mucho que se haya hablado de ello una y otra vez. Me refiero a la aparición, en las librerías, de un libro del pontífice romano, Benedicto XVI, sobre Jesús de Nazaret (en español, en traducción de Carmen Bas Alvarez).

La prueba de fuego de todo gran teólogo consiste en afrontar el difícil reto de aproximarse a la figura del inspirador de la religión cristiana. Muchas veces esa aventura constituye el testamento teológico del autor. También sucede esto en el caso del actual Papa. Su condición pontifical añade un importante realce a la noticia. El propio Benedicto avisa de que su obra es susceptible de diálogo y de controversia. No habla en ella desde el magisterio eclesiástico que le inviste. Pero en la lectura no es posible olvidarse de su condición pontifical. Eso da al libro un carácter sencillamente insólito. El lector una y otra vez se ve asaltado por la doble naturaleza del teólogo que la escribe y del Pontífice que permite su publicación.

Sucede con Jesucristo algo semejante a lo que ocurre con Sócrates. Es cierto que éste se halla presente en los diálogos platónicos que lo sitúan como principal personaje. Sócrates, que Platón adoptó como gran protagonista de sus magistrales piezas filosófico-literarias, aparece también en Jenofonte en un texto bastante opaco que -quizás por su misma falta de luminosidad- fue entendido en el pasado como más fidedigno, como fuente histórica (como si la naturaleza obtusa de un documento fuese prueba de historicidad). Es sabido que Sócrates inspiró también movimientos muy diferentes de las ideas que se reflejan en los diálogos de Platón: las llamadas escuelas menores socráticas (cirenaicos, megáricos, etcétera).

Dentro de los diálogos platónicos suelen ser los primeros, los diálogos socráticos, los que en una primera impresión parecen acercarse más a la historicidad específica de Sócrates.


Durante mucho tiempo se tendió, en cambio, a desdeñar en nombre de la crítica histórica la versión, muy elaborada literariamente, y desde luego modificada por las propias doctrinas platónicas, que se descubre en los grandes diálogos del discípulo, Protágoras, Gorgias, Fedón, Banquete, Fedro, República, Filebo. Pero al final suele aceptarse también el testimonio platónico como especialmente fidedigno. Reconozco que la comparación puede resultar poco pertinente. Pero pienso que, en cierto sentido, nos permite disipar malos entendidos.
La figura de Jesús de Nazaret dio lugar a un número muy amplio de movimientos religiosos minoritarios. Generalmente se trata de tradiciones que terminan culminando en colecciones de hechos y de dichos. Según la naturaleza de la comunidad, la selección opera de modo diferenciado, destacándose el énfasis específico que se quiere resaltar. Disponemos de las Pseudos-Clementinas (cuyo componente judeocristiano puede perseguirse hasta el Corán islámico), o del Evangelio de los ebionitas, o de las múltiples familias gnósticas. Hay evangelios de Pedro, de Tomás, de Felipe, de María Magdalena; hasta de Poncio Pilatos. Ese amplio caudal literario suele encuadrarse en el epígrafe de Evangelios Apócrifos: unos, relativos a la doctrina, otros, a la vida (infancia, descenso al infierno tras la muerte, resurrección y ascensión, vida y muerte de María). Se dispone de un material muy extenso que contrasta con la enigmática nebulosa de la presencia histórica de Jesús de Nazaret, de quien apenas hay otro testimonio exterior que el del historiador judío Flavio Josefo.

Por esa razón la figura de Jesús de Nazaret se presta como nadie a la floración de una suerte de crítica histórica que persiga su rastro con espíritu detectivesco. Lo que termina hallándose es, demasiadas veces, documento de los principios doctrinales del que lleva a cabo la encuesta. De ahí la decepción que suelen producir libros en los que se advierte siempre la voluntad nada imparcial del intérprete. Hay también recreaciones novelísticas meritorias (pero que tampoco sirven de verdadero acercamiento al nervio vital del personaje).

Quienes durante los primeros siglos establecieron el canon de los textos de la Iglesia no se equivocaron. Sucede en algún sentido como con Sócrates. Este se halla regiamente instalado en los grandes diálogos platónicos. Y al final la misma crítica histórica -que es o debería ser siempre crítica filológica- los acepta como la mejor versión de esa figura. Frente a tanta suspicacia prevalece al fin la sensatez: el Sócrates del Fedón y de El Banquete es, quizás, el que mejor nos permite aproximarnos a ese enigmático personaje.

