Los grandes maestros de todos los tiempos nos han enseñado que la ley de la atracción es la ley más poderosa del Universo.
Poetas como William Shakespeare, Robert Browning y William Blake lo expresaron en su poesía. Músicos como Ludwig van Beethoven lo expresaron con su música. Artistas como Leonardo da Vinci lo representaron en sus cuadros. Grandes pensadores como Sócrates, Platón, Ralph Waldo Emerson, Pitágoras, sir Francis Bacon, sir Isaac Newton, Johann Wolfgang von Goethe y Victor Hugo, lo compartieron en sus escritos y enseñanzas. Sus nombres han sido inmortalizados y su legendaria existencia ha sobrevivido el paso de los siglos.
Religiones como el hinduísmo, las tradiciones herméticas, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam, y civilizaciones como la babilónica y la egipcia, lo han transmitido en sus relatos e historias. Esta ley, omnipresente en todas las eras, se puede encontrar en narraciones antiguas de todos los tiempos. Fue grabada en piedra en el año 3000 a C. Aunque algunos codiciaron este conocimiento, y de hecho lo consiguieron, siempre ha estado al alcance de quien quisiera descubrirlo.
Esta ley existe desde los albores del tiempo. Siempre ha existido y siempre existirá. Esta ley rige todo el orden del Universo en cada momento de tu vida y en todas las cosas que experimentas. No importa quién seas o lo que hagas, la ley de la atracción es la que modela tu experiencia total de la vida y lo hace a través de tus pensamientos. Tú eres quien activa la ley de la atracción a través de tu mente.
En 1912 Charles Haanel describió la ley de la atracción como «la ley más grande e infalible de la que depende todo el sistema de la creación»
viernes, 3 de octubre de 2008
martes, 16 de septiembre de 2008
La Decadencia de Los Estados
“¡No dejes que te den un derecho que tú eres capaz de conquistar!”
Si hoy los derechos humanos se postulan como un valor superior al de la soberanía de los Estados – valor que primó durante los últimos siglos -, es porque los propios Estados experimentan cambios radicales. Atrás queda, al parecer, la proclamación del Estado como expresión de la soberanía de las naciones. El español Francisco de Vitoria, creador del derecho internacional o de gentes, fue uno de los primeros en proponer que los Estados deben respetar sus soberanías respectivas y no interferir en los asuntos internos de otros. Sus sugerencias se han reiterado ad infinitum aunque no siempre hayan sido respetados. Pero ahora los Estados, o muchos de ellos, ya no son lo que eran. En primer lugar, han proliferado en forma vertiginosa. A mediado del siglo XIX existían 44 Estados soberanos. A comienzos del siglo XX aumentan a 51, en 1963 ya había más del doble, y en el año 2.000 Naciones Unidas cuenta con 188 Estados miembros.
Los Estados existen en relación con un territorio. Por eso jamás se habló oficialmente de Estado Palestino hasta que éste pudo domiciliarse tras el acuerdo de Israel. Hay Estados de muy diversos tipos: fuertes y débiles, Cuasi-Estados, ficciones de Estado y Estados simbólicos. Los primeros son la expresión de naciones consolidadas que han desarrollado el aparato necesario para administrar sus necesidades. Los Estados débiles no ejercen en plenitud su poder sobre la población y el territorio. Los Cuasi-Estados son en muchos casos fruto de naciones con identidad débil, consecuencia de la multiplicidad étnica o las desavenencias religiosas en su interior. Es el caso de muchos países africanos, donde la lealtad tribal prima sobre la noción de pertenencia a un Estado. También ocurre en Estados oligárquicos que sirven ante todo a intereses minoritarios, como en nuestro país Chile. Allí no sólo las mayorías no sienten pertenencia a un Estado, sino que rechazan el papel opresor del Estado en sus diversas expresiones. Por esa situación atraviesan todos los países latinoamericanos. Casos de Estados ficticios se dan cuando, como