sábado, 20 de octubre de 2007

Ideario de Gobierno

El Ideal de Gobierno

Por: Arturo Zuloaga

“Cuando los magistrados son insolentes, codiciosos y conspiran unos contra otros, también conspiran contra la Constitución de la que deriva su poder logrando sus ganancias, o bien, a expensas de individuos en particular o del público en general”.

De los poetas griegos de la antigüedad nos viene la tensión clásica entre destino y libertad, que mediante el razonamiento y la experimentación nos lleva a intentar plasmar una y otra vez utopías científicas y construcciones filosóficas de la civilización y nuevas síntesis y culminaciones de la historia (philosophia perennis). Pero “no existe ciencia natural aluna de la política ni tampoco una ciencia natural de la ética con categorías formales y prácticas”. Los mayores triunfos de la filosofía se presentan de dos maneras: cuando alguien reformula las interrogantes a la luz de una visión del mundo o ideología novedosas (weltbild, weltanschaung) y cuando alguien descubre que ciertas soluciones dogmáticas generalmente aceptadas destruyen violentamente la síntesis anterior y nos enfrentan a una nueva idea o concepción por lo general tentativo.

Así, las nuevas ideas y términos más que resolver los problemas anteriores nos permiten observarlos a distancia, como confusiones de una época superada. Esa es la razón por la que la misión del intelectual hincado en su realidad histórica es “destruir las imaginaciones de las ortodoxias” mediante sistemas de análisis que no puede juzgar según su utilidad actual. En otras palabras, analizar la cuestión de la corrupción es reflexionar en torno a la tensión sobre el poder político e integridad individual, que siempre existió, que siempre existirá y que precariamente tratamos de resolver, como nuestros mayores, conforme al marco social, jurídico, político y económico que nos toca vivir. Es decir, ni especulando en el vacío teórico, ni dominados por un pragmatismo de derecho positivo.

La Democracia Unitaria

Hay por lo menos tres visiones tradicionales que reclaman la interpretación autentica de la virtud ciudadana: la de la elite dorada, frente a la masa corruptible (Rivadavia y Gladstone, En el siglo XIX); la de la voluntad general alerta frente a la elite timocrática corruptible (Rousseau y sus seguidores, en la segunda mitad del siglo XVIII), y la de la democracia participativa, que reduce y objetiviza las aspiraciones de virtud de los ciudadanos con miras a promover la libertad, la igualdad de oportunidades y el progreso material.- En el siglo americano, el sueño americano-
Pero es esta última, la que provéeme la pugna abierta – pero minuciosamente organizada- de los intereses individuales para así lograr el equilibrio del orden social, la que constantemente reclama nuestra atención razonada. Tanto que esa concepción de la democracia moderna, simbolizada por el sufragio universal, la igualdad ante la ley y de oportunidades, la representación política y la confrontación parcialmente ordenada de los intereses, pareciera ser la única existente. Pero no es así. Existe otra idea más antigua de democracia y acaso más poderosa, la del democracia unitaria, cuyos usos, formulaciones y procedimientos utilizan comúnmente los gabinetes ministeriales, las comisiones legislativas, los tribunales colegiados y los consejos de dirección empresarial. La tradición consorciacional del parlamentarismo europeo la recoge mucho más que del colonial español, que nos rigió desde la colonización en el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XIX.

La democracia unitaria busca la igualdad cualitativa, el consenso y el contacto directo entre los miembros y es la que mejor responde al modelo aristotélico de polis como amistad. En ella no se vota n se polemiza, ni se busca la confrontación; por el contrario, lo que no puede ser acordado se retira e la consideración y se avanza en los demás. Los participantes e sienten y se tratan como iguales y todo su accionar y objetivos tiende a fortalecer el vinculo de entendimiento y cooperación. Cuando los conflictos afloran, como cuando los clubes deportivos quiebran económicamente (Colo-Colo, Universidad de de Chile) o el resultado de sus equipos decae mucho o sus mejores jugadores con tentados desde el exterior, automáticamente se apela a la lealtad, a la memoria de glorias pasadas y el sentimiento de pertenencia.

Atenas fue la primera ciudad griega en instaurar la democracia adversaria (voto universal y simple gobierno de la mayoría) pero, seguramente siguió utilizando procedimientos de consensos para las decisiones mayores. El modelo de la democracia adversaria se difundió a partir del siglo XVII, especialmente con la aceptación creciente de la concepción política como administración permanente del conflicto –vislumbrada por los presocráticos en el siglo V D.C. y desarrollada por Maquiavelo y sistematizada por Bodin en el siglo XVI y universalizada por Hobbes en el siglo XVII-, que acompañó el desarrollo incontenible del capitalismo industrial en su etapa incipiente.

Ahora bien. La sabiduría interpreta que, así como por consideraciones prácticas la democracia representativa superó a la directa, también la democracia unitaria sería una falla de tiempos pretéritos, demasiado elemental para las relaciones contemporáneas basadas en la conveniencia y la ventilación abierta de los conflictos. Sin embargo, las lealtades siguen jugando un papel esencial en la acción política de todos los días y, por ello, el análisis científico debería incorporarlas como elemento necesario. No hay nada de nuevo en esto, ya que sabemos que, si bien la lealtad absoluta nos priva de juicio critico, la imparcialidad absoluta nos vacía de imparcialidad, ¿Qué caso no!

El análisis de nuestros problemas materiales y espirituales está dominado en la actualidad por el método económico, que da por sentado que nuestras apetencias son egoístas e ilimitadas. Los factores de la producción tradicionales ahora se denominan capital físico (los recursos naturales), financiero (el dinero y el crédito) y humano (agregando también a la tecnología y a la organización. Paro hay un capital que parece ser todavía más escaso e importante para el crecimiento social y económico: el capital social, esa compleja red de confianza mutua y lazos de reciprocidad propios de las comunidades solidarias. Que el cálculo económico usualmente no lo registre, por su intangibilidad extrema, no quiere decir que no exista o que no tenga incidencia económica. Es más probable que el espectacular crecimiento económico de la naciones del Asia Pacifico (APEC) de las últimas cuatro décadas se pueda explicar, por lo menos parcialmente, por la acumulación de capital social, por la preeminencia de la familia –extendida-, por la ausencia de litigiosidad en las relaciones de negocios, por el compromiso con la educación. Claro que hay capital social bueno y capital social malo, según que lealtades se vean favorecidas. Por ejemplo, la siniestra trama clandestina de la mafia, un invento chino tan persistente como los fuegos artificiales, pueden servir al crecimiento económico y la paz social sí, pero a costa de enmudecer las ciencias y reprimir la innovación. Como en Chile.

En esta época de crisis de legitimidad inmoderada de los gobernantes, es necesario reconocer la relevancia de los vínculos de solidaridad y reciprocidad y de su importancia para humanizar las relaciones políticas. No todo lazo de lealtad importa corrupción ni la confrontación de intereses es la única manera de llegar al equilibrio social y conocer la verdad.

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