Con Jesús de Nazaret sucede algo análogo. El mejor modo de conocerlo, reconocerlo y estimarlo consiste en acudir a esa magnífica selección que son los Evangelios canónicos, cuatro relatos enteros y verdaderos, donde doctrinas y eventos se hilvanan con auténtica maestría. La figura de Jesús aparece, además, sesgada a través de cuatro perspectivas que se complementan, pero que acusan máximo contraste. El teólogo que mejor se acerca a Jesús es el que asume la crítica histórica (y los conocimientos de que se dispone respecto al contexto histórico), y que pone todo ello al servicio de una rigurosa exégesis del texto evangélico en sus cuatro versiones.

Si se quiere conocer de verdad a Jesús, léanse las magníficas monografías de teólogos protestantes y católicos que se acercan al personaje a través de esos relatos de los cuatro Evangelios. Pienso en Joachim Jeremías, en Ulrich Luz, en C. H. Dodd, en Romano Guardini, en Schnackenburg. Me salen bastantes nombres protestantes, pues la teología protestante ha sido en muchas circunstancias pionera. Son además (algunos de ellos al menos) los que cita el propio Pontífice.
En este sentido, el libro del Papa Benedicto me parece clarividente en la metodología adoptada. No voy a entrar en la valoración de los presupuestos teológicos del Pontífice. Pero la premisa desde la cual se acerca a la figura, la elección de los textos evangélicos como materia principal y la necesidad de subordinar la crítica histórica a la exégesis de éstos me parecen el mejor modo de aproximarse a la realidad y a la significación del personaje.

Se destaca, en las mejores páginas del libro, el Evangelio de Juan como el que, quizás, nos conduce a ese diálogo paterno-filial a través del cual se esclarece la figura de Jesús. Resalta en él su naturaleza divina a la vez que humana. Con el Evangelio de Juan ocurre lo mismo que con la versión platónica de Sócrates. Está lleno de doctrina teológica y de figuras simbólicas. Es sorprendente y original. Marca distancia con los otros tres pero sin contradecirlos. Y atestigua la procedencia de fuentes que no se hallan recogidas en los sinópticos, y que desde el punto de vista de la crítica histórica terminan despertando curiosidad e interés.

Hubo un tiempo en que se creyó que esa sobrecarga teológico-simbólica era prueba suficiente de su escasa historicidad. Como si los documentos fuesen siempre más fidedignos si poseían un carácter menos elaborado por la inteligencia, o fuesen tanto más históricos cuanto más obtusos. El Evangelio de Juan establece, como se sabe, un contraste grande con los otros tres: con la sobriedad trágica de Mateo, con el estilo personalísimo de Lucas, con la vivacidad de Marcos.

La figura de Jesús, a través de las páginas de este Pontífice teólogo, aparece realzada por el encuadre exegético y teológico. A contraluz van desgranándose aquí y allá las principales controversias de ese fecundo siglo XX tan pródigo en avances teológicos.

Esa teología, en Alemania, puede gozarse en las aulas universitarias, confiriendo a éstas un relieve que redunda en todas las materias de enseñanza. Esa misma teología en nuestro país vive, con demasiada frecuencia, en un coto cerrado eclesiástico, de lo que se resiente la formación universitaria, que suele ser analfabeta en asuntos teológicos.

En Alemania es frecuente que muchas personas de las más diversas carreras posean, como optativa Nebenfach -o carrera complementaria- teología. Sucede con filólogos, filósofos, economistas, astrofísicos, sociólogos… Muchos de ellos no son creyentes, pero saben que la formación teológica es indispensable para adquirir auténtica solvencia intelectual.

En nuestro país no se siente ni siquiera la necesidad de esa formación. Se ha transitado con máximo desparpajo de un romo nacional-catolicismo a un generalizado agnosticismo descerebrado. En lugar de una seria confrontación crítica con la teología abunda el más convencional de los tópicos agnósticos o ateos. No se tiene ni siquiera conciencia de la extraordinaria carencia que constituye la ignorancia de esas importantes controversias exegéticas y teológicas.

A este excelente libro de Benedicto el Pontífice se le pide a veces lo que por fortuna no da: un acercamiento a un Jesús histórico-mundano, cuando no novelesco, que permita aproximarnos a lo único que al parecer a algunos despierta interés en su figura: su doctrina moral, social o política. Con ser sublime su concepción ética, ésta se halla en Jesús de Nazaret subordinada al que constituye el verdadero núcleo de su mensaje religioso -de salvación-.

