sábado, 20 de octubre de 2007

Ideario de Gobierno

El Ideal de Gobierno

Por: Arturo Zuloaga

“Cuando los magistrados son insolentes, codiciosos y conspiran unos contra otros, también conspiran contra la Constitución de la que deriva su poder logrando sus ganancias, o bien, a expensas de individuos en particular o del público en general”.

De los poetas griegos de la antigüedad nos viene la tensión clásica entre destino y libertad, que mediante el razonamiento y la experimentación nos lleva a intentar plasmar una y otra vez utopías científicas y construcciones filosóficas de la civilización y nuevas síntesis y culminaciones de la historia (philosophia perennis). Pero “no existe ciencia natural aluna de la política ni tampoco una ciencia natural de la ética con categorías formales y prácticas”. Los mayores triunfos de la filosofía se presentan de dos maneras: cuando alguien reformula las interrogantes a la luz de una visión del mundo o ideología novedosas (weltbild, weltanschaung) y cuando alguien descubre que ciertas soluciones dogmáticas generalmente aceptadas destruyen violentamente la síntesis anterior y nos enfrentan a una nueva idea o concepción por lo general tentativo.

Así, las nuevas ideas y términos más que resolver los problemas anteriores nos permiten observarlos a distancia, como confusiones de una época superada. Esa es la razón por la que la misión del intelectual hincado en su realidad histórica es “destruir las imaginaciones de las ortodoxias” mediante sistemas de análisis que no puede juzgar según su utilidad actual. En otras palabras, analizar la cuestión de la corrupción es reflexionar en torno a la tensión sobre el poder político e integridad individual, que siempre existió, que siempre existirá y que precariamente tratamos de resolver, como nuestros mayores, conforme al marco social, jurídico, político y económico que nos toca vivir. Es decir, ni especulando en el vacío teórico, ni dominados por un pragmatismo de derecho positivo.

La Democracia Unitaria

Hay por lo menos tres visiones tradicionales que reclaman la interpretación autentica de la virtud ciudadana: la de la elite dorada, frente a la masa corruptible (Rivadavia y Gladstone, En el siglo XIX); la de la voluntad general alerta frente a la elite timocrática corruptible (Rousseau y sus seguidores, en la segunda mitad del siglo XVIII), y la de la democracia participativa, que reduce y objetiviza las aspiraciones de virtud de los ciudadanos con miras a promover la libertad, la igualdad de oportunidades y el progreso material.- En el siglo americano, el sueño americano-
Pero es esta última, la que provéeme la pugna abierta – pero minuciosamente organizada- de los intereses individuales para así lograr el equilibrio del orden social, la que constantemente reclama nuestra atención razonada. Tanto que esa concepción de la democracia moderna, simbolizada por el sufragio universal, la igualdad ante la ley y de oportunidades, la representación política y la confrontación parcialmente ordenada de los intereses, pareciera ser la única existente. Pero no es así. Existe otra idea más antigua de democracia y acaso más poderosa, la del democracia unitaria, cuyos usos, formulaciones y procedimientos utilizan comúnmente los gabinetes ministeriales, las comisiones legislativas, los tribunales colegiados y los consejos de dirección empresarial. La tradición consorciacional del parlamentarismo europeo la recoge mucho más que del colonial español, que nos rigió desde la colonización en el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XIX.

La democracia unitaria busca la igualdad cualitativa, el consenso y el contacto directo entre los miembros y es la que mejor responde al modelo aristotélico de polis como amistad. En ella no se vota n se polemiza, ni se busca la confrontación; por el contrario, lo que no puede ser acordado se retira e la consideración y se avanza en los demás. Los participantes e sienten y se tratan como iguales y todo su accionar y objetivos tiende a fortalecer el vinculo de entendimiento y cooperación. Cuando los conflictos afloran, como cuando los clubes deportivos quiebran económicamente (Colo-Colo, Universidad de de Chile) o el resultado de sus equipos decae mucho o sus mejores jugadores con tentados desde el exterior, automáticamente se apela a la lealtad, a la memoria de glorias pasadas y el sentimiento de pertenencia.

Atenas fue la primera ciudad griega en instaurar la democracia adversaria (voto universal y simple gobierno de la mayoría) pero, seguramente siguió utilizando procedimientos de consensos para las decisiones mayores. El modelo de la democracia adversaria se difundió a partir del siglo XVII, especialmente con la aceptación creciente de la concepción política como administración permanente del conflicto –vislumbrada por los presocráticos en el siglo V D.C. y desarrollada por Maquiavelo y sistematizada por Bodin en el siglo XVI y universalizada por Hobbes en el siglo XVII-, que acompañó el desarrollo incontenible del capitalismo industrial en su etapa incipiente.

Ahora bien. La sabiduría interpreta que, así como por consideraciones prácticas la democracia representativa superó a la directa, también la democracia unitaria sería una falla de tiempos pretéritos, demasiado elemental para las relaciones contemporáneas basadas en la conveniencia y la ventilación abierta de los conflictos. Sin embargo, las lealtades siguen jugando un papel esencial en la acción política de todos los días y, por ello, el análisis científico debería incorporarlas como elemento necesario. No hay nada de nuevo en esto, ya que sabemos que, si bien la lealtad absoluta nos priva de juicio critico, la imparcialidad absoluta nos vacía de imparcialidad, ¿Qué caso no!

El análisis de nuestros problemas materiales y espirituales está dominado en la actualidad por el método económico, que da por sentado que nuestras apetencias son egoístas e ilimitadas. Los factores de la producción tradicionales ahora se denominan capital físico (los recursos naturales), financiero (el dinero y el crédito) y humano (agregando también a la tecnología y a la organización. Paro hay un capital que parece ser todavía más escaso e importante para el crecimiento social y económico: el capital social, esa compleja red de confianza mutua y lazos de reciprocidad propios de las comunidades solidarias. Que el cálculo económico usualmente no lo registre, por su intangibilidad extrema, no quiere decir que no exista o que no tenga incidencia económica. Es más probable que el espectacular crecimiento económico de la naciones del Asia Pacifico (APEC) de las últimas cuatro décadas se pueda explicar, por lo menos parcialmente, por la acumulación de capital social, por la preeminencia de la familia –extendida-, por la ausencia de litigiosidad en las relaciones de negocios, por el compromiso con la educación. Claro que hay capital social bueno y capital social malo, según que lealtades se vean favorecidas. Por ejemplo, la siniestra trama clandestina de la mafia, un invento chino tan persistente como los fuegos artificiales, pueden servir al crecimiento económico y la paz social sí, pero a costa de enmudecer las ciencias y reprimir la innovación. Como en Chile.

En esta época de crisis de legitimidad inmoderada de los gobernantes, es necesario reconocer la relevancia de los vínculos de solidaridad y reciprocidad y de su importancia para humanizar las relaciones políticas. No todo lazo de lealtad importa corrupción ni la confrontación de intereses es la única manera de llegar al equilibrio social y conocer la verdad.

domingo, 14 de octubre de 2007

La Etica en Nuestro Medio

Ética Gubernamental y de la Oposición Política

Por: Arturo Zuloaga
Constituye una verdad de perogrullo afirmar la necesidad de la existencia de una ética de los gobernantes, así como del gobierno, entendido como totalidad y con funciones por encima de la sociedad. A quines por designación popular se les faculta para realizar el difícil trabajo de controlar las actividades sociales de una nación, de manera de reducir las contradicciones producto de los diferentes intereses en juego y poder entonces garantizar el desarrollo, debe necesariamente exigírseles una conducta ética permanente regida por reglas estrictas, que deben ser, además, aceptadas voluntariamente, sin imposiciones, sin la aparición de contradicciones entre sus mandatos y los deseos e intereses cotidianos. Estas reglas deben funcionar automáticamente sin que sus aplicación llegue a constituir un estorbo o limitación en la actividad diaria del gobernante o del gobierno. Decir otro tanto para la oposición política pudiera no parecer tan evidente ni tan claro, y ése es uno de los principales males que aquejan hoy la gobernabilidad y tranquilidad de nuestro país; pensar que se le puede hacer exigencias al gobierno pero no a la oposición. Pero de hecho, y esa esperanza es lo que la mantiene, la oposición hoy puede ser el gobierno de mañana, sin importar cuan lejos este es “mañana”. Quienes participan de la lucha política lo hacen en función de la conquista del poder. Luego, pueden ser poder algún día y en ese momento no desplegarán conductas éticas distintas a las extendidas durante todo el tiempo que actuaron como oposición.

No existe deferencia entre los comportamientos éticos que se manifiesten mientras se es oposición y los que se asuman luego de ganar el gobierno. Por ello, exigirle un comportamiento ético a la oposición y otro al gobierno se cree que es una tesis absurda. Las mismas exigencias éticas efectuadas al gobierno deben ser igualmente exigidas a la oposición política.

Uno de los elementos éticos fundamentales en el ejercicio de la función de gobierno, del cual nuestro país se ha visto privado casi desde su reconstitución democrática, radica en el manejo pulcro y eficiente de los escasos recursos materiales y humanos de que dispone, para atender y satisfacer las necesidades infinitas de una población en su mayoría carente absolutamente de todo. Contra este manejo honesto de la cosa pública conspiran una serie de situaciones y condiciones producto del subdesarrollo de nuestro país, que deriva en la aparición de graves contradicciones internas, sin que esto signifique que la corrupción gubernamental sea un problema exclusivo de los países atrasados.

La corrupción, por otra parte, también está presente en la oposición política y de ese irrefutable hecho se derivan las restricciones legales existentes, en la mayoría de los países, en el uso y probidad de las donaciones que financien las actividades de partidos y otras organizaciones. Con estas regulaciones los estados tratan de protegerse de las distorsiones futuras que los vínculos económicos, ordinariamente adquiridos en campañas y otras lides electorales, pueden producir en la conducción del gobierno en función de sus fines y objetivos. Dicho en otras, el Estado se protege de conductas atléticas de los grupos políticos que aspiran al poder, para tratar de garantizar una conducción ética del mismo en el futuro. Nuestro sistema económico es impulsado por la obtención de la máxima ganancia, dentro de una suerte de torbellino avasallante que menosprecia los costos sociales de esta conducta, los cuales son tan elevados que han llevado a reaccionar en su contra a economistas prestigiosos en todas partes del mundo, al nacimientos de conceptos como lo de “capital social” (Kliksberg, 200 a, b; 2002) y al tratamiento de los contrastes en eventos de este tipo que los considera como “los desafíos del desarrollo”.

La existencia de esta situación impone trabas que dificultan el asentamiento y extensión de un comportamiento ético en los diferentes niveles gubernamentales y también dentro de las filas de la oposición política. Una consecuencia es el esfuerzo institucional que se debe hacer para fortalecer a la burocracia gubernamental, de manera que le permita resistir las presiones perversas de usuarios y contratistas suplidores de servicios e insumos materiales quienes, con su proceder carente en absoluto de ética, trabajan continuamente en la perversión de todo aquel que supuestamente se necesite para la tramitación de adquisiciones y pagos. Con la oposición, como ya se señalé, parte de la concertación de los “negocios” es a futuro, pero como comparte responsabilidades de gobierno también debe efectuar esfuerzos para garantizar un comportamiento honesto de sus funcionarios, comprender estas dificultades significa descubrir sus muchas y variadas aristas, así como las dificultades existentes para el control y corrección de las mismas, lo que en absoluto quiere decir que se esté justificando una situación indeseable y nociva para la mayoría.

Se trata de conocer con detenimiento el fenómeno y sus causas, para poder abordarlo como procede, detectarlo precozmente, castigarlo en forma ejemplar y así terminar por erradicarlo en forma definitiva. Para ello necesitamos una nueva aproximación a los problemas, asó como establecer acuerdos y alianzar de nuevo tipo, que permitan prácticas y ejecuciones frescas e incorporen realmente a la sociedad toda en acciones que vayan mucho más allá de lo declarativo, de las simples promesas, de la necesaria pero insuficiente “buena intención” o de la formal resolución tomada por expertos en un seminario local o congreso internacional. Como los que personalmente he asistido.

Otro elemento a tener en cuenta con relación a la carencia de ética que comenzamos analizando es el relativo a la juventud de nuestra nación, todavía en procesos de maduración, con instituciones no consolidadas, preñadas de necesidades e insatisfacciones que, junto con la pobreza educativa generalizada, dificultan la participación ciudadana, el ejercicio pleno de la democracia y construcción de equipos gubernamentales eficaces, eficientes, de respuesta oportuna y de alta gerencia social.


Es claro que estas limitaciones afectan también a la oposición, pues la democracia, la participación y la construcción de equipos de trabajo, no son posibles en medio de una pobreza educativa general. Influye, por otra parte, el proceso histórico de formación de nuestros estados y de sus nacientes democracias, que para garantizar sus estabilidad y funcionamiento requirieron ganar legitimidad y apoyo copular masivo, por lo que se organizaron alimentando una burocracia parásita, ignorante, totalmente improductiva, sin valores éticos de ningún tipo, con elevados grados de corrupción, consumidora de buena parte del presupuesto de gastos del Estado y dispuesta a cualquier cosa para mantener esa situación insostenible de privilegios, la cual se disfraza detrás de los llamados derechos adquiridos. Es este actualmente uno de los principales y más difíciles problemas a ser resueltos por nuestros gobernantes, si realmente se quiere emprender con seriedad el camino del desarrollo económico y humano posible con alcance real en su capital social. Pero no se trata de un problema sólo de los gobernantes, se rata de un problema de país como un todo, incluyendo a la oposición política, la que tendría que lidiar con esa burocracia si llegara a asumir el control del Estado. Además, esa pesada e ineficiente no sólo dificultan el funcionamiento del gobierno lo cual en principio podría ser visto por la oposición política, pues termina por dañarlos a ellos también. Ni el gobierno, ni la oposición, puede estar interesado en destruir al país, si su comportamiento se inscribe dentro del campo de los mandatos de la ética, independientemente que, no tenemos en consideración la existencia de otros intereses o el uso de la razón.