producto de circunstancias originadas en conflictos, dos o más comunidades sin mayor identidad nacional han de coexistir bajo la misma administración. Los más recientes son Bosnia Herzegovina, que agrupa a musulmanes bosnios croatas, y la República Serpska, que agrupa a los serbios ortodoxos que habitan en Bosnia. Ambas son entidades con futuro incierto. Y, así como van las cosas, probablemente Kosovo se une a la lista de naciones en busca de apoyo internacional: “se calcula que fueron 10 mil los muertos durante le interminable guerra de independencia que el pueblo musulmán moderado de Kosovo dio para independizarse de Serbia. La nación que suma dos millones de habitantes tiene un 90 % de etnia albanesa, la que fue brutalmente perseguida y reprimida por el líder serbio Slobodan Milosevic hasta que la OTAN lo sacó del poder por la fuerza y puso a la ONU en la administración, lo que se extendió por una década. Los ojos de todos los países del mundo están puestos sobre Thaci, ex líder del hoy disuelto Ejército de Liberación de Kosovo, quién debería por comenzar a buscar apoyo de los demás países europeos”. (Las Ultimas Noticias, 17 de febrero de 2008)
Y ha habido Estados que no han pasado de la ficción absoluta, como los bantustanes sudafricanos. En la era del apartheid, los segregacionistas sostienen que, así como los animales pastan por separado en la sabana, las razas humanas deben coexistir en diversos espacios. No es que uno sea superior a otro; simplemente son diferentes. Para dar claridad a estos principios crearon enclaves donde otorgaban la nacionalidad a la población negra, como Transkei, Ciskei, Kwanzulu o Bophuthatswana. Así, cuando salían de sus reductos o bantustanes, ingresaban a Sudáfrica como inmigrantes extranjeros. El experimento no prosperó y el asunto pasó al olvido con la llegada al poder del Congreso Nacional Africano. Por último, podemos hablar de Estados simbólicos, como Luxemburgo o El Vaticano. El primero es un paraíso financiero, donde miles de empresas basan sus operaciones para obtener el mejor trato tributario posible. En el caso de El Vaticano, se teme su poder ideológico. En una ocasión, Stalin preguntó cuántas divisiones tenía el papa: “era una pregunta irónica, pues el dictador soviético conocía bien las influencias del Vaticano en los asuntos internacionales”. Influencia demostrada, por ejemplo, en la hábil operación con Washington que contribuyo a poner fin al régimen socialista en Polonia.
Por lo general es preferible ser una ficción de Estado antes de no ser. El status internacional de la población que consigue reagruparse y obtener su reconocimiento como Estado cambia en forma radical. Como el caso de los kurdos, que suman 23 millones, ni más ni menos, pero se encuentran esparcidos por Irán, Irak, Turquía y en menor número por Siria. Los cuatro Estados consideran cualquier intento por brindar ayuda a los kurdos como una intromisión en sus asuntos internos, en especial si creen que eso altera las relaciones de fuerza en la región. Pero no existe ninguna razón de fondo para que los kurdos no lleguen a instaurar algún día su soñado Kurdistán.
El grupo étnico que consigue constituir un Estado reconocido ha dado un gran paso. Podrá solicitar ayuda internacional en forma automática. Y, en la comunidad de los Estados, un voto es un voto. De este modo, el asambleismo que configuran 188 Estados complica el funcionamiento de los organismos supranacionales. Ha ocurrido, más de una vez, que un pequeño Estado entrabe una acuerdo internacional importante por algún tiempo. En la práctica, el mundo se organiza en bloques. Estados Unidos cuenta con sus países clientes, o dependientes, entre los que destacan los latinoamericanos, que tienden a votar con Washington. Londres lidera la Commonwealth, París hace lo propio con los países francófonos y Moscú con sus aliados. Hoy existe mayor independencia, pero los bloques subsisten.