La reducción a figura puramente ética -cuando no política- del personaje es, entonces, la gran coartada. Pero la relevancia de la figura, cuyo papel en la propia gestación del cristianismo se ha discutido (R. Bulltmann), trasciende toda ética y política, o toda doctrina social. Hace referencia a aquello por lo que adquiere verdadero relieve histórico. Su notoriedad es, ante todo, religiosa.

La religión, como supo expresar en su estilo desgarrado Kierkegaard, debe nítidamente distinguirse de la ética, de la estética y, desde luego, de la teoría política. Exige un salto. O una reformulación de la razón (en términos de razón fronteriza). Acertaba Kierkegaard en saber que lo más fecundo de la figura de Jesús de Nazaret se halla en su carácter paradójico: en ser divino y humano.

La paradoja y la ironía se subrayan en los Evangelios, sobre todo en Juan. Hay en ellos, además de la ironía trágica de los dramaturgos griegos y de la ironía romántica que el propio Kierkegaard asume, la gran ironía juánica. Todo el texto del evangelio de Juan se halla bañado de ironía y paradoja. Por eso es, dentro de ese extraordinario cuarteto de voces diferenciadas que son los cuatro Evangelios, el primer violín. Quizás por eso es, también, el que aparece en primer plano en este evangelio según Benedicto XVI.