Puede ser, y acontece en la realidad, que ni el gobierno ni la oposición sepan que hacer con el país, con su aparato productivo, con su política fiscal, con sus relaciones comerciales, con su política social, y eso los lleve a fracasos estrepitosos, generalmente pagados principalmente por las mayorías desposeídas del la sociedad civil. Eso es factible, y nuestra historia esta llena de casos aleccionadores ocurridos muy atrás en el pasado y muy recientemente. Países de América Latina, símbolos pasados del éxito, han caído en situaciones indeseables por errores de los gobiernos y de sus grupos de oposición que hicieron su trabajo sin tampoco saber que hacer con el país y no pudieron evitar con sus acciones la debacle ocurrida y la miseria del presente. La oposición política tiene una función importante en el desempeño de los gobiernos democráticos. No esta allí sólo para demostrar que existe y que por lo tanto se está en presencia de una democracia. No esta allí sólo por la motivaciones de sus integrantes y la lucha por el poder que estas motivaciones producen. No esta allí solamente para tratar de desplazar a su adversario gubernamental y sustituirlo en el futuro. Está allí también para gobernar. Sí, para gobernar… no en la forma de alianzas que usualmente vemos en nuestro país, sino ejerciendo como es debido su acción opositora. Si no asumen posiciones prejuiciados, ni demostrativas, si es objetiva en el análisis de la acciones gubernamentales, si tiene como norte el bienestar del país, la oposición adquirirá debida, que necesariamente conducirá, a hacer variar la acción gubernamental en determinados casos, lo que significará que la oposición está ejerciendo su derecho a gobernar, en forma similar a como lo hace en el Congreso Nacional en la elaboración de leyes y realización de otras funciones. “Actuar de una forma no constructiva conduce a negarse como oposición, a peder su carácter de alternativa y a no comportarse bajo los dictados de la ética”

En el campo de la ética existe, y es necesario decirlo, un disociación entre lo que se dice y lo que se piensa, más que evidente en los altos representantes de la economía mundial y de las finanzas, los mandatarios de los países poderosos, el comercio, la gerencia privada y las capas sociales más desfavorecidas. Así, mientras el discurso es vehemente y apasionado respecto de la necesidad de alcanzar la protección del niño y adolescente, lo cual indicaría que se rata de un valor ético importante de toda la sociedad, la desnutrición infantil afecta al 30% de los menores de dos años y los niños de la calle aumentan en número, sin que se produzca la esperada reacción de horror al respecto. Y pero, sin que se produzcan acciones efectivas de todos dirigidas a aminorar situaciones y mucho menos tendientes a eliminar las causas de las mismas.

Esto significa que ciertos grupos sociales o personalidades no creen realmente todo lo que dicen sobre determinados valores éticos, cuya estricta aplicación podría significar una merma en la magnitud de la riqueza por ellos disfrutada. Ocurre lo mismo con la aceptación del significado de los conceptos de equidad e igualdad social. Es difícil, si no imposible, encontrar a alguien que de frente y sostenga que es en desacuerdo con la equidad. Usualmente esas posiciones se disfrazan detrás de otro tipo de consideraciones. En general, todo el mundo está de acuerdo con la equidad y con la igualdad social, vistas así, en abstracto. Sin embargo, al momento de organizar acciones para garantizar la vigencia fe ambos conceptos, aparecen las contradicciones y los rechazos, y se revelan de esa manera quienes realmente se oponen y están en desacuerdo con el significado de los conceptos. Y eso pese a las limitaciones que ya tienen estos conceptos, por lo menos el de equidad definido como la igualdad de oportunidades, pues es claro que no todos en la sociedad tienen la misma capacidad de utilizar las oportunidades que se les presentan, por loo que se trataría entonces de distribuir de un modo equitativo las capacidades de acceder a las oportunidades, lo que implica de un cambio cualitativo del concepto (Fuenmayor, 2002b). En respaldo de estas afirmaciones invoco las opiniones de especialistas internacionales en la disciplina, quines señalan que el planteamiento ético a las relaciones económicas entre los países avanzados y naciones atrasadas. Así, Ugalde -2001, 2002- habla de las dificultades de mantener la mecánica del individualismo posesivo y la necesidad de incorporar la solidaridad como valor ético necesario para alcanzar el desarrollo para todos en paz. Otros rechazan la aplicación de modelos y recetas de otras latitudes –Flores, 2001- o alertan sobre los peligros de la “globalización” que ha nublado lo fines y ha quebrado la perspectiva de los valores culturales (Montes, 2001).

Las contradicciones anteriores significan la existencia de una dualidad valorativa entre lo que valoramos como más justo teóricamente y lo que aceptamos ocurra en la practica diaria, aunque no se trataría de una doble moral – Prats &Catalá, 2001- sino de reconocer que la valoración ética teórica es incapaz, por el momento, de hacer variar en forma importante las cosas y, por lo tanto, para sobrevivir en un medio institucional, en el que sería suicida poner en práctica nuestros ideales éticos valorativos, y terminamos aceptando un discurso práctico mucho más permisivo. Esto explicaría el doble juicio valorativo ético y la tensión que se produce en todas las sociedades entre el nivel normativo y el nivel práctico de nuestros juicios.

“En síntesis, practicamos realmente una moral informal que desgraciadamente ni se ajusta a lo que pensamos ni tampoco es capaz de producir los cambios éticos requeridos”

Lo señalado anteriormente, sin embargo, no debería inhibirnos de continuar la lucha por la implantación de una nueva ética en las instancias gubernamentales y en el seno de la oposición política al interior de nuestro país y en las relaciones con otras naciones, con organismos financieros multilaterales y con empresas transnacionales de distinto tipo -Fuenmayor, 2002ª-. Acéptese o no, nuestro país no avanza hoy hacia etapas más vanguardistas que las democracias actuales, se requerirá mayor participación de la gente hasta que las coaliciones políticas protagonicen la construcción de sus propios destinos. Esto necesariamente incrementará las demandas éticas de los pueblos y sus gobernantes, a los dirigentes sociales y al resto de las organizaciones políticas y gubernamentales, oficiales y privadas, independientemente de las dificultades que generen los antivalores creados por las relaciones perversas de las últimas décadas producto del enriquecimiento ilícito. (Fuenmayor. 2002ª) Y así tenemos ejemplos como Iver-Link, Ferrocarriles del Estado, Chile Deportes, INDAP, Transantiago, por mencionar los conocidos por la opinión públicas.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Actualidad Económica

Presidente del Grupo del Banco Mundial da a Conocer Orientación Estratégica para Promover una Globalización Incluyente y Sostenible

Comunicado de Prensa

Contactos:
En Washington: Amy L. Stilwell
astilwell@worldbank.org

Geetanjali Chopra
gchopra@worldbank.org

Washington, 10 de octubre de 2007
"La visión del Grupo del Banco Mundial consiste en contribuir a una globalización incluyente y sostenible, para superar la pobreza, aumentar el crecimiento cuidando el medio ambiente, y dar oportunidades y esperanzas a cada persona", señaló el presidente del Grupo del Banco Mundial, Robert B. Zoellick.

En su alocución en el National Press Club, en la ciudad de Washington, al cumplirse los primeros cien días de su mandato como presidente del Grupo del Banco Mundial, Zoellick explicó: "La globalización ofrece oportunidades extraordinarias. Sin embargo, la marginación, la pobreza agobiante y el daño ambiental generan peligros. Los más afectados son aquéllos que tienen menos con qué empezar: los pueblos indígenas, las mujeres de países en desarrollo, los pobres de las zonas rurales, los habitantes de África, y sus hijos".

Al analizar la manera en que el Grupo del Banco Mundial puede apoyar a los países en desarrollo, Zoellick puntualizó: "La finalidad del Grupo del Banco Mundial sí­ consiste en ayudar a los países a ayudarse a sí mismos movilizando capital y promoviendo políticas a través de una combinación de ideas y experiencias, el aprovechamiento de las oportunidades que ofrece el mercado privado, y el apoyo al buen gobierno y la lucha contra la corrupción, todo ello impulsado por nuestros recursos financieros".

"La finalidad del Grupo del Banco sí­ consiste en promover ideas acerca de proyectos y acuerdos internacionales sobre comercio, finanzas, salud, pobreza, educación y cambio climático, para que puedan beneficiar a todos, y en particular a los pobres que buscan nuevas oportunidades".

"La globalización incluyente es también una cuestión de interés propio. La pobreza da lugar a la inestabilidad, las enfermedades y la devastación de recursos comunes y del medio ambiente", expresó.

Zoellick manifestó que el Grupo del Banco deberá ampliar las fronteras del pensamiento con respecto a las políticas y los mercados, y explorar nuevas posibilidades. Al exponer su visión para el Grupo del Banco Mundial, Zoellick propuso seis temas estratégicos:

“Ayudar a superar la pobreza y estimular el crecimiento sostenible en los países más pobres, sobre todo en África. Hacer frente a los problemas especiales de los Estados que han salido de un conflicto”.

Elaborar un conjunto competitivo de "soluciones para el desarrollo" para los países de ingreso mediano que, además de financiamiento, comprendan servicios adaptados a sus necesidades. Contribuir de forma más activa a fomentar los "bienes públicos" regionales y mundiales en esferas que trascienden las fronteras nacionales, como el cambio climático, el VIH/SIDA, el paludismo y la ayuda para el comercio. Ayudar a quienes tratan de promover el desarrollo y las oportunidades en el mundo Árabe. Promover "el conocimiento y el aprendizaje" en todo el Grupo del Banco Mundial con el propósito de respaldar su función como un grupo de expertos de experiencia aplicada.

Zoellick manifestó que el Banco también estaba intensificando su labor con los países en lo que respecta al buen gobierno y la lucha contra la corrupción, que constituyen las bases para promover el desarrollo.

Para ayudar a los países más pobres, Zoellick anunció que el Grupo del Banco Mundial llevaba la iniciativa al prometer un aporte de US$3.500 millones de sus propios recursos para la Asociación Internacional de Fomento (AIF), que concede donaciones y créditos sin intereses a los 81 países más pobres. Esta cantidad es más del doble de los US$ 1.500 millones que el Grupo del Banco prometió para la anterior reposición de los recursos de la AIF en 2005.

Zoellick desafió a los países desarrollados para que siguieran los pasos del Banco y aumentaran su apoyo a los más pobres del mundo, sobre todo en África y en Asia meridional y oriental.

"He querido que todos los donantes sepan, en términos específicos, que el Grupo del Banco Mundial acompañará ¡sus palabras con acciones concretas a la hora de impulsar la AIF", expresó. "Ahora necesitamos que los países de Grupo de los Ocho y otros países desarrollados también traduzcan las palabras expresadas en la cumbre en cifras importantes".

Según Zoellick, como pleno participante en el sistema económico multilateral, el Grupo del Banco tiene una importante función que cumplir para promover una globalización incluyente y sostenible.

"Juntos, debemos demostrar que el multilateralismo puede funcionar con mayor eficacia, no sólo en los salones de conferencias y en los comunicados, sino en los poblados y las ciudades atestadas, en beneficio de los más necesitados".

Situación de la Religión

¿Por qué están perdiendo los dioses?
Dos autores analizan la falta de fe en el mundo, cada vez más extendida. Los investigadores Gregory Paul y Phil Zuckerman han analizado la situación actual de las grandes religiones en el mundo, aportando una visión que se contradice con la del “mito” (según ellos) del reflorecimiento de la fe en la actualidad. El secularismo es lo que realmente se está extendiendo cada vez más en la población global al amparo de la democracia y del bienestar social. Según los autores, los países en los que más se cree es en aquellos en los que hay más miedo: el tercer y segundo mundo, en los que la riqueza está mal repartida y los pobres sufren más; y en un solo país del primer mundo, Estados Unidos, con una extensa clase media que vive atemorizada ante su propio estilo de vida.
La falta de fe religiosa rivaliza actualmente con las grandes religiones en número de adeptos e influencia, aseguran Gregory Paul (investigador de diversos campos) y Phil Zuckerman (psicólogo y autor entre otros libros de Invitation to the Sociology of Religion. Nunca antes las religiones hubieron de enfrentarse a tan altos niveles de incrédulos ni tuvieron la necesidad de luchar por recuperar la confianza de las masas, señalan Paul y Zuckerman. En un artículo titulado Why the Gods are not winning (Por qué no ganan los dioses), publicado por la Fundación Edge, que promueve la discusión de mentes pensantes sobre temas intelectuales, filosóficos, artísticos y literarios, ambos autores afirman además que la religión carece en la actualidad de una estrategia efectiva que le vaya a permitir derrotar esta ausencia de fe a lo largo del siglo XXI. Por un lado, hay un mito que va ganando terreno y que parece plausible: después de la propuesta del siglo XX de la muerte de Dios, Él ha regresado a lo grande, y multitudes de personas están teniendo un reencuentro con la fe. Sin embargo, la situación actual tiene poco que ver con este mito, que algunos mantienen: es mucho más compleja y se caracteriza por algo que nunca se había visto en la historia y que representa un serio peligro para la fe. Decadencia de las grandes religiones
Está ampliamente documentado que la cristiandad ha decaído dramáticamente en Europa, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Japón. Esta decadencia, en concreto en Occidente, ha sido denunciada de manera regular por los líderes protestantes. En muchos lugares del mundo, las iglesias han sido convertidas en bibliotecas, lavanderías y pubs, aseguran Zuckerman y Paul, al mismo tiempo que la teoría de la evolución, contestada en algunos círculos religiosos conservadores, es aceptada en la mayoría de los países seculares. Por otro lado, los no-creyentes han demostrado ser la mayor parte de la población, según las encuestas, en países como Escandinavia, Francia o Japón, y los centros de culto se enfrentan al peligro de llegar a un punto de decadencia sin retorno en el Reino Unido, según el sociólogo británico Steve Bruce, autor de libros como God is Dead: secularization on the West (Dios está muerto: la secularización en Occidente). Sin embargo, otros autores, como Samuel Shah y Monica Duffy Toft, han señalado que, si bien se suponía que la religión desaparecería con la expansión de la globalización y la libertad, en lugar de eso se está experimentando un fuerte auge religioso en todo el mundo, con frecuencia determinando los candidatos ganadores de las elecciones. Para ellos, la democracia está dando voz a los pueblos, que quieren hablar de Dios cada vez más.
Religión y secularismo en el mundo Cierto es, señalan Zuckermann y Paul, que la revisión de las WCE, o estadísticas de la religión a nivel mundial, pueden tener diversas lecturas, pero también que reflejan que, en el siglo XX, el número de personas no-religiosas aumentó de los 3,2 millones de 1900 a los 697 millones de 1970 y los 918 millones en 2000. Igual de meteórica ha sido la expansión del secularismo: agnósticos y ateos pasaron de un 0,2% de la población mundial a crecer en 8,5 millones de nuevos adeptos anualmente, hasta alcanzar los mil millones. Según estos autores, el florecimiento de las grandes religiones es un mero espejismo, salvo en el caso del Islam, que parece que, de ser la religión de una octava parte de la población, llegará a convertirse en la fe de una quinta parte de la población mundial en 2050. Para Paul y Zuckerman, esto es debido a que los países musulmanes carecen en general de sistemas democráticos y siguen creciendo demográficamente más que los países laicos. Por otro lado, China nunca ha sido especialmente religiosa, y se convirtió en atea con el comunismo. Esta tendencia se ha acentuado con el actual desarrollo del consumismo en sus fronteras, por lo que la población religiosa (en su mayoría budistas y taoístas) es actualmente menos de un tercio de la población adulta.
Tercer mundo En países en vías de desarrollo y en el tercer mundo, la devoción religiosa de las masas aún es fuerte, pero incluso allí existe la preocupación teísta. México, por ejemplo, se liberaliza cada vez más, con nuevas leyes pro-abortistas y por los derechos civiles de los homosexuales, mientras salen a la luz los escándalos ocurridos en el interior de algunas confesiones. En cuanto al Islam, un tercio de los turcos creen que la religión no tiene una gran importancia en sus vidas, y los iraníes jóvenes de las ciudades se han ido secularizando en respuesta a la corrupción de los Mulás. En Asia, el 40% de los ciudadanos de una próspera Corea del Sur no creen en Dios, y sólo una cuarta parte de la población (en su mayoría cristianos evangelistas) se considera muy religioso. El contrate es Estados Unidos, único país occidental donde dos tercios de la población cree en Dios y nueve de cada diez individuos creen en algún tipo de poder superior. Pero, incluso aquí, el fenómeno de las grandes iglesias es ilusorio, creen Zuckerman y Paul, porque se utilizan métodos como poner cruces en los estadios deportivos, construir iglesias que cuentan con tecnología punta y se hacen esfuerzos desesperados por satisfacer a las audiencias de los medios de comunicación. De cualquier forma, en este país, los ateos son actualmente 30 millones de personas, la mayor parte con alto nivel educativo y altas rentas, y superan en número a los judíos, musulmanes y mormones americanos juntos. Hay mucho más ateos que baptistas y se “reclutan” más escépticos que evangélicos.
Fe y miedo La extensión del racionalismo norteamericano se nota en los éxitos editoriales recopilados por libros radicalmente ateos como el de Sam Harris (The End of Faith) o de Richard Dawkins "The God Delusion".En definitiva, ninguna de las grandes religiones alcanza actualmente, según Paul y Zuckerman, una expansión generalizada, y la falta de fe en lo sobrenatural sólo podría alcanzar tasas extraordinarias de superación a través de la conversión voluntaria de la gente. Según estos autores, se espera que en los países del segundo y tercer mundo, donde la riqueza se concentra en una élite y las masas se empobrecen cada vez más, la población se siga refugiando en el consuelo de la fe. En el primer mundo, en cambio, en el que la población disfruta de diversas ventajas, como el acceso a la sanidad y la educación, esta situación reduce dramáticamente la necesidad de los individuos en creer en fuerzas naturales que los protejan de las calamidades de la vida. No es el caso de Estados Unidos, donde, a pesar de tener una extensa clase media, educada, y que vive en el confort, la fe sigue presente, independientemente del importante número de ateos. Paul y Zuckerman señalan que esta población aún se siente en peligro a pesar de sus circunstancias: los despidos arbitrarios de trabajos fijos, la pérdida de los seguros médicos (las facturas médicas son la principal causa de ruina en las familias norteamericanas), las deudas excesivas derivadas de la lucha por la riqueza, etc. son razones para vivir asustados.
En conclusión: afirman los autores, la motivación para creer o no creer depende más de la economía que de la reflexión deliberada. Cuanto más proporciona un país seguridad física y financiera a sus ciudadanos, menos devotos religiosos parece tener. Las fuerzas sobrenaturales alivian sus ansiedades y miedos. Es probable que algo se pueda hacer para modificar este patrón humano fundamental.