En principio, al igual que las personas, todos los Estados son iguales. Pero, como decía George Orwell refiriéndose a los individuos, “algunos son más iguales que otros”. Las naciones se estructuran de acuerdo a sus respectivas cuotas de poder. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es el ejemplo más claro de una democracia jerarquizada en el nivel internacional. Sus cinco miembros permanentes – USA, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia – tienen derecho a veto. ¿Por qué? Porque son fuertes, política y militarmente. Pero nada es sagrado. Ni siquiera el derecho a veto, pues si estorba es obviado por el simple protocolo de no someter a votación un determinado conflicto. Esa fue la razón por la que la OTAN ignoró el Consejo de Seguridad al decidir la intervención en Kosovo. Ante la certeza de que China vetaría una resolución que diera luz verde a las acciones bélicas, se procedió sin más. China se halla entre los Estados que no desean crear precedentes de intervenciones militares por disturbios domésticos.
Se aprecia en todo caso dos movimientos contradictorios. En una dirección marcha un número importante de Estados que desmantelan sus estructuras nacionales y ceden voluntariamente parte de su soberanía en un proceso de integración regional; la Unión Europea es el caso exitoso más destacado. En este marco ampliado los Estados pueden otorgar mayor libertad a pueblos que reclaman mayor autonomía y reafirman su identidad. Así lo ha hecho Londres con escoceses, galeses e irlandeses.
Los ingleses saben que esta vez Francia o Alemania no tratan de sacar partido del debilitamiento del poder central británico. El nacionalismo en el seno de la Unión Europea puede acomodarse de esta manera sin grandes traumas. En la dirección contraria marcha una infinidad de grupos étnicos oprimidos que solo ven un futuro zafándose del poder que los asfixia. Y este camino siempre carece de términos medios. Cuando la respuesta a las reivindicasiones nacionales es represiva y corre sangre, solo queda izar la bandera de la independencia. Y, de cuando en cuando, por fatiga del poder central, hay pueblos que lo consiguen. Pero su futuro puede ser opaco si el naciente Estado no resulta económica ni políticamente viable. Muchos de ellos jamás podrán asegurar su independencia por sus propios medios. La mayoría de los europeos concluyó, después de mucho dudar, que el único modo de progresar era mediante la integración, pues sus respectivos Estados, bastante fuertes algunos, eran incapaces de avanzar por sí solos en el competitivo escenario internacional. Así es el mundo real. Los viejos Estados-Nación europeos han optado por una nueva fase supranacional y no faltan las incógnitas sobre como evolucionará este proceso. Por otra parte, cabe preguntarse qué futuro aguarda a los pequeños Estados africanos, asiáticos y latinoamericanos, antes periféricos, y que se esfuerzan por construir cada uno una nación.
En las relaciones internacionales no existe el vacío. La pérdida de poder de un protagonista es ganancia para otro. La debilidad de los Estados – que no es pareja - no solo la capitalizan organismos supranacionales consentidos como la Organización Mundial de Comercio (OMC), sino, además, organizaciones ciudadanas alternativas.
El aumento de la defensa de los derechos humanos y cívicos, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y las organizaciones de consumidores, sin olvidar a la prensa, han agregado matices a la política mundial. En el plano político, en el mundo bipolar de la Guerra Fría, operaba una especie de chantaje contra los ciudadanos a ambos lados de la “Cortina de Hierro”. Se ignoraba a las impugnaciones de los demenciales gastos militares que imperaron desde que termino la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en el año 1989. Los críticos eran acusados de “tontos útiles” al servicio del otro bando. Los que alzaban el tono en sus denuncias se hacían acreedores de investigaciones policiales. Y el acoso era considerado legítimo, porque se creía que amenazaban la seguridad nacional. No estaba permitido cuestionar el principio de la locura. Sí, de la locura, porque el equilibrio mundial descansaba sobre lo que se llamó “destrucción mutua asegurada” o Mutual Assured Destruction, MAD (en ingles “loco”).
Washington y Moscú se dieron maña para producir entre ambos 60 mil ojivas nucleares, de las cuales 23.902 son estratégicas, es decir que poseen un alcance internacional. El cálculo de sus efectos hiela la sangre. Durante la Segunda Guerra Mundial se arrojaron explosivos por un equivalente a seis megatones; en la Guerra de Corea 0,8 megatones, y en Vietnam 4,1 megatones. En los tres conflictos, el equivalente a casi 11 megatones mató a 44 millones de personas. Hoy, el arsenal nuclear cuenta con una capacidad explosiva de 18 mil megatones. En lo que se ha llamado “sobredosis letal” u overkill. Finalmente, cuando los rusos bajaron los brazos, Mijail Gorbachov escribió en Perestroika dirigiéndose a Washington: “Aun cuando un país se empeñe en una continua fabricación de armas mientras el otro no hace nada, el bando que se está armando tampoco ganará nada.