Los Templarios

El 13 de octubre de 1307 Jaques de Molay, último Gran Maestre de la Orden de los Templarios, fue arrestado junto con otros miembros de la hermandad por disposición de Felipe IV "El Hermoso", rey de Francia, con el silencioso apoyo del Papa Clemente V.
La persecución había comenzado a principios de ese año cuando el monarca acusándolos de herejía, ordenó la captura de todos los miembros de la Orden que se encontraran en territorio francés.
En verdad, la historia comenzó mucho tiempo antes. El Temple fue fundado en el año 1118 cuando Hugo de Payen, André de Montbard y otros siete caballeros ofrecieron a Balduino, entonces rey de Jerusalén, organizarse y velar por la seguridad de los peregrinos a Tierra Santa. Con el transcurso del tiempo la Orden del Temple (nombre fruto de que su primer asentamiento fueron las caballerizas del Primer Templo erigido por el rey Salomón) se enriqueció merced a donaciones, a los magníficos negocios mercantiles y financieros (baste decir que fueron los inventores de las "letras de cambio") y al botín obtenido en Tierra Santa otorgado a ella mediante las bulas papales Omne Datum Optimum (1139), Milites Templi (1144) y Militia Dei (1145). Los Templarios fueron prestamistas de nobles y reyes, y financiaron la construcción de numerosas catedrales en el país galo. Además colaboraron en las cruzadas con dinero y efectivos militares.
Este poderío, junto al hermetismo del grupo, comenzó a generar el recelo de la gente, especialmente de aquellos que debían grandes sumas de dinero a la Orden. Este fue el motivo principal por el cual Felipe IV decidió poner fin a la existencia de los Templarios, quien se encontraba fuertemente endeudado con ellos. La excusa que el rey francés arguyó para justificar la persecución fue la de herejía y sacrilegio. Todo basándose en habladurías y supuestas confesiones de integrantes que habían sido expulsados de la Orden. La realidad es que jamás se pudo comprobar nada de lo que se les imputó, ni hallar imagen alguna de ídolos o fetiches.
Cuando se llevó a cabo el arresto de los Templarios y de su último Gran Maestre el 13 de octubre de 1307, apoyados por el pontífice Clemente V mediante la bula Pastoralis Proeminentiae, los miembros de la Orden y su presunta autoridad máxima no ofrecieron resistencia y se entregaron mansamente a los designios del rey. Tanta mansedumbre despertó el asombro de los captores y, a con el paso del tiempo fue interpretada de muy diversas maneras.
Un aspecto muy importante de la Orden del Temple permitirá comprender esta cuestión de la falta de resistencia frente a la detención. La hermandad estaba constituida por tres ramas: la militar, la de los monjes y la de los maestros secretos. El verdadero Gran Maestre nunca fue conocido por los profanos y ni siquiera por la mayoría de los miembros de la Orden. Esto no debe sorprender, puesto que es usual en todas las instituciones secretas, esotéricas e iniciáticas que exista un alto mando que permanece fuera del conocimiento de quienes no alcanzan las mayores jerarquías. Jaques de Molay (cabeza visible y pública de la Orden pero no la verdadera) que era un hombre analfabeto, así como el resto de los hombres que, en apariencia, se dejaron capturar sumisamente por los soldados del rey Felipe, estaba cumpliendo la misión más delicada e importante de toda su vida. De ellos dependía que el Temple salvara sus preciosos misterios y que las jerarquías ocultas embarcaran, sin que fueran perseguidas, en el puerto que mantenían fortificado en La Rochelle, (situado en las aguas atlánticas de las costas francesas) para alejarse definitivamente de Europa y del Medio Oriente hacia unas tierras denominadas Armórica (el lugar de la armonía), designación dada a América por aquellos que llegaron mucho antes de que lo hiciera Cristóbal Colón, y así salvaguardar también sus riquezas. Por esta razón es que Molay se entregó obedientemente a sus captores.
¿Acaso halló el monarca la inmensa fortuna Templaria? La respuesta es no. Sólo pudo apropiarse de las fincas y propiedades que en nada se comparan con lo que esperaba hallar. Lo de valioso había sido salvaguardado. El gran poder de la Orden incluía un "servicio secreto" que fácilmente pudo enterarse con anticipación de los planes de Felipe IV. Antes de morir en la hoguera, Jacques de Molay afirmó: "Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad".
Casualidad o no, lo cierto es que en menos de un año fallecieron Felipe IV y Clemente V, tal como lo profetizara el Gran Maestre. El Papa falleció a los 37 días, en medio de fuertes e insoportables dolores. Sus médicos anunciaron que había muerto "merced a unos horribles sufrimientos". Felipe murió el 29 de noviembre al chocar con la rama de un árbol mientras montaba a caballo por el bosque de Fontainebleau. El golpe fue tan grave que el monarca pereció de una parálisis general, con grandes padecimientos hasta que llegó el deceso.
Publican "Processus contra Templarios" Las actas del proceso que condenaron a los templarios no desaparecieron, estuvieron extraviados por más de tres siglos. El Vaticano ahora las volverá públicas en la obra Processus contra Templarios, una edición rigurosamente limitada a 799 ejemplares. La publicación se realizará el 25 de octubre en la "Sala vieja del sínodo". La obra se basa en el pergamino de Chinon y contiene los actos del juicio inquisitorio que destruyó la orden de caballería de los monjes guerreros, fundada en el año 1118. El pergamino, que se creía perdido, lo encontró en 2001 Barbara Frale, una joven investigadora italiana que revisaba uno de los miles de estantes de la Biblioteca y Archivos secretos del Vaticano. El Archivo secreto del Vaticano definió la edición -que reproduce fielmente los originales conservados- como una obra "monumental", y la iniciativa forma parte de la colección "Exemplaria Praetiosa", que realiza publicaciones con reproducciones exactas y todo lujo de detalles, desde el uso del pergamino a los sellos dorados.
AcusacionesLa historia registra que el gran maestro de los templarios, Jacques de Molay, un 18 de marzo de 1314, subiendo a la hoguera, no solo maldijo por lo que se hizo para cerrar la Orden al rey francés Felipe el Hermoso y al papa Clemente V, según diversas leyendas, Molay habría maldecido a la casa real francesa "hasta la treceava generación", justamente la de Luis XVI, muerto en la guillotina durante la Revolución Francesa. Entre las acusaciones que se lanzaron contra la orden del Temple estaban la de contar con ritos iniciáticos que anteponían la Orden a la iglesia Romana, de practicar la sodomía, de haber cedido ante el Islam y la herejía de los Cátaros, de haberse erigido en custodios del Grial (cáliz de la última cena) y de querer para Europa un reino teocrático, con poder espiritual y temporal en un mismo monarca, todo ello sin presentar prueba alguna. Sobre los templarios se ha escrito mucho y existen diversas crónicas.Y si bien los actos judiciales que se difundirán el 25 de octubre podrán traer a la luz, después de siete siglos, aspectos desconocidos de la enigmática historia, el anuncio de la publicación ya hizo noticia, atrayendo la curiosidad de historiadores, místicos, ocultistas, esotéricos, curiosos y de los interesados en adquirir uno de los exclusivos 799 libros del Vaticano.