La Diplomacia y Ruanda

MYANMAR, LA VERGÜENZA DEL MUNDO
Vicenç Fisas, director de la Escuela de Cultura de Paz, UAB

Hace trece años, se publicó que el genocidio de Ruanda había puesto tan alto el listón de muertos en los conflictos que podríamos acabar pagándolo haciendo invisibles muchos otros dramas que, a pesar de su inmensa crueldad, no se caracterizan por acumular centenares de miles de muertos, pero sí por vulnerar todo tipo de derechos humanos, despreciar la democracia e impedir la libertad de sus habitantes. Myanmar era, y continúa siendo, uno de los paradigmas de la sinrazón de una dictadura militar autista, instalada en el poder desde hace más de cuarenta años, y en un país mayoritariamente desconocido, un gran productor de opio, y que tiene una premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, líder de la Liga Nacional para la Democracia, que ha pasado largos años encarcelada o confinada en su domicilio, a pesar de haber ganado unas elecciones en 1990, motivo por el cual fue arrestada. ¿Tiene arreglo este país? ¿Con qué tipo de apoyos cuenta la Junta Militar? ¿Podemos esperar, en definitiva, que esa amplísima movilización popular iniciada por los monjes budistas haga cambiar el escenario?
Los primeros encuentros entre los militares y la oposición democrática no se produjeron hasta finales de 2000, con la mediación de Malasia y Naciones Unidas. Durante el periodo 2001-2004 se realizaron una serie de gestos por parte de la Junta Militar en lo que podríamos denominar “diplomacia de las visitas”, que se tradujo en la liberación de presos políticos antes y/o después de las visitas periódicas que efectuaban en el país el enviado especial del secretario general de Naciones Unidas, el relator especial sobre Derechos Humanos y dirigentes políticos de varios países, aunque hubo periodos en los que la Junta Militar no permitió dichas visitas. En 2004, el Gobierno promovió una Convención Nacional para democratizar el país, tachada de farsa por los mismos EE. UU, pero el NLD condicionó su participación a la liberación de sus miembros encarcelados. Muchas de las gestiones diplomáticas para resolver el conflicto se hicieron a través del Centro para el Diálogo Humanitario, con sede central en Ginebra y con una oficina en la capital birmana desde el 2.000, pero que fue clausurada por la Junta Militar en marzo de 2006.
Un año antes, en 2005, voces como la del ex presidente checo Václav Havel y el premio Nobel de la Paz Desmond Tutu instaron al Consejo de Seguridad de la ONU para que llevara a cabo acciones contra el régimen militar de Myanmar de forma inmediata. La suspensión de las visitas de la Cruz Roja Internacional, la existencia de campos de trabajo forzado y de la esclavitud, y el continuo encarcelamiento de opositores políticos, empezaron a incomodar a varios países y a organismos internacionales. A finales del pasado año, el embajador de EE. UU. en la ONU pidió al presidente del Consejo de Seguridad que se llevara a cabo una discusión formal sobre la deteriorada situación del país, pero en enero del año actual, dos países del Consejo de Seguridad, China y Rusia, además de Qatar y RD Congo, votaron en contra de esa posibilidad.
En paralelo, numerosas organizaciones internacionales de apoyo a la oposición democrática birmana criticaron la falta de esfuerzos de la UE para impedir que empresas originarias de los Estados miembros inviertan en Myanmar en sectores como el del petróleo, el gas o la madera, que generan importantes beneficios al mafioso Gobierno militar. Para colmo de la vergüenza, el Gobierno Indio se comprometió a incrementar la ayuda militar a Myanmar a cambio de una mayor cooperación para combatir a los grupos insurgentes indios que operan a lo largo de la frontera con Myanmar.
En el segundo trimestre de este año, el secretario general de la ONU nombró a Ibrahim Gambari como su representante en el país, con la difícil intención de implementar las resoluciones de la Asamblea General, que no tienen carácter obligatorio. La respuesta de la Junta Militar fue prorrogar por un año la detención de la líder opositora y premio Nobel de la Paz. Ibrahim Gambari visitó en julio distintos países asiáticos (Singapur, Indonesia, Malasia y Tailandia) para mantener consultas con los diferentes Gobiernos sobre la situación y el futuro del país. Entre las reuniones mantenidas cabe destacar el encuentro con las autoridades chinas, uno de los aliados más importantes del régimen militar de Myanmar. Gambari también se reunió con representantes del Gobierno indio, que en los últimos meses ha incrementado la cooperación, sobre todo en términos militares, con el Ejecutivo de Myanmar, así como con el presidente Putin. Ha sido, pues, en este contexto de un cierto movimiento a nivel internacional que los monjes budistas han emprendido la iniciativa de salir a la calle y alentar, con su ejemplo, la movilización de un pueblo que está harto de sentirse humillado por una dictadura militar corrupta y delirante.
Es una cuestión importante el que estas manifestaciones se produzcan en los días en que está reunida la Asamblea General de la ONU, porque la presencia en Nueva York de gran cantidad de gobernantes podría permitir llegar a un acuerdo de presión final sobre la Junta Militar. Para ello será imprescindible que China e India retiren su apoyo militar a la junta, que el Consejo de Seguridad, incluyendo Rusia, sea capaz de buscar una fórmula consensuada para que se ponga en marcha una hoja de ruta para la democratización del país a corto plazo (algo así como el quinteto que ayudó a superar la crisis norcoreana), y que la premio Nobel de la Paz quede en libertad de forma inmediata. Para lograrlo es fundamental que Myanmar no quede en el olvido y sea titular diario en las próximas semanas. Sólo así, ante la mirada permanente del mundo, la población birmana podrá recuperar la libertad, y nosotros dejar de ser espectadores pasivos de una de las peores vergüenzas del último medio siglo.

La Confianza

En Dios no Confiamos
(Por Michael Kinsley)

Los observadores del fenómeno Hitchens estaban esperando un libro suyo sobre religión para estas fechas. Pero este impresionante y disfrutable ataque a eso que tanta gente estima no es el libro que estábamos esperando.
Primero en Londres, hace 30 años o más, luego en Nueva York, y las dos últimas décadas en Washington, Christopher Hitchens se ha convertido a sí mismo en todo un personaje. Este personaje se basa en fuentes tan familiares como las novelas de P. G. Wodehouse, Evelyn Waugh y Graham Greene, los políticos de izquierda de los sesentas (en su variante inglesa); y, por supuesto, George Orwell. (Otros agregarían a Bunthorne, personaje de la obra de Gilbert & Sullivan Patience, pero en este caso no se trata de una influencia intencional). Hitchens es el bohemio y el petimetre, el vistoso corresponsal extranjero, el esmerado crítico literario y el intelectual engagé. Le encantan los anfitriones de Washington, pero les soltará una bomba apestosa en el salón si se presenta la oportunidad.
Su conversación es chispeante sin esfuerzo aparente, y si bien es demasiado rápido para recurrir al francés en busca del mot juste, sus joyas de erudición, aunque llamativas, son verdaderas. O, por lo menos, me engañan. Hitchens tuvo razón al elegir Washington en vez de Londres o Nueva York.
Sus enemigos prefieren creer que es un fraude. Pero no lo es, como la existencia de tantos de esos enemigos tiende a probar. Es bastante pagado de sí mismo, pero no más que otros tantos en Washington –o incluso en Londres y en Nueva York– que no son tan buenos como él. Es disoluto por principio, con la valentía de la disolución: goza de fumar y de beber, y no sólo de la reputación de fumar y beber –aunque también goza de eso. Y así y todo, es productivo a un grado que parece engañoso: 23 libros hasta ahora, folletos, colecciones y colaboraciones; una columna larga y a menudo bien investigada cada mes en Vanity Fair; frecuentes descargas de fusilería en Slate y en otras partes; y discursos, discusiones y otros espectáculos públicos siempre que aparezcan.
El gran reto estratégico para una carrera como ésta es seguir siendo interesante, y la táctica más fácil para hacerlo es la sorpresa. Si ellos esperan que tú digas X, tú dirás menos X.
La consistencia es una tontería, como dijo el hombre. (¿O no lo dijo?). Bajo las reglas no escritas y algo excéntricas del discurso público americano, una afirmación que contradice todo lo que has dicho antes es considerada, por esa misma razón, especialmente sincera, valiente y digna de confianza. Cuando yo era editor en The New Republic en los ochentas, bromeábamos con cambiarnos el nombre y ponernos “Even the Liberal New Republic” (Incluso la Nueva República liberal…) porque era así como nos referíamos a todos los que adoptaban una posición conservadora sobre algo, lo cual era bastante frecuente. Entonces llegó el día en el que adoptamos una posición liberal sobre algo, y fuimos llamados Even the Conservative New Republic (Incluso la Nueva República Conservadora).
Como ilustra este ejemplo, entre los escritores que hablan de política la técnica de la sorpresa usualmente significa empezar en la izquierda y virar a la derecha. El problema es: haces esto una vez, y luego, ¿cuál es el siguiente truco?
Christopher Hitchens ha parecido resolver este problema transformando su conversión en una “Danza de los siete velos” ideológica. Hace ya tiempo se declaró antiabortista. ¡Interesante! Después descubrió y transformó en un banquete kosher el hecho de que su madre, muerta, fuera judía, lo que según la ley judía le transformaba a él en judío. ¡¡Interesante!! (era notorio en aquel momento por sus ideas antisionistas). En los noventa, Hitchens era violento, y de alguna manera inexplicablemente, hostil al Presidente Bill Clinton ¡¡¡Interesante!!! Podría pensarse el declive de Clinton –la cosa que molestó más a los liberales y los izquierdistas– consiguió atraer a Hitchens. Por último, hace poco se convirtió en el partidario más serio intelectualmente (tal vez en el único) de la guerra de Irak, al margen de los neoconservadores. ¡¡¡¡Interesante!!!!
¿Adónde se dirigía su tren? Probablemente hacia una conversión clara al conservadurismo más común y a una rápida caída en los clichés y la demagogia (el camino recorrido por Paul Johnson, un personaje británico similar de la generación anterior). Pero de seguro le quedaba tiempo para alguna aventura intelectual más antes de retirarse a la Institución Hoover o algún otro asilo mental. Una posibilidad descollaba: Hitchens, conocido como un ferviente ateo, podía encontrar a Dios y aceptar la religión. La única pregunta era qué sabor escogería. ¿Abrazar el Islam? Demasiado mono. ¿Completar el guión medio escrito del judaísmo? ¿Convertirse en católico, siguiendo el camino bien trazado por escritores británicos como Waugh y Greene? ¿O –más curioso y original– abrazar la vieja Iglesia de Inglaterra (el episcopalismo en Norteamérica) y pasar sus años de decadencia escribiendo sobre la belleza de los himnos, lo esencialmente británico de los camposantos de aldea, la importancia de proteger a la religión de los peligros del exceso de fe, y todo eso?
Pues bien, señoras y señores, Hitchens o está jugando al disidente al más alto nivel o, posiblemente sea hasta sincero. Y mientras nos tenía esperando un menos X, nos confunde volviendo a X. Ha escrito, con tremendo brío y gran agudeza, pero también con una genuina cólera subyacente, un ataque total contra todos los aspectos de la religión. A veces en lugar de usar la palabra “religión” se refiere a la misma como “culto de Dios”, lo cual, aunque sea virtualmente una tautología (¿ser objeto de culto no es casi la definición de un dios?), hace parecer la práctica como algo siniestro y extraño.
Hitchens es un ateo de pueblo de la vieja escuela, de los que se coloca en la plaza para pelearse con los buenos ciudadanos que van camino de la iglesia. El libro está lleno de florilegios y acertijos lógicos, muchos de ellos divertidos para el incrédulo. ¿Cómo pudo Cristo morir por nuestros pecados cuando se supone que no murió en absoluto? ¿No sabían los judíos que el asesinato y el adulterio eran malos antes de recibir los Diez Mandamientos? ¿Y si lo sabían, por qué es un regalo tan maravilloso?
En un tono más sombrío, ¿cómo puede el "argumento del diseño"1 (de que tan sólo algún tipo de “inteligencia” podría haber diseñado algo tan perfecto como el ser humano) reconciliarse con la práctica religiosa de la mutilación genital, que plantea que las mujeres, al menos, tal y como la naturaleza las crea, no son en absoluto perfectas? Si agudezas como estas detienen o no al creyente es una pregunta que ya no puedo contestar.
Y todas estas salidas lógicas no conforman un argumento sostenido porque Hitchens cree que un argumento sostenido no debería ser necesario, y mucho menos resultar suficiente. Para él es cegadoramente obvio: todas las grandes religiones comienzan en la época en que sabíamos una pequeña fracción de lo que sabemos hoy sobre los orígenes de la Tierra y la vida humana. Es comprensible que los primeros humanos hayan desarrollado historias sobre dioses o dios para salvar su ignorancia. Pero la gente de hoy no tiene excusa. Si continúan creyendo en lo increíble, o dicen que lo hacen, son imbéciles o lunáticos o mentirosos. “El deseo humano de creer en cosas buenas como milagrosas y cargar las cosas malas en otra cuenta es aparentemente universal”, subraya Hitchens, sin compasión.
Aún cuando el título de Hitchens se refiere a Dios, su real fuerza se encuentra en el subtítulo: “la religión lo envenena todo.” Refutar la existencia de Dios (al menos para su propia satisfacción y honestamente para la mía) es sólo el comienzo para Hitchens. En realidad, a veces parece que el tema de su existencia sólo fuese uno de lo huesos que Hitchens quiere romperle a Dios –y ni siquiera el más importante. Si Dios dejase al mundo tranquilo, Hitchens estaría encantado de dejarlo existir, silencioso, retirado en algún lugar. Posiblemente en la Institución Hoover.
Hitchens manifiesta una atracción recurrente por el principio de la navaja de Occam: las explicaciones simples son más proclives a ser correctas que las complicadas. (Por ejemplo, la tierra gira en torno al sol; el sol no hace un complejo viaje a través de la tierra). Se podría pensar que la Navaja de Occam podría favorecer a la religión; la historia de la creación ofrecida por la Biblia ciertamente parece más simple que la evolución. Pero Hitchens argumenta con efectividad, una y otra vez, que adjuntar el mito religioso a lo que conocemos como cierto gracias a la ciencia no agrega más que complicaciones innecesarias.
Para Hitchens es algo personal. Gran amigo de Salman Rushdie, nos recuerda que no fue un musulmán loco y marginal quien lo amenazó, mató a varios y lo convirtió en prisionero virtual por el crimen de escribir una novela. Los líderes religiosos de los credos más importantes, que discrepan en algunas de las preguntas fundamentales, han logrado dejar a un lado sus diferencias y aceptar que Rushdie se las traía. Por otro lado, Hitchens nota agudamente que si cualquiera de los credos más importantes estuviese en lo cierto, los otros deberían ser falsos en aspectos importantes –un punto obvio a menudo olvidado en la cálida bruma del ecumenismo.
La erudición de Hitchens está en exhibición –de manera impresionante, y quizás pretenciosa algunas veces. En un párrafo es capaz de juntar a Stepehn Jay Gould, la teoría del caos y Saul Bellow; declarar que la película It’s a Wonderful Life es “atractiva pero abismal” (esa manera típica de Hitchens: ¿paradoxal agudeza? ¿Oximorónica insensatez? Elija usted), explicar el principio de la incertidumbre de Heisenberg a un público de cultura media, y acabar en una discusión sobre el potencial de las células básicas. Sin embargo, y pese a todas las tentaciones, ha sido capaz de escribir un libro sin ninguna cita de Sir Isaiah Berlin, la zorra o el erizo.
Hablando de zorros, Hitchens ha logrado burlar a sus observadores al escribir un libro serio y profundamente sentido, completamente consistente con sus creencias de toda una vida. Y Dios debería sentirse halagado: a diferencia de la mayoría que clama por atención, Hitchens lo trata como a un adulto. Michael Kinsley es columnista de la revista Time.