El más débil simplemente puede hacer estallar todas sus cargas nucleares, incluso en su propio territorio, y eso significará suicidio para él y muerte lenta para el enemigo. Por eso, cualquier competencia por la superioridad significa morderse la cola.” (Mijail Gorbachov, Perestroika. Buenos Aires. Emecé 1987)
Una característica reflexión autoinmolatoria rusa. Pero Gorbachov estaba en lo cierto, pues los arsenales nucleares pueden eliminar muchas veces todo rastro de vida en el planeta. A los líderes políticos y militares nunca pareció molestarles la idea de morderse la cola.
Los Estados existen en relación con un territorio. Por eso jamás se habló oficialmente de Estado Palestino hasta que éste pudo domiciliarse tras el acuerdo de Israel. Hay Estados de muy diversos tipos: fuertes y débiles, Cuasi-Estados, ficciones de Estado y Estados simbólicos. Los primeros son la expresión de naciones consolidadas que han desarrollado el aparato necesario para administrar sus necesidades. Los Estados débiles no ejercen en plenitud su poder sobre la población y el territorio. Los Cuasi-Estados son en muchos casos fruto de naciones con identidad débil, consecuencia de la multiplicidad étnica o las desavenencias religiosas en su interior. Es el caso de muchos países africanos, donde la lealtad tribal prima sobre la noción de pertenencia a un Estado. También ocurre en Estados oligárquicos que sirven ante todo a intereses minoritarios, como en nuestro país Chile. Allí no sólo las mayorías no sienten pertenencia a un Estado, sino que rechazan el papel opresor del Estado en sus diversas expresiones. Por esa situación atraviesan todos los países latinoamericanos. Casos de Estados ficticios se dan cuando, como producto de circunstancias originadas en conflictos, dos o más comunidades sin mayor identidad nacional han de coexistir bajo la misma administración. Los más recientes son Bosnia Herzegovina, que agrupa a musulmanes bosnios croatas, y la República Serpska, que agrupa a los serbios ortodoxos que habitan en Bosnia. Ambas son entidades con futuro incierto. Y, así como van las cosas, probablemente Kosovo se une a la lista de naciones en busca de apoyo internacional: “se calcula que fueron 10 mil los muertos durante le interminable guerra de independencia que el pueblo musulmán moderado de Kosovo dio para independizarse de Serbia. La nación que suma dos millones de habitantes tiene un 90 % de etnia albanesa, la que fue brutalmente perseguida y reprimida por el líder serbio Slobodan Milosevic hasta que la OTAN lo sacó del poder por la fuerza y puso a la ONU en la administración, lo que se extendió por una década. Los ojos de todos los países del mundo están puestos sobre Thaci, ex líder del hoy disuelto Ejército de Liberación de Kosovo, quién debería por comenzar a buscar apoyo de los demás países europeos”. (Las Ultimas Noticias, 17 de febrero de 2008)
Y ha habido Estados que no han pasado de la ficción absoluta, como los bantustanes sudafricanos. En la era del apartheid, los segregacionistas sostienen que, así como los animales pastan por separado en la sabana, las razas humanas deben coexistir en diversos espacios. No es que uno sea superior a otro; simplemente son diferentes. Para dar claridad a estos principios crearon enclaves donde otorgaban la nacionalidad a la población negra, como Transkei, Ciskei, Kwanzulu o Bophuthatswana. Así, cuando salían de sus reductos o bantustanes, ingresaban a Sudáfrica como inmigrantes extranjeros. El experimento no prosperó y el asunto pasó al olvido con la llegada al poder del Congreso Nacional Africano. Por último, podemos hablar de Estados simbólicos, como Luxemburgo o El Vaticano. El primero es un paraíso financiero, donde miles de empresas basan sus operaciones para obtener el mejor trato tributario posible. En el caso de El Vaticano, se teme su poder ideológico. En una ocasión, Stalin preguntó cuántas divisiones tenía el papa: “era una pregunta irónica, pues el dictador soviético conocía bien las influencias del Vaticano en los asuntos internacionales”. Influencia demostrada, por ejemplo, en la hábil operación con Washington que contribuyo a poner fin al régimen socialista en Polonia.