(1) Esto es una alusión a la teoría del "diseño inteligente" con la que algunos teólogos tratan de conciliar evolución y creación dívina. (N del T)

Glamour

"El terrorismo es 'glamour"
El escritor anglo-indio Salman Rushdie, forzado durante años a la clandestinidad por la condena a muerte del imán Jomeini, vive ya con relativa normalidad entre Londres, Nueva York y Bombay, y habla sin tapujos sobre religión y terrorismo. Un terrorismo que "es 'glamour', no sólo, pero también", porque muchos terroristas suicidas "están subyugados por el funesto hechizo que emanan estos actos demenciales".(Erich Follat)

"Parece que las discriminaciones sociales han dejado de desempeñar un papel decisivo y que ahora cualquiera puede convertirse en terrorista" "En el caso de ETA, parece que se ha logrado por lo menos poner en marcha el proceso, y creo que hay que agradecérselo en buena medida a Bin Laden" "Lenin definió en una ocasión el terrorismo como fruto del 'espíritu aventurero burgués'. Y la verdad es que creo que en este caso no le falta razón" "Me deprime enormemente que en estos momentos las políticas árabe y anglo estadounidense se justifiquen recíprocamente" "Los fundamentalistas religiosos de todo signo son el peor de los males de nuestro tiempo. Casi todos mis amigos son ateos, así que no soy una excepción" "Es increíble todo lo que hoy se presenta a la gente bajo la rúbrica de 'espiritual'. Incluye cosas como el perrillo faldero espiritual o el champú espiritual"
El escritor anglo-indio Salman Rushdie habla del peligro que representan los agitadores fundamentalistas de todas las religiones, de la escritura como liberación frente al miedo al terrorismo y de su vida literaria a caballo entre Nueva York, Londres y Bombay.
Pregunta. Señor Rushdie, como experto en terrorismo...
Respuesta. ¿A qué debo semejante honor? Yo no creo serlo en absoluto.
P. La descripción de Estados Unidos amenazado por el terrorismo que hizo en su libro neoyorquino Furia, editado en la primavera de 2001, fue para muchos una obra profética, una especie de anticipación del 11-S; y su última novela, Shalimar el payaso, describe la transformación de un artista circense de Cachemira en terrorista. Además, lleva ya casi una década amenazado de muerte por fanáticos iraníes que pusieron precio a su cabeza: cuatro millones de dólares.
R. Si usted cree que eso basta para ser un experto en terrorismo...
P. Pues sí. Seguro que a lo largo de sus indagaciones y, sobre todo, a raíz de los atentados aéreos recién abortados en Londres, se ha devanado los sesos tratando de comprender cómo el agradable joven de la puerta de al lado de aspecto enteramente normal puede convertirse en terrorista y qué es lo que se le pasa por la cabeza a alguien que se transforma en bomba de relojería andante.
R. Existen muchos y muy variados motivos que explican el fenómeno mundial del terrorismo. En Cachemira, algunos se unen a los denominados movimientos de resistencia porque les proporcionan ropa de abrigo y comida. En el caso de los atentados del año pasado en Londres se trataba de jóvenes musulmanes cuya integración en la sociedad parece haber fracasado; ahora tenemos que vérnoslas con aspirantes a terroristas procedentes del núcleo de nuestra sociedad, jóvenes musulmanes que incluso han disfrutado de múltiples maneras las libertades que ofrece la sociedad occidental. Parece que las discriminaciones sociales han dejado de desempeñar un papel decisivo y que ahora cualquiera puede convertirse en terrorista.
P. Líderes musulmanes británicos han escrito una carta al primer ministro en la que vinculan esta mayor predisposición al terrorismo con la política puesta en práctica por Bush y Blair en Irán y en Líbano. ¿Están completamente equivocados? ¿No es cierto que las atrocidades de Abu Ghraib y la doble moral de Guantánamo contribuyan a crear el caldo de cultivo perfecto para la violencia?
R. Tony Blair no despierta mis simpatías y considero funesta la política puesta en práctica por Estados Unidos y el Reino Unido en Irak y en Oriente Próximo. Siempre hay motivos para la crítica, incluso para la indignación. Sin embargo, hay algo que todos hemos de tener claro: el terrorismo no consiste en la persecución de objetivos legítimos a través de cualquier tipo de medios ilegítimos. Sea lo que sea lo que quieran lograr los asesinos, de lo que no cabe duda es de que la instauración de un mundo mejor no forma parte de sus objetivos; sus esfuerzos se encaminan más bien hacia el asesinato de inocentes. Si diéramos con una fórmula mágica que nos permitiera resolver de la noche a la mañana un conflicto como, por ejemplo, el existente entre palestinos e israelíes, no creo que sufriéramos menos atentados.
P. Pero no cabe duda de que deben existir motivos o por lo menos factores desencadenantes que expliquen esa terrible disposición a aniquilar la vida de otros e incluso la propia.
R. Lenin definió en una ocasión el terrorismo como fruto del "espíritu aventurero burgués". Y la verdad es que creo que en este caso no le falta razón, está en lo cierto. Uno no puede negar la idea fundamental que sustenta toda moral: el hecho de que los individuos son responsables de sus actos. Y en el plano individual, probablemente sean también los desencadenantes de los mismos. En este contexto, la educación desempeña indudablemente un papel importante al inculcar la conciencia equivocada de ser un elegido que empuja a ejecutar acciones. A esto hay que añadir la mentalidad de rebaño una vez que uno está integrado en un grupo en el que sus miembros se van abocando unos a otros a asumir situaciones impuestas. Existe el tipo que cree que su acción impresionará a la humanidad entera y le convertirá en una figura histórica. Y existe quien simplemente se siente atraído por la violencia. Y sí, creo que el glamour también desempeña un papel.
P. ¿Lo dice en serio? ¿Cree que el terrorismo es glamouroso?
R. Sí. El terrorismo es glamour, no sólo, pero también. Estoy firmemente convencido de que entre los terroristas suicidas existe algo así como una fascinación por la muerte. Muchos están subyugados por el funesto hechizo que emanan estos actos demenciales; el terrorista suicida se engaña a sí mismo imaginando un brillante acto heroico cuando en realidad lo único que hace es saltar absurdamente por los aires y quitar la vida a otros. Pero hay algo que no debemos olvidar: la mayoría de las personas que viven aterrorizadas por los musulmanes radicales son también musulmanes.
P. Desde luego, el terrorismo no tiene justificación posible. Sin embargo, existen diversos puntos de partida, existe la violencia de grupos que persiguen con todos los medios a su alcance objetivos nacionalistas que cabría calificar de comprensibles.
R. Y otros, como Al Qaeda, que se han propuesto como objetivo la destrucción de Occidente y de toda nuestra forma de vida. No existe ninguna posibilidad de debate con Osama Bin Laden y sus seguidores, con ellos no se puede firmar ningún tratado de paz. Hay que combatirlos por todos los medios.
P. Y con los demás, los terroristas nacionalistas como el grupo palestino Hamás, ¿deberíamos entablar el diálogo?
R. Depende de si renuncian a la lucha terrorista bajo determinadas condiciones. En el caso de los vascos de ETA parece que se ha logrado por lo menos poner en marcha el proceso, y creo que hay que agradecérselo en buena medida a Bin Laden; los dirigentes vascos no quieren ser como él. Por lo que respecta al IRA, ha sido decisiva la pérdida de credibilidad entre sus propias gentes, que ya no veían ningún sentido en seguir librando esa violenta lucha clandestina. Por lo menos, la posibilidad de reconvertir a largo plazo antiguas organizaciones terroristas en partidos políticos no es una idea utópica. Podría funcionar en el caso de aquellos grupos cuyo leit motiv fundamental no es el fanatismo religioso; los Tigres Tamiles de Sri Lanka, que serían algo así como los inventores del atentado suicida, no tienen el menor trasfondo religioso. Persiguen unos objetivos muy claros: tener un Estado propio.
P. Pero ¿por qué habría que conceder ese Estado a una minoría, sólo por el hecho de que luchan de manera particularmente brutal? ¿Qué nos dice de Shalimar, el protagonista de su última novela, que asesina por Cachemira? ¿Debería ser él quien decida el futuro de esa región?
R. Hay que analizar cada caso concreto. Por ejemplo, para saber por qué alguien se decide a abrazar la lucha armada sólo se puede recurrir al análisis de esa personalidad concreta. En el caso de Shalimar nos encontramos con una mezcla de motivos políticos y personales.
P. El orgullo masculino herido tiene un papel importante porque el embajador estadounidense en Delhi echa a perder su gran amor. Pero también se aborda el tema del desarrollo de esa región, que pasa de ser una sociedad pacífica y multicultural a convertirse en coto privado de terroristas; y también se trata el tema de los brutales abusos del ejército indio que empujan a Shalimar a unirse a los guerreros de Dios. ¿No le ha acarreado problemas esa descripción de la realidad de Cachemira?
R. Casi ninguno, afortunadamente. Mi libro no ha sido prohibido en India como ocurrió con Los versos satánicos y hace poco con El último suspiro del moro, debido a supuestas calumnias contra un político indio. He recibido muchas críticas buenas en India e incluso el premio literario más importante. Como medio cachemir que soy, siento una profunda simpatía por esa región, por ese paraíso perdido. Probablemente tampoco haya habido protestas porque todo el mundo se ha dado cuenta de lo mucho que he investigado sobre el terreno y de lo informado que estoy sobre las circunstancias que imperan en la región.
P. Su protagonista es un hombre que despierta simpatía, por lo menos al comienzo de la novela.
R. Sí, no me interesan las simplificaciones en blanco y negro: por un lado, el criminal depravado de pies a cabeza, y por otro, la víctima inocente. No he querido ponérmelo tan fácil. Lo que me interesa es mostrar el proceso por el que alguien cae en las garras de los fundamentalistas. Y por otra parte, cómo los grupos terroristas buscan potenciales candidatos para preparar atentados, cómo rastrean su entorno, cómo embaucan y seducen a las personas y se aprovechan de sus debilidades. El libro se titula Shalimar el payaso, no Shalimar el asesino a sueldo.
P. En la lucha por Cachemira, las cuestiones nacionalistas desempeñan un papel importante, pero también resultan esenciales los aspectos religiosos. ¿Le asusta pensar en el poder que pueden llegar a cobrar a escala mundial los movimientos religiosos de carácter radical?
R. Los fundamentalistas religiosos de todo signo son el peor de los males de nuestro tiempo. Casi todos mis amigos son ateos, así que no soy una excepción. Si analiza la historia, constatará que la capacidad para distinguir el bien del mal siempre ha precedido a la llegada de cualquier religión. Las religiones fueron ideadas más adelante por el ser humano como un vehículo para expresar ese tipo de ideas. Ahora bien, por lo que a mí respecta, no necesito ningún árbitro supremo y sagrado para vivir como un ser moral.
P. Pero parece que son muchos los que necesitan de la existencia de Dios. Las religiones están experimentando un resurgimiento a escala mundial. El ansia de espiritualidad es más acusado que nunca. ¿Le parece todo esto perjudicial?
R. Sí.
P. Una respuesta clara, pero que a bastante gente le resultará ofensiva.
R. En mi opinión, la palabra espiritual tendría que estar en el Índice y no debería ser utilizada, pongamos, durante 50 años. Es increíble todo lo que hoy se presenta a la gente bajo la rúbrica de espiritual. Incluye cosas como el perrillo faldero espiritual o el champú espiritual.
P. Usted mismo escribió en una ocasión: "Necesitamos dar respuesta a lo que no la tiene. ¿No hay nada más que esta vida? El alma necesita explicaciones, pero no de tipo racional, sino explicaciones dirigidas al corazón".
R. Por supuesto que existen cosas más allá de las necesidades materiales, eso es algo que experimentamos todos. Ahora bien, para mí las respuestas no se encuentran precisamente en el ámbito religioso, en lo sobrenatural. Pero no prescribo a nadie lo que tiene que creer y lo que no. Y tampoco quiero que me lo prescriban a mí.
P. ¿A qué se debe que precisamente el islam, con sus pretensiones absolutistas y su estricta regulación de la vida cotidiana, resulte tan atractivo para muchos jóvenes?
R. No pretenderá ahora que me ponga a explicar los atractivos del islam.
P. ¿Qué compromisos debería o podría asumir Occidente para poner coto al peligro terrorista?
R. Tampoco soy hombre de compromisos. No soy el interlocutor adecuado para tratar ese tema.
P. Pero usted mismo escribió, bajo la impresión producida por los atentados del 11-S, que "resultará inevitable tener que restringir nuestros derechos a fin de proteger mejor a las sociedades libres frente al terrorismo".
R. A lo que me refería en aquel entonces era a controles aéreos más exhaustivos o cosas por el estilo. Restricciones molestas, pero muy claras y concretas. No creía posible que el Gobierno de Bush pudiera emprender el desarrollo de un aparato propio de un Estado autoritario.
P. ¿Existe algo semejante?
R. Por supuesto. Durante los dos últimos años he sido presidente del PEN en Nueva York, es decir, presidente de la asociación de escritores estadounidenses. Una y otra vez nos hemos visto obligados a abordar esos amplios ataques a las libertades ciudadanas. Y la mayoría de las quejas estaban justificadas, porque no ha habido una sola ocasión en que hayamos logrado detectar la correlación existente entre las detenciones y los procesos de vigilancia, por un lado, y la defensa frente al terrorismo, por otro. Y sé perfectamente de lo que hablo: debido a mi propia historia de amenazas, he desarrollado una clara simpatía por las actividades de los servicios secretos. Mis protectores gozan de todo mi respeto.
P. ¿Quiere decir con eso que Bush y Blair están yendo demasiado lejos?
R. Ése es el problema de los políticos que tienden a ser autoritarios por naturaleza: en cuanto les dan la oportunidad, van demasiado lejos. Y entonces nos toca estar alerta. Me deprime enormemente que en estos momentos las políticas angloestadounidense y árabe se justifiquen recíprocamente, y además, por lo que respecta a sus peores prejuicios. Mire lo que ocurre en Irak o en Líbano: no hay ningún bando con pretensiones legítimas. Pero al mismo tiempo necesitamos claridad moral porque últimamente hay algo que echo de menos en muchas personas de ideas liberales, y yo soy un liberal: claridad acerca de lo que es correcto y lo que no lo es, estar dispuestos a defender nuestros valores con palabras inequívocas y a llamar culpables a aquellos que lo son.
P. ¿Qué quiere decir con eso?
R. Siempre me he opuesto radicalmente a las leyes contra la blasfemia creadas para proteger a las religiones de supuestas difamaciones. Me parece completamente razonable que los musulmanes disfruten de libertad de credo, como el resto de los miembros de las sociedades libres. Y también me parece bien que protesten contra la discriminación en el momento y lugar en que se vean expuestos a ella, y no cabe duda de que en los países occidentales se producen frecuentemente reacciones reflejas que desembocan en sospechas precipitadas de carácter antiislámico.
P. ¿Y dónde pone usted el límite a la tolerancia?
R. Por el contrario, me parece completamente inadmisible que los líderes islámicos de nuestros países exijan que se proteja su fe de la crítica, la falta de respeto, la broma y la difamación. La crítica maliciosa y las caricaturas ofensivas también forman parte de la libertad de opinión, del pluralismo, de nuestros valores fundamentales, a los que tendrán que plegarse si pretenden vivir con nosotros.
P. ¿Qué puede aportar usted como escritor, qué puede aportar realmente la literatura a esta idea de tolerancia, pero también de clara delimitación de la intolerancia?
R. No existe ninguna alternativa a la convivencia pacífica entre culturas. Y la literatura debe asumir la tarea de fomentar esa convivencia. Mire, los fundamentalistas creen que nosotros no creemos en nada. De acuerdo con su visión del mundo, están en posesión de certezas absolutas mientras nosotros nos hundimos en la decadencia. Así que la vía que nos permitirá derrotar al terrorismo no es la guerra, sino ser capaces de vivir sin miedo y de forma plenamente consciente. Siempre que se plantee la disyuntiva entre la seguridad absoluta y la libertad, debe salir victoriosa esta última.
P. Después de que en 1989 el ayatolá Jomeini dictara una fatwa contra usted, ha vivido prácticamente toda una década escondido.
R. Pues precisamente era muy de agradecer que la palabra fatwa no hubiera salido a relucir hasta ahora en esta entrevista.
P. Pero llega un momento en que es inevitable mencionarla, por mucho que usted la deteste.
R. Sí, sí, ya lo sé. Es como si hubiera cobrado fama mundial algo que no soy yo. En aquellos años, a veces tenía la impresión de que eran otros los que escribían la historia de mi vida. Pero hace mucho que dejé eso atrás. Ahora llevo una vida libre y normal en mis domicilios de Nueva York y Londres, y viajo a menudo a mi ciudad natal, Bombay.
P. Esas tres ciudades tienen en común el haber superado graves atentados terroristas y el haber demostrado la fortaleza de su estilo de vida libre.
R. Ese punto de vista resulta interesante. A lo mejor es por eso por lo que amo esas ciudades.
P. Aunque en estos momentos ya no esté perseguido oficialmente, los agitadores próximos al presidente Ahmadineyad podrían reactivar la fatwa en cualquier momento.
R. Leo las especulaciones que hacen los periodistas al respecto, pero no les doy la menor importancia.
P. ¿Recuerda todavía la fecha en que se dictó la fatwa? ¿Celebra el aniversario?
R. ¿Cómo podría borrar esa fecha de mi memoria? Es el día de San Valentín. Así por lo menos no olvido regalarle flores a mi mujer.

Los desatinos de la Guerra

EL DESATINO DE “LA CUARTA GUERRA MUNDIAL”
Dominique Moisi, uno de los fundadores del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), y profesor en el Colegio de Europa de Natolin, Varsovia. Tener una visión distorsionada del presente es la peor manera de prepararse para los desafíos del futuro. Calificar la lucha contra el terrorismo internacional como la “Cuarta Guerra Mundial”, tal como hace en su nuevo libro el destacado neoconservador estadounidense Norman Podhoretz, es desatinado en varios sentidos.

En primer lugar, ¿cuándo y cómo se produjo la “Tercera Guerra Mundial”? La Guerra Fría, precisamente porque no llegó a ser “caliente”, nunca fue equiparable a la Primera Guerra Mundial ni a la Segunda. Evidentemente, puede que la expresión “Guerra Mundial” pretenda crear una lógica de confrontación entre “nosotros” y “ellos”, pero, dada la complejidad y las múltiples diferencias existentes dentro del mundo musulmán, la pretensión no se corresponde con el tipo de desafío que plantea el islamismo radical. De hecho, al militarizar nuestro pensamiento, nos hace incapaces de descubrir respuestas adecuadas, que deben centrarse tanto en cuestiones políticas como en consideraciones de seguridad.

Las palabras, como siempre, tienen su importancia, porque pueden convertirse fácilmente en armas que se vuelven contra quienes las utilizan mal. Las falsas analogías ya condujeron a Estados Unidos a un desastre en Irak, que no tenía nada que ver ni con la Alemania ni con el Japón de la Segunda Guerra Mundial, es decir, con ese paralelismo utilizado por algunos miembros de la Administración de Bush para defender que la democracia podía brotar en antiguas dictaduras mediante la ocupación.

Evidentemente, la amenaza terrorista es real y duradera, como ha dejado patente la conspiración recientemente frustrada en Alemania, que, incluyendo a un joven alemán recientemente convertido al islam, ha demostrado una vez más que los terroristas pueden amenazarnos desde fuera y también desde dentro. Parece que los instintos nihilistas y destructivos que algunos jóvenes alemanes de la generación de la banda Baader-Meinhof tomaron durante la década de 1970 de la ideología de la extrema izquierda pueden transformarse ahora en una “idealización” de Al Qaeda.

Está claro que debemos protegernos con la mayor dedicación y decisión de la amenaza que podría representar el terrorismo si consiguiera, por ejemplo, armas nucleares o biológicas. Hay que prestar atención a las fuerzas que realizan labores de información, diplomacia y seguridad, y educar a la gente en las condiciones necesarias para vivir a la sombra de una amenaza invisible. Por desgracia, cierta “israelización” de nuestra vida cotidiana se ha vuelto inevitable.

Sin embargo, esto no significa que debamos obsesionarnos totalmente con el terrorismo, perdiendo así de vista los desafíos históricos en su conjunto. El asesinato del heredero del Imperio Austro-Húngaro en Sarajevo, en julio de 1914, no fue la causa de la Primera Guerra Mundial, sino su pretexto.

Entonces, la visión de conjunto no la definía la “conspiración anarquista” para desestabilizar a los imperios, sino el ascenso de unos nacionalismos inclementes, que iba unido al instinto suicida de un orden en decadencia y al mecanismo fatal de la lógica de las “alianzas secretas”. En ese momento, la visión de conjunto radicaba en que, con la difusión de la revolución y el despliegue de ejércitos masivos, la guerra ya no podía considerarse la continuación de la política por otros medios. Desde un punto de vista racional, la industrialización de la guerra la había convertido en algo “obsoleto”. La Primera Guerra Mundial, más que la derrota de Alemania, Austria y el Imperio Otomano, supuso el suicidio de Europa.

Hoy en día, la visión de conjunto tiene que ver con el hecho de que el liderazgo mundial podría pasar de Occidente a Asia. La reacción paranoica de los neoconservadores estadounidenses ante la amenaza terrorista sólo puede acelerar el proceso, cuando no hacerlo inevitable, poniendo en peligro nuestros valores democráticos y, en consecuencia, debilitando el “poder blando” de Estados Unidos, alimentando al mismo tiempo la causa terrorista.

El terrorismo surge de la fusión, registrada dentro de cierta parte del islam, del extremismo religioso, el nacionalismo frustrado y lo que Dostoievski denominaba “nihilismo”. El desafío ante el que nos encontramos es el de comprender las causas fundamentales de esas fuerzas y el de establecer diferencias entre ellas. Dicho de otro modo, este desafío se basa en una complejidad que nos exige impedir que a una pequeña minoría se incorporen fuerzas mayores.

Los elementos clave para lograr una estrategia occidental unida radican en el incremento de la estabilidad en Oriente Medio, para lo cual es preciso alcanzar un arreglo para el conflicto palestino-israelí, además de favorecer una integración más real de los musulmanes en nuestras sociedades, basada en un mensaje humanista más vigoroso. Si perdemos de vista estos elementos en nuestra lucha contra el terrorismo yihadista y sus causas, seremos incapaces de enfrentarnos como es debido al desafío a largo plazo de la llamada “Chindia” (China + India).

lunes, 8 de octubre de 2007

Una Centuria de Historia

Arturo Velásquez Quiroga, un luchador centenario

Don Arturo Velásquez Quiroga nació con el siglo XX -1900-. Se forjó en las primeras luchas sindicales en el entonces poderoso gremio ferroviario, fue uno de los fundadores de la antecesora de la CUT -la Confederación de Trabajadores de Chile (CTCH)-, y en el año 2007 sigue siendo fiel militante del Partido Socialista, al cual se integró desde su fundación. El 15 de abril celebrará su cumpleaños número 107 junto a sus hijos, sus 16 nietos, bisnietos, tataranietos, compañeros y amigos.
En su sencilla casa del balneario de Cartagena, donde vive rodeado del cuidado afectuoso de dos de sus hijos -su esposa, María Elisa Peña Contreras, falleció hace ocho años, después de 74 de matrimonio-, conserva documentos y un álbum de fotografías que le ayudan a recorrer en la memoria los grandes y pequeños hitos de su vida, que forman parte de la historia sindical y política de este país.
Pero don Arturo Velásquez Quiroga no sólo vive del recuerdo. Sigue atento a lo que ocurre en torno suyo, lee, ve televisión, opina, conversa con los compañeros de partido que lo visitan y cotiza regularmente pese a que su único ingreso es una exigua pensión de jubilado. Su dificultad para caminar no le impidió hacer campaña desde su casa a favor de "Michelle", como llama familiarmente al actual presidenta de la República. Su mente se mantiene bastante lúcida, tiene buena memoria para las fechas y no ha perdido el sentido del humor. Como se desplaza por la casa con dificultad, le dicen que se apoye en el bastón, pero exclama de inmediato: "¡pero esto es solo para ver mejor!".
Así como se ríe, también se emociona cuando habla de los seres queridos que ya no están o de tiempos mejores, aunque tiene claro que, con todo lo bueno y lo malo del siglo en que le tocó vivir, el pueblo ha ganado en condiciones de vida.
Su infancia no fue fácil. Nació en Copiapó y fue uno de los seis hijos de José Benigno, trabajador ferroviario, y de Marcelina, dueña de casa. Pero como su padre murió cuando tenía sólo dos años, fue criado por su hermana mayor, Isabel, y su cuñado Ismael Valenzuela Gaitán, también ferroviario, quienes asumieron en la práctica el rol de padres. Estudió cinco años en el Liceo Alemán de Copiapó, hasta que sobrevino la crisis del salitre afectando a todas las actividades del país. "Mi padre no podía seguir pagando el colegio y me quiso cambiar, pero yo le dije que quería trabajar”. Así, a los 13 años, el 28 de agosto de 1913, entré a la maestranza de Caldera, imponente construcción donde funcionaban los talleres que hacían marchar el primer tren inaugurado en Sudamérica, entre Copiapó y Caldera".
¿Que hacía ahí, siendo tan niño?
"Primero sacaba aserrín. Me decían 'el achidado', porque era muy diablo, era rápido, me mandaban a hacer cualquier cosa y ya estaba listo. Me querían mucho".
¿No volvió a estudiar?
"No. Salía a las cinco de la tarde y me iba a un club musical. Aprendí a tocar violín, pero no pude seguir por los callos que se me formaron en las manos. Yo era herrero. Entonces aprendí pistón, una especie de trompeta con la que llegué a tocar en el orfeón ferroviario. Seguí trabajando allí hasta el maremoto de 1922, porque luego de eso trasladaron las faenas a la maestranza central de San Bernardo. En Caldera conocí a Luis Emilio Recabarren, un hombre comprensivo, amable y de pensamiento socialista que nos hacía clases de sindicalismo. Yo tenía como 17 años.
En 1923 empecé a trabajar en San Bernardo, donde había dos mil trabajadores. Formamos una escuela nocturna y después creamos un sindicato. A mí me gustó mucho la lucha sindical, y ya no la dejé".
El sindicato creó una "universidad" que funcionaba de seis a ocho de la tarde. Allí estudió hasta que se casó, en 1926. El matrimonio tuvo siete hijos, pero uno de ellos murió a los dos años de edad. Sin embargo, la familia volvió a aumentar muy pronto con dos pequeños sobrinos que quedaron sin mamá.
¿Cómo ingresó a la actividad política?
"En San Bernardo fundamos a fines de los años '20 la seccional del Partido Socialista Marxista con Eleodoro Domínguez -que fue parlamentario y ministro en varias oportunidades- y Eduardo Rodríguez Massel, quienes explicaban muy bien lo que era el marxismo. Participábamos como 50 jóvenes de la maestranza, éramos una seccional muy poderosa del partido. Después nos unimos con otras facciones y formamos el Partido Socialista. Para mí, el marxismo era la esperanza de mejorar la situación de los más pobres. Y hasta hoy, porque creo que mientras haya hambre, injusticia, mientras no haya trabajo para todos, la doctrina del marxismo sigue vigente. Nosotros, los sindicalistas, estudiamos muy poca teoría, pero el marxismo lo vivíamos, lo sentíamos".
¿Qué recuerda del gobierno de Salvador Allende?
"Trabajamos mucho por él, pero creo que uno de los errores de Allende fue haber dejado todo el peso de la conducción económica en el Partido Comunista. Y no es que yo tenga algo contra los comunistas -son nuestros hermanos-, pero pienso que actuaron en forma demasiado intransigente. En eso se equivocó el presidente. Allende era muy inteligente, buen orador y defendió su causa hasta la muerte."

YO VI LAS INJUSTICIAS

Arturo Velásquez Quiroga participó en el primer congreso del Partido Socialista en representación de los trabajadores de Ferrocarriles del Estado. Fue elegido miembro del Comité Central y jefe de la comisión sindical. Como dirigente ferroviario, también fue un activo gestor de la Confederación de Trabajadores de Chile (CTCH), junto con Juan Díaz Martínez, Bernardo Ibáñez y Salvador Ocampo, este último militante comunista que después fue senador.
¿Por qué le interesó la actividad sindical?
"Yo vi las injusticias. En las salitreras, la gente trabajaba como chinos y no recibía plata, sólo papeles y fichas. No había Código del Trabajo ni ninguna protección para los obreros. Por eso luchamos. Menos mal que Arturo Alessandri, a pesar de ser ciento por ciento derechista, sacó el primer Código laboral y eso es un mérito".
¿Usted pasó por varios gobiernos...?
"Sí, pero lo peor fue la dictadura que tuvimos en el último tiempo. Arturo Alessandri tuvo un brillo momentáneo y, aunque era de derecha, abrió las puertas para que la gente pudiera organizarse. Después, en 1936, hicimos una huelga larga por sueldos y otras reivindicaciones. Nos reprimieron y a 800 trabajadores nos echaron. En ese momento, cuando los militares nos sacaban a la fuerza de la maestranza, les dije que estaban echando a las abejas y que adentro quedaban los puros zánganos, y me pegaron un culatazo. Fueron casi tres años que estuvimos cesantes. Como yo tenía siete chiquillos, me levantaba a las cinco de la mañana para ir a Santiago a trabajar en lo que fuera. Durante la huelga vivimos casi clandestinos porque nos querían tomar presos".
¿Cómo fue eso?
"Mi casa estuvo rodeada de agentes, los detectives se subían a los techos esperando que yo llegara. Igual entraba en la noche con la ayuda de compañeros, de obreros muy preparados que me esperaban en ciertos lugares y me guiaban para entrar en la casa por la parte de atrás. A veces me decían que era mejor no entrar, entonces me quedaba en la casa de algún compañero. Cuando se terminó la huelga, esos 800 ferroviarios despedidos nos desparramos por todo el país para trabajar por la candidatura de Pedro Aguirre Cerda. A mí me tocó recorrer, organizando, desde Magallanes hasta Concepción, donde había una explotación muy grande, como en todas partes. Y ganamos".
¿No volvió a trabajar en Ferrocarriles del Estado?
"Nos volvieron a incorporar a todos cuando triunfó el Frente Popular, en 1938. Poco después me nombraron consejero de la CORFO, como representante de la CTCH. En Ferrocarriles fui ascendido al departamento técnico y como también era secretario de relaciones de la CTCH, viajé a varios países.
En el año '39 me mandaron como delegado a la conferencia de la OIT en Ginebra (Suiza), y de ahí me convidaron a otros países, como Bélgica, Holanda y Francia, para dar a conocer lo que era el sindicalismo en Chile. Hubo otros congresos regionales en Estados Unidos, Brasil y México, donde recibí una condecoración del gobierno de ese país, la cual debe estar por ahí….".
¿Qué impresión le dejó el contacto con otras realidades?
"Me encontré con otras culturas y aprendí mucho, sobre todo en los congresos de la OIT donde se juntaban como sesenta obreros de todos los países. También pasamos susto, porque en una ocasión con dos dirigentes sindicales argentinos tomamos un tren equivocado cuando queríamos trasladarnos de Suiza a Bélgica. Ese tren nos llevó a la Alemania de Hitler. Cuando nos dimos cuenta que íbamos a Hamburgo, los argentinos se querían morir. Entonces subió un oficial al tren y nos pidió los pasaportes. Hicimos como que recién nos dábamos cuenta de la equivocación, pero yo le dije, haciéndome el vivo: '¡Ah, yo tenía muchos deseos de conocer Alemania, porque en el sur de mi país hay una colonia alemana a la que le debemos mucho los chilenos'. Entonces me puso atención -sabía español-, me dijo que el tren a Bélgica iba a salir en media hora y que alcanzaba a dar una vueltecita, así que en la misma estación nos despachó en un taxi para que paseáramos".
En Francia, junto a otros sindicalistas chilenos, visitaron los campos de refugiados españoles que habían huido de la feroz represión desatada por la dictadura de Francisco Franco al finalizar la guerra civil. Ese fue uno de los primeros contactos que más tarde vio sus frutos en la travesía del "Winnipeg".

INTENDENTE OBRERO

Don Arturo Velásquez Quiroga desarrolló una breve campaña como candidato a diputado por Aconcagua en 1941, pero le ganó por pocos votos Alfredo Rosende Verdugo, destacado dirigente radical. Siguió desarrollando sus actividades como dirigente de la CTCH y del PS hasta llegar, en 1946, a la intendencia de Antofagasta.
¿Cómo fue la experiencia?
"Pedro Aguirre Cerda me nombró intendente de Antofagasta, porque la persona que ocupaba ese puesto no tenía respaldo. Fue por poco tiempo, porque después salió elegido Gabriel González Videla y tuve que renunciar, a pesar que él me mandó una carta para que siguiera en el cargo. Pero el congreso del partido en Concepción acordó que ninguno de nosotros siguiera en el gobierno. Muy rápido González Videla dictó la 'Ley Maldita' y persiguió a los comunistas, yo ayudé a liberar a varios compañeros haciéndolos pasar por socialistas".
¿Qué significó para usted encontrarse al frente de una intendencia?
"Fue una enseñanza muy bonita. Cuando llegué a Antofagasta no me esperaba nadie. El señor que ocupaba hasta ese momento el puesto de intendente, no quería irse, estaba apernado. Así que yo me tuve que instalar en un hotel, desde donde empecé a conocer los problemas de la gente. La mayoría se tenía que levantar a las cuatro de la mañana para comprar un pedazo de pan. No había harina, azúcar, café, té... no había nada. Me habían nombrado para arreglar ese desbarajuste. Cuando por fin pude instalarme en la intendencia, informé de la situación al ministro del Interior, a la CTCH y al partido, diciendo que si no se solucionaba en 15 días me volvía a Santiago, porque qué iba a hacer ahí. Antes de 15 días comenzaron a llegar las cosas".
Aunque su gestión no duró más de un año y al comienzo los poderosos de la provincia lo miraron por encima del hombro por tratarse de un obrero, Arturo Velásquez se ganó el reconocimiento de la comunidad. Al dejar el cargo, fue despedido con todos los honores e incluso "El Mercurio" de Antofagasta señaló que había cumplido sus funciones "con discreción y acierto".
¿Qué le pareció el gobierno de Aguirre Cerda?
"Fue el primer paso a una democracia de verdad. Se creó la CORFO el año '39, después del terremoto de Chillán, y fue muy importante para hacer crecer el país, tuvo empresas eléctricas en casi todas las regiones".
Después se formó la CUT...
"Eso fue después, luego de una huelga general a raíz de una matanza obrera. La huelga duró como cinco días desde Arica a Magallanes. No podía continuar, porque no había plata y los obreros no podían aguantar más, así que la CTCH dio orden de levantar el movimiento, pero los comunistas no aceptaron. Entonces se dividió la CTCH y crearon la CUT. Después, fui uno de los que trabajé para que nos uniéramos todos en la CUT".
¿Conoció a Clotario Blest?
"Sí, claro. Era un viejito muy católico, un hombre bueno, pero no era para dirigir un organismo sindical fuerte".

UNIVERSIDAD FERROVIARIA

¿Siguió en la actividad sindical?
"Tuve problemas de salud que me obligaron a parar. Durante muchos años cumplí mi horario en la maestranza de ferrocarriles, después salía a estudiar música, de ahí me iba a la CTCH y me acostaba como a las 12 para estar al otro día en el trabajo a las 7 de la mañana. A veces dormía apenas dos o tres horas. Todo eso terminó por afectar mi sistema nervioso y me dijeron que no podía seguir con el mismo ritmo. Después me dio reumatismo y tuve que renunciar a la CUT el '53.
También debí dejar la música y despedirme de mi cachimba, porque yo fumaba. Pero nunca renuncié al sindicalismo ni a mi condición de obrero calificado. En la maestranza trabajamos para que los dos mil obreros tuvieran casa, y la tuvieron, algunos en Santiago, otros en Ovalle o San Bernardo. También formamos una cooperativa de consumo y una caja de retiro para mejorar las condiciones sociales. En la maestranza nació el diario 'El Siglo' y yo, como socialista, fundé el diario 'Herramienta', que durante la huelga larga repartíamos a la salida del trabajo. También creamos la revista educativa 'Horizonte', de la cual fui director. Muchos profesores me acompañaron en esa revista, tengo muy buenos recuerdos de Eleodoro Domínguez, Eduardo Rodríguez Massel, Luis Zúñiga. La idea era llegar al obrero para que conociera la música, el arte, la cultura".
¿Era un motivo de orgullo ser obrero en esos años?
"Claro, uno sabía lo que valía, no como ahora, porque si digo que soy obrero, me borran del mapa. Yo fui herrero, jefe del taller de herrería e inspector técnico del Departamento de Tracción y Maestranza. O sea, sin necesidad de haber sacado un título llegué a ser obrero calificado. La maestranza fue una verdadera universidad para nosotros. Ahora es diferente, faltan buenos dirigentes sindicales y se necesita mucha orientación".

SOCIALISTAS DE AHORA

¿Qué opinión tiene de la actual CUT?
"Creo que está volviendo a tomar fuerza, y eso es bueno, porque hasta hace poco los dirigentes no estuvieron a la altura. Ha habido mucha división. El Partido Comunista vive del sindicalismo, pero también es muy intransigente y eso ha afectado la unidad. Ahora, con Ricardo (Lagos) y su ministro de Trabajo (Ricardo Solari) se puede avanzar bastante para lograr una CUT fuerte, unida, que lleve adelante sus proyectos. Pero también es necesario que el Partido Socialista tome el mismo rumbo de antes y no se aparte de la clase trabajadora, ni practique el antropofagismo".
¿Encuentra que se ha apartado?
"¡Claro, si no ha tenido más que un departamento político! Y el PS, históricamente, siempre tuvo dos caminos: el político y el sindical. En los últimos congresos también cambiaron los reglamentos y, ahora, algunos hasta se horrorizan si se habla de Carlos Marx. Eso está malo. Los Partidos Políticos se forman para llevar a la clase trabajadora a una vida mejor y sus dirigentes, desde los comités para abajo, deberían ir a los sindicatos y a las poblaciones para saber en qué está la gente y orientarla. Es terrible la falta de conducción que hay... ¡Pero no voy a seguir criticando, porque quiero que mis compañeros vengan a mi funeral!"
¿Qué hacía en 1973, cuando fue derrocado el gobierno de la Unidad Popular?
"Había jubilado después de 50 años de trabajo, pero seguía trabajando fuerte en el partido en San Bernardo y en los sindicatos, así que aparecí en una lista negra de veinte dirigentes, 18 de los cuales fueron asesinados. Mi señora se desesperó y tuve que vender la casa para venirnos a Cartagena. Aquí me encontré con un teniente de Carabineros que conocí como intendente de Antofagasta, y que había ascendido a comandante. Me dijo que tenía orden de vigilarme, 'pero mientras esté yo aquí no le va a pasar nada Don Arturo'. Nunca me molestaron. Me metí en la junta de vecinos y conseguimos varias cosas, como el alcantarillado".
¿Qué esperaba del gobierno de Ricardo Lagos?
"Mucho. Aunque no es un militante socialista, me parece un hombre capaz de hacer lo que piensa. Y si el Partido Socialista no aprovecha esta ocasión para hacerse fuerte, más vale que desaparezca... Pero yo soy de los que todavía no doblo el cacho"

Carl Sagan y Broca

EL CEREBRO DE BROCA
Carl Sagan
"Ayer, sólo eran monos. Dales tiempo".
"Pues si eran monos, quien tuvo retuvo..."
"No, esta vez será diferente... Vuelve dentro de alrededor de un siglo y verás..."

"Los dioses, hablando de la Tierra, en la versión cinematográfica del libro de H. G. WELLS"
"El hombre que podía hacer milagros" (1936)

En cierto sentido, el Musee del 'Homme no se diferenciaba de muchos otros. Situado sobre un suave promontorio, desde su restaurante podía captarse una hermosa perspectiva de la torre Eiffel. Estábamos allí para conversar con Yves Coppens, eminente paleo-antropólogo y competente director adjunto del museo. Coppens ha estudiado nuestros ancestros, cuyos fósiles proceden de la garganta de Olduvai, en Kenia y Tanzania, y del lago Turkana, en Etiopía. Hace unos dos millones de años vivían en el este de África unas criaturas a las que denominamos Homo habilis, de una estatura aproximada de 1,20 metros, que construían y utilizaban herramientas de piedra, que quizá llegaban a construir viviendas muy simples y cuyos cerebros, a lo largo de un espectacular proceso de acrecentamiento, llegarían a transformarlos en lo que somos hoy en día.

Las instituciones museísticas de este tipo tienen un rostro público y otro privado. La vertiente pública incluye los materiales etnográficos y de antropología cultural expuestos al visitante: vestidos de mongoles o telas pintadas por nativos americanos, algunas quizá preparadas especialmente para que las compraran los voyageurs y los emprendedores antropólogos franceses. Pero en su trastienda se albergan otras muchas cosas: gente encargada de preparar las diferentes exposiciones; vastas salas que sirven de almacén a objetos inadecuados para su presentación al público, ya sea por el tema que tratan o por razones de espacio; áreas en las que trabaja el personal dedicado a la investigación.

Fuimos conducidos a través de oscuros laberintos y mohosas salas, que iban desde angostos cubículos a amplias rotondas. En los pasillos se amontonaban materiales de investigación: una reconstrucción del suelo de una cueva paleolítica en la que se mostraba el lugar donde habían sido arrojados los huesos de antílope tras la comida del día; estatuillas priápicas de madera procedentes de la Melanesia; utensilios de comida delicadamente decorados; grotescas máscaras ceremoniales; azagayas de Oceanía; un mohoso cartel representando a una esteatopigia mujer de África; un lóbrego y húmedo almacén lleno hasta el techo de los más diversos instrumentos musicales, desde instrumentos de cuerda con calabazas como cajas de resonancia, flautas de Pan hechas con caña, cajas de percusión con pieles de diversos animales y otras innumerables muestras de los indomables impulsos que siempre ha sentido el hombre hacia la creación musical.

Aquí y allí podían verse unas pocas personas ocupadas en labores de investigación, cuyo porte y maneras distantes y respetuosas contrastaban vivamente con la cordial capacidad bilingüe de Coppens. Obviamente, la mayor parte de las salas estaban destinadas al almacenamiento de materiales antropológicos recogidos y coleccionados durante más de un siglo. Se tenía la sensación de transitar por un museo de segundo orden en el que se habían recogido materiales no tanto porque tuvieran demasiado interés sino porque tal vez lo habían tenido en otros tiempos pretéritos.

Podía percibirse en el ambiente la presencia de los directores del museo durante el siglo XIX, cubiertos con sus levitas ocupados básicamente en trabajos de goniomótrie y craniologie, febrilmente entregados a coleccionarlo y medirlo todo con la pía esperanza de que la mera cuantificación pudiera llevarles hasta la comprensión de los interrogantes planteados. Aun existía otra zona del museo mas recóndita, una extraña mezcla de activo centro de investigación y de vitrinas, armarios y anaqueles franca y totalmente abandonados. Aquí, la reconstrucción de un esqueleto articulado de orangután. Allí, una amplia mesa cubierta de cráneos humanos pulcramente clasificados. Más allá, un cajón lleno de fémures apilados en la alacena del material del conserje de una escuela. Existía también una demarcación donde se alineaban restos neanderthalienses, entre ellos el primer cráneo reconstruido de un hombre de Neanderthal, obra de Marcellin Boule. Tomé con todo cuidado la pieza entre mis manos. Daba la sensación de objeto ligero y delicado; las suturas eran perfectamente visibles. Quizás me hallaba ante la primera prueba empírica indiscutible de que en épocas lejanas existieron criaturas muy semejantes a nosotros, criaturas que se habían extinguido, y cuya desaparición venía a alzarse como inquietante sugerencia de que tal vez nuestra especieno sobrevivirá por los siglos de los siglos. También había allí una estantería donde se alineaban dientes de varios tipos de homínidos, entre los que se incluían los grandes molares trituradores del Australopithecus robustus, un contemporáneo del Homo habilis. En otro rincón, una colección de cajas con cráneos de Cro Magnon se apilaban limpios y en perfecto orden como leña dispuesta para un hogar. Todo este conjunto de reliquias eran los razonables y en cierto modo imprescindibles fragmentos probatorios que habían permitido reconstruir parte de la historia de nuestros ancestros y parientes colaterales.

En el fondo de la sala había otras colecciones más macabras y turbadoras. Una vitrina encerraba dos cabezas de reducidas dimensiones con un aire burlón en sus muecas; unos correosos labios vueltos hacia arriba dejaban al descubierto hileras de dientes puntiagudos y diminutos. A su lado, múltiples frascos herméticamente cerrados encerraban pálidos embriones y fetos humanos bañados en un sombrío fluido verdoso.
La mayor parte de los especimenes eran normales, aunque ocasionalmente la mirada podía detenerse ante alguna inesperada anomalía como, por ejemplo, un par de siameses unidos por el esternón o un feto con dos cabezas y sus cuatro ojos herméticamente cerrados. Pero aun había más. Una hilera de amplios frascos cilíndricos que albergaban, para mi asombro, cabezas humanas perfectamente conservadas. Un hombre de enormes mostachos rojos, de poco más de veinte años y originario, como indicaba la etiqueta adjunta, de Nueva Caledonia. Quizá se tratase de un marinero que se había embarcado rumbo a los trópicos donde tras ser capturado perdería la vida; su cabeza se había convertido involuntariamente en objeto de estudio científico. Mas allá, tres cabezas de niño en un mismo recipiente, quizá como simple medida económica. Hombres, mujeres y niños de ambos sexos y múltiples razas, cuyas cabezas habían llegado hasta Francia para, quizá tras un breve estudio inicial, consumirse en un rincón del Musee del 'Homme. Y yo me preguntaba ante tal espectáculo, ¿en qué condiciones debió producirse el embarque de las cajas cargadas con cabezas en conserva? ¿Acaso los oficiales de los buques especularon a la hora del café acerca del contenido de la carga almacenada en las bodegas? ¿Tal vez les traía sin cuidado el asunto ya que las cabezas no eran casi nunca de blancos europeos como ellos? ¿Acaso bromeaban en torno a la carga para demostrar un cierto distanciamiento emocional, mientras que en privado no dejaban de sentir un cierto remordimiento ante los horrores que transportaban?


Una vez llegadas a Paris las colecciones, ¿fueron recibidas por científicos activos y sistemáticos que dirigían con eficacia las operaciones de transporte y almacenamiento de los cargamentos de cabezas? ¿Estaban impacientes por desprecintar los frascos y proceder a la medición de los cráneos humanos con sus calibradores? ¿Acaso el responsable de la colección, fuera quien fuese, asumía su trabajo con entusiasmo y arrogancia libres de todo objetivo secundario? Siguiendo mi visita, llegamos al rincón más recóndito de esta ala del museo. Y allí descubrí una colección de retorcidos objetos grisáceos nadando en formalina a fin de retardar su descomposición: se trataba de un conjunto de anaqueles con cerebros humanos. Alguien se había ocupado de practicar rutinarias craneotomías en cadáveres de personalidades con objeto de extirpar sus cerebros en beneficio del progreso científico. Allí estaba el cerebro de un intelectual europeo que había alcanzado renombre momentáneo antes de marchitarse en aquellas polvorientas estanterías. Acullá el cerebro de un convicto asesino. Qué duda cabe, los científicos de la época esperaban que pudiese existir alguna anomalía, algún indicio revelador, en la anatomía cerebral o en la configuración craneana de los asesinos. Quizá esperaban demostrar que el asesino lo creaban influencias hereditarias y no sociales. La frenología fue una desgraciada aberración del siglo XIX.


Puedo oír a mi amiga Ann Druyan afirmando: «la gente a la que matamos de hambre y torturamos tiene una tendencia antisocial a robar y matar. Y creemos que actúan de ese modo a causa de su prominente entrecejo». Pero lo cierto es que no hay modo de distinguir entre los cerebros de los asesinos y los de los sabios (los restos del cerebro de Albert Einstein están, recordémoslo de pasada, flotando en un frasco depositado en la universidad de Wichita). Es indudable que quien hace a los criminales no es la herencia sino la sociedad. Mientras escudriñaba la colección sumido en similares meditaciones, mi vista se sintió atraída por la etiqueta unida a uno de estos frascos cilíndricos. Tome el recipiente del anaquel y lo examiné desde cerca. En la etiqueta podía leerse P. Broca. Tenía en mis manos el cerebro de Broca.

Paul Broca fue cirujano, neurólogo y antropólogo, una de las figuras más prominentes de la medicina y la antropología del siglo pasado. Realizó importantes trabajos en el estudio de la patología cancerosa y en el tratamiento de los aneurismas, así como una contribución esencial a la comprensión de los orígenes de la afasia, nombre con que se designa todo menoscabo de la habilidad para articular ideas. Broca fue un hombre brillante y apasionado, con una ferviente dedicación al tratamiento medico de las capas sociales más míseras. Al amparo de la noche y con riesgo de su propia vida, consiguió en cierta ocasión sacar clandestinamente de París en una carreta tirada por caballos setenta y tres millones de francos dentro de unas maletas escondidas bajo montones de patatas; se trataba de dinero de los fondos de la Asistencia Pública que, según su opinión, corrían peligro de inminente pillaje. Fue el fundador de la moderna cirugía cerebral. Asimismo, se dedicó al estudio del problema de la mortalidad infantil. Hacia el final de su vida fue nombrado senador.

Como ha indicado uno de sus biógrafos, amaba por encima de todo el sosiego y la tolerancia. En 1848 fundó una sociedad de «librepensadores». Fue uno de los pocos científicos franceses dc su época que mostraron adhesión a la tesis darwiniana de la evolución a través de la selección natural entre las especies. T. H. Huxley, «el perro guardián de Darwin», señalaría que la simple mención del nombre de Broca llenaba su espíritu de un sentimiento de gratitud, y se atribuye a Broca la afirmación de que «prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán». Por tales ideas y otros puntos de vista similares fue denunciado por «materialismo» y por corruptor de la juventud, como lo fuera siglos antes Sócrates. Sin embargo, recibió la nominación de senador.

Muchos años antes Broca había tenido enormes dificultades para crear en Francia una asociación dedicada al estudio de la antropología. El ministro de Instrucción Pública y el Prefecto de Policía albergaban la creencia de que la antropología podía ser, como todo intento encaminado a profundizar en el conocimiento de los seres humanos, innatamente subversiva para los intereses del Estado.
Cuando por fin y a regañadientes Broca obtuvo autorización para hablar con dieciocho colegas de su campo común de intereses científicos, el Prefecto de Policía le recordó que le haría personalmente responsable de todo cuanto pudiera decirse en tales reuniones «contra la sociedad, la religión o el gobierno». A pesar de todo, el estudio de los seres humanos se consideraba tan peligroso en aquellos tiempos que la policía envió a todas las reuniones un espía con amenaza explícita de que la autorización para celebrar tales reuniones sería revocada de inmediato si el delegado gubernativo se escandalizaba o consideraba delictiva cualquier afirmación vertida en ellas.

Tales fueron las circunstancias bajo las que celebraba su primera reunión la Sociedad de Antropología de París el 19 de mayo de 1859, el mismo año en que se publicó la primera edición de El origen de las especies. En reuniones sucesivas iba a discutirse sobre una amplia gama de temas —arqueología, mitología, fisiología, anatomía, medicina, psicología, lingüística e historia—, y fácil es imaginar al espía gubernativo dormitando en un rincón de la sala durante la mayor parte de las sesiones. Según explica Broca, en cierta ocasión el espía sintió ganas de dar un pequeño paseo y preguntó si podía abandonar la sala con la garantía de que en su ausencia no iba a tratarse ningún asunto lesivo para el Estado. «No, no, amigo mío, le respondió Broca, usted no puede irse a dar ninguna vuelta. Siéntese y justifique su sueldo». Pero no sólo era la policía la que mostraba en Francia por aquel entonces oposición al desarrollo de la antropología, sino también el clero, y en 1876 el Partido Católico Romano organizó una gran campaña contra las enseñanzas del Instituto de Antropología de París fundado por Broca.

Paul Broca falleció en 1880, quizá a causa de un tipo de aneurisma muy similar al que tan brillantemente había estudiado. Cuando le sorprendió la muerte estaba trabajando en un minucioso estudio de la anatomía cerebral. Broca fundó las primeras sociedades profesionales, escuelas de investigación y revistas científicas de la antropología francesa moderna. Los especímenes de su laboratorio personal fueron incorporados al que durante años recibiría el nombre de Musee Broca. Posteriormente pasarían a integrarse en el más amplio Musee del 'Homme. Fue el propio Broca, cuyo cerebro tenía yo ahora en mis manos, quien creó la macabra colección que había estado contemplando. Habían sido objeto de su estudio embriones y monos, gentes de todas las razas, midiéndolo todo enloquecidamente en un supremo esfuerzo por comprender la naturaleza profunda del ser humano. Y a pesar del aspecto presente de la colección y de mis recelos, no fue, al menos de acuerdo con los patrones de su tiempo, más patriotero o más racista que otros y ciertamente no ofreció un apoyo incondicional al racismo con sus teorías y menos aún con sus actos. El científico frío, poco cuidadoso y desapasionado no toma en consideración las consecuencias humanas que puedan derivarse de su trabajo. Broca siempre las tuvo muy en cuenta.
En la Revue d'Anthropoligie de 1880 se recoge una bibliografía exhaustiva de los escritos de Broca. Entre sus títulos, que tuve ocasión de hojear algún tiempo después, puede rastrearse el origen de la colección que acababa de contemplar: «Sobre el cráneo y el cerebro del asesino Lamaire», «Presentación del cerebro de un gorila macho adulto», «Sobre el cerebro del asesino Prevost», «Sobre la supuesta heredabilidad de características accidentales», «La inteligencia de los animales y el dominio de los humanos», «El orden de los primates: paralelos anatómicos entre hombres y monos», «El origen del arte de obtener fuego», «Sobre monstruos dobles», «Discusión en torno a los microcéfalos», «Trepanaciones prehistóricas», «Sobre dos casos de desarrollo de un dedo supernumerario en la edad adulta», «Las cabezas de dos nueva caledonianos» y «Sobre el cráneo de Dante Alighieri». Desconozco el lugar donde pueda hallarse actualmente el cráneo del autor de la Commedia, pero la colección de cerebros, cráneos y cabezas que me rodeaban constituye sin duda alguna los primeros pasos del trabajo de investigación realizado por Paul Broca.

Broca fue un extraordinario anatomista cerebral y efectuó importantes investigaciones sobre la región límbica, conocida inicialmente con el nombre de rinencéfalo (el «cerebro olfativo»), zona que como sabemos hoy en día se halla estrechamente vinculada a las emociones humanas. Pero quizá su trabajo más celebrado en nuestros días sea el descubrimiento de una pequeña región ubicada en la tercera circunvolución del lóbulo frontal izquierdo de la corteza cerebral, la que en honor de su descubridor denominamos hoy área de Broca. Tomando como punto de partida un escaso número de pruebas experimentales, Broca puso al descubierto que dicha zona del cerebro controla la emisión articulada del lenguaje y se erige como la sede fundamental de tan característica actividad humana. El área de Broca fue uno de los primeros descubrimientos que puso de manifiesto la separación de funciones existentes entre ambos hemisferios cerebrales. Y algo aún más importante, fue una de las primeras pruebas sólidas de la existencia de funciones cerebrales específicas localizadas en zonas muy precisas del cerebro, de que existe una conexión entre la anatomía cerebral y sus diferentes actividades concretas, actividades que a veces suelen calificarse como «mentales».

Ralph Holloway es un investigador de la Universidad de Columbia dedicado al estudio de la antropología física cuyo laboratorio imagino que puede guardar ciertas similitudes con el de Broca. Holloway ha construido con goma de látex unos moldes de cavidades craneales de seres humanos y otros afines, pasados y presentes, con objeto de intentar reconstruir, a partir de las huellas superficiales dejadas por la superficie interna del cráneo, la evolución histórica del cerebro. Holloway sostiene que para poder hablar de criatura humana es imprescindible la presencia en su cerebro de un área de Broca, ofreciéndonos pruebas de la aparición de un primer esbozo de la misma en el cerebro del Homo habilis unos dos millones de años atrás, justo en el momento en que aparecen las primeras construcciones y herramientas humanas. En este punto concreto, la perspectiva frenológica no carece de sentido.

Parece sumamente verosímil que el pensamiento y el trabajo humanos tuvieran un desarrollo paralelo al de la palabra articulada, de manera que el área de Broca puede considerarse como una de las sedes fundamentales de nuestra humanidad en la medida en que, sin la menor duda, nos permite delinear la relación que nos vincula con nuestros antepasados en su progresión hasta alcanzarla. Ahí estaba, flotando ante mis ojos, nadando a trozos en un mar de formalina, el cerebro de Broca. Podía observar la región límbica que Broca había estudiado en otros, las circunvoluciones del neocortex, incluso el lóbulo frontal izquierdo de color gris blancuzco donde tiene su asiento el área que toma su nombre del de su descubridor, pudriéndose inadvertidamente en un triste rincón de la colección que iniciara el propio Broca.

Era difícil sostener el cerebro de Broca sin tener la sensacion de que, en alguna medida, todavía estaban allí, presentes, su ingenio, su talante escéptico, sus abruptas gesticulaciones al hablar, sus momentos de quietud y sentimentalismo. ¿Acaso se hallaba preservada ante mí, en la configuración neuronal, una recolección de los triunfales momentos en que defendía ante una asamblea conjunta de facultades de medicina (y ante su padre, henchido de orgullo) su teoría sobre los orígenes de la afasia? ¿0 tal vez una comida en compañía de su amigo Victor Hugo? ¿Quizás un paseo a la luz de la luna en un atardecer otoñal a lo largo del Quai Voltaire y el Font Royal en compañía de su esposa? ¿Adónde vamos a parar después de morir? ¿Acaso Paul Broca estaba todavía ahí, en un frasco lleno de formalina? Tal vez hubiese desaparecido todo rastro de memoria, aunque las investigaciones contemporáneas sobre la actividad cerebral proporcionan pruebas convincentes de que un cierto tipo de memoria queda redundantemente almacenada en numerosos y diferentes lugares de nuestro cerebro. Cuando en un futuro se produzcan avances substanciales en el terreno de la neurofisiología, ¿podremos, tal vez, reconstruir las memorias o intuiciones de alguien fallecido tiempo ha? Por lo demás, ¿parece deseable tal perspectiva? Equivaldría a la perdida del ultimo bastión de nuestra privacidad, aunque también cabe tener en cuenta que equivaldría a un cierto tipo de inmortalidad efectiva pues, y especialmente para hombres de la talla de Broca, es indudable que la mente constituye algo así como la esencia de su entidad física y psíquica.

Dado el carácter de los materiales acumulados en esta recóndita y olvidada sala del Musee del 'Homme me sentí de inmediato inclinado a atribuir a los creadores de la colección —por entonces desconocía aun que hubiese sido Broca— un manifiesto e innegable sexismo, racismo y patrioterismo, una profunda resistencia ante la idea de una estrecha interrelación entre los seres humanos y los demás primates. Y en parte eso era indudable. Broca fue un humanista del siglo XIX, si bien no había conseguido desprenderse de los prejuicios y enfermedades sociales que agostaban a la humanidad de su tiempo. Broca creía en la superioridad de los hombres f rente a las mujeres y en la de los blancos frente a las demás razas.
En tal contexto, incluso su conclusión de que los cerebros alemanes no eran significativamente diferentes de los franceses no era más que una refutación de la defensa por parte de los teutónicos de su superioridad frente a los galos. Con todo, el científico franco sostuvo la existencia de profundas vinculaciones entre la fisiología cerebral de gorilas y hombres.

Broca, fundador de una sociedad de librepensadores en su juventud, creía en la necesidad e importancia de una investigación libre de trabas y dedicó buena parte de su vida a la consecución de tal objetivo. El fracaso de tales ideales pone de manifiesto que, incluso para alguien como Broca que no escatimó esfuerzos en favor de la libertad de investigación, era en realidad muy sencillo apartarse de los mismos a causa de un fanatismo e intolerancia endémicos. La sociedad puede llegar a corromper al mejor de los hombres. Considero injusto criticar a alguien por no haber compartido las ideas progresistas que están gestándose en su tiempo, aunque no por ello deja de ser tremendamente desalentador que los prejuicios retrógrados lleguen a tener tan tremenda fuerza persuasiva. Este tema plantea enojosas incertidumbres acerca de que ideas vistas en nuestra época como verdades convencionales genéricamente aceptadas llegaran a considerarlas fanatismo gratuito nuestros inmediatos sucesores. Creo, pues, que el mejor modo de pagar a Paul Broca la deuda que tan involuntariamente nos legó con su ejemplo consiste en discutir profunda y seriamente nuestras creencias más profundamente arraigadas.

Estos frascos olvidados en un rincón y su espantoso contenido fueron coleccionados, por lo menos parcialmente, desde una perspectiva humanista, y quizá en un futuro, cuando el estudio del cerebro humano haya avanzado de forma substancial, vuelvan a mostrarse como materiales útiles para la investigación. Por mi parte, desearía conocer algo más acerca de aquel bigotudo marinero cuya cabeza fue trasladada a París desde Nueva Caledonia.


Pero la contemplación de esta especie de cámara de los horrores evoca de inmediato y espontáneamente otros pensamientos perturbadores. Ante todo, no podemos evitar un intenso sentimiento de simpatía hacia seres cuya existencia nos es recordada de modo tan indecoroso, y muy especialmente hacia aquellas personas muertas en su juventud o con sufrimiento. Los caníbales originarios del noroeste de Nueva Guinea usan para la construcción de las jambas y dinteles de sus viviendas amontonamientos de calaveras. Quizá sean estos los mejores materiales para construcción de que disponen, pero los arquitectos del país no pueden ignorar por completo el terror que desencadenan sus construcciones en los viajeros desprevenidos. Las SS de Hitler, los Ángeles del Infierno, los chamanes, los piratas e, incluso, los embotelladores de yodo, han usado el símbolo de la calavera con el propósito evidente de despertar sentimientos de terror.
Se trata de algo perfecta y totalmente coherente. Cuando me encuentro en una habitación llena de calaveras es bastante probable que ande alguien por los alrededores, quizá una manada de hienas, tal vez un tétrico y activo decapitador cuya ocupación o distracción es coleccionar cráneos humanos. Tan inquietantes compañías deben evitarse o, de ser posible, proceder a su eliminación. La comezón del cabello sobre mi nuca, la aceleración del pulso y de los latidos del corazón y un pegajoso y gélido sudor han sido generados por el proceso evolutivo para que me apreste a combatir o a emprender la huida. Quienes evitan la decapitación dejan tras sí mayor descendencia. Por tanto, experimentar tales sensaciones de miedo constituye una clara ventaja desde una perspectiva evolucionista. Pero aun resulta más terrorífico encontrarse en una habitación repleta de cerebros, como si algún monstruo moral indescriptible armado con espantosas cuchillas y espátulas se arrastrara y babeara por los tejados del Musee de 'Homme.

No obstante, creo que nuestras sensaciones dependen en buena medida de los propósitos que han dirigido la creación de tan macabra colección. Si el objetivo es la investigación científica, si los restos humanos han sido seccionados post mortem —y muy especialmente si han sido obtenidos con el consentimiento previo de aquellas personas a quienes pertenecieran en vida—, puede pensarse que el daño ocasionado es poco y que, a la larga, tal vez incluso quepa pensar que redundaran en beneficio de la humanidad. Pero a pesar de todas estas consideraciones, no consigo tener la plena seguridad de que los científicos actúen por motivaciones ajenas totalmente a las que rigen el comportamiento de los caníbales de Nueva Guinea. ¿Acaso no suelen decir ante el nerviosismo de cualquier observador: «Vivo cotidianamente rodeado por estas cabezas, y es algo que no me molesta: por que le producen a usted tales náuseas»? Leonardo y Vesalio tuvieron que recurrir al cohecho y al secreto para poder llevar a cabo sus primeras disecciones sistemáticas de seres humanos en Europa a pesar de que siglos antes hubiese existido una floreciente y capaz escuela de anatomía en la antigua Grecia. La primera persona que localizó desde perspectivas neuroanatómicas la inteligencia humana en la cabeza fue Herófilo de Calcedonia, médico griego cuya actividad alcanza su cenit alrededor del 300 a. de C. Herófilo fue también el primero en distinguir entre nervios motores y sensoriales y efectuó el estudio más completo de la anatomía cerebral intentado hasta el Renacimiento. Indudablemente, no faltaron objetores a sus repugnantes predilecciones experimentales. Existe un oculto temor, que se hace explícito en la famosa leyenda de Fausto, a «conocer» ciertas cosas, que determinados interrogantes son demasiado peligrosos para que puedan desvelarlos los seres humanos. Hay un claro ejemplo en nuestros días, el desarrollo del armamento nuclear, ya que si nos falta prudencia y suerte puede constituir un claro ejemplo de los peligros apuntados. Pero en el caso de los experimentos sobre el cerebro nuestros temores son bastante menos intelectuales.


Se trata de experimentos que hincan sus raíces en lo más profundo de nuestro pasado evolutivo, evocan imágenes de jabalís y salteadores de caminos que aterrorizaban a viajeros y poblaciones rurales en la antigua Grecia ante el peligro más que probable de mutilaciones procrústeas u otras crueldades hasta que algún héroe, fuese Teseo o Hércules, les despachara sin mayor esfuerzo. Los mencionados temores han desempeñado en épocas pretéritas una función adaptativa y francamente útil. Sin embargo, creo que en nuestros días constituyen un bagaje básicamente emocional. Como científico que ha escrito sobre el cerebro humano, me interesó detectar mientras contemplaba la colección reunida por Broca tal tipo de sentimientos ocultos en mi interior. Y tales temores son indudablemente valiosos. Toda investigación trae consigo algún elemento de riesgo. No existe garantía alguna de que el universo llegue a ajustarse a nuestras predisposiciones. Sin embargo, no veo otra forma de ocuparnos de él, tanto del universo inmediato como del exterior a nosotros, que sometiéndolo a estudio. El mejor medio que tiene la humanidad para evitar todo tipo de abusos es adquirir una educación científica que le permita comprender las derivaciones que trae consigo todo programa de investigación.

Como contrapartida a la libertad de investigación, los científicos tienen la obligación de explicar a la opinión pública la naturaleza de su trabajo. Si se considera a la ciencia como un sacerdocio cerrado, demasiado difícil y arcano para ser comprendido por el hombre de la calle, los peligros de abuso son enormes. La ciencia es un tema de interés general y nos afecta a todos sin exclusión. Al discutir de forma regular y con competencia sus objetivos y consecuencias sociales en escuelas, prensa y conversaciones de sobremesa habremos mejorado en gran medida nuestras perspectivas de comprensión del mundo, así como las de su perfeccionamiento y el nuestro. Se trata de una idea que, a veces fantaseo, muy bien creo pudiese seguir impresa en el cerebro de Broca mientras indolentemente navega en el seno de un mar de formalina.