Por lo general es preferible ser una ficción de Estado antes de no ser. El status internacional de la población que consigue reagruparse y obtener su reconocimiento como Estado cambia en forma radical. Como el caso de los kurdos, que suman 23 millones, ni más ni menos, pero se encuentran esparcidos por Irán, Irak, Turquía y en menor número por Siria. Los cuatro Estados consideran cualquier intento por brindar ayuda a los kurdos como una intromisión en sus asuntos internos, en especial si creen que eso altera las relaciones de fuerza en la región. Pero no existe ninguna razón de fondo para que los kurdos no lleguen a instaurar algún día su soñado Kurdistán.
El grupo étnico que consigue constituir un Estado reconocido ha dado un gran paso. Podrá solicitar ayuda internacional en forma automática. Y, en la comunidad de los Estados, un voto es un voto. De este modo, el asambleismo que configuran 188 Estados complica el funcionamiento de los organismos supranacionales. Ha ocurrido, más de una vez, que un pequeño Estado entrabe una acuerdo internacional importante por algún tiempo. En la práctica, el mundo se organiza en bloques. Estados Unidos cuenta con sus países clientes, o dependientes, entre los que destacan los latinoamericanos, que tienden a votar con Washington. Londres lidera la Commonwealth, París hace lo propio con los países francófonos y Moscú con sus aliados. Hoy existe mayor independencia, pero los bloques subsisten.
En principio, al igual que las personas, todos los Estados son iguales. Pero, como decía George Orwell refiriéndose a los individuos, “algunos son más iguales que otros”. Las naciones se estructuran de acuerdo a sus respectivas cuotas de poder. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es el ejemplo más claro de una democracia jerarquizada en el nivel internacional. Sus cinco miembros permanentes – USA, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia – tienen derecho a veto. ¿Por qué? Porque son fuertes, política y militarmente. Pero nada es sagrado. Ni siquiera el derecho a veto, pues si estorba es obviado por el simple protocolo de no someter a votación un determinado conflicto. Esa fue la razón por la que la OTAN ignoró el Consejo de Seguridad al decidir la intervención en Kosovo. Ante la certeza de que China vetaría una resolución que diera luz verde a las acciones bélicas, se procedió sin más. China se halla entre los Estados que no desean crear precedentes de intervenciones militares por disturbios domésticos.
Se aprecia en todo caso dos movimientos contradictorios. En una dirección marcha un número importante de Estados que desmantelan sus estructuras nacionales y ceden voluntariamente parte de su soberanía en un proceso de integración regional; la Unión Europea es el caso exitoso más destacado. En este marco ampliado los Estados pueden otorgar mayor libertad a pueblos que reclaman mayor autonomía y reafirman su identidad. Así lo ha hecho Londres con escoceses, galeses e irlandeses.
Los ingleses saben que esta vez Francia o Alemania no tratan de sacar partido del debilitamiento del poder central británico. El nacionalismo en el seno de la Unión Europea puede acomodarse de esta manera sin grandes traumas. En la dirección contraria marcha una infinidad de grupos étnicos oprimidos que solo ven un futuro zafándose del poder que los asfixia. Y este camino siempre carece de términos medios. Cuando la respuesta a las reivindicasiones nacionales es represiva y corre sangre, solo queda izar la bandera de la independencia. Y, de cuando en cuando, por fatiga del poder central, hay pueblos que lo consiguen. Pero su futuro puede ser opaco si el naciente Estado no resulta económica ni políticamente viable. Muchos de ellos jamás podrán asegurar su independencia por sus propios medios. La mayoría de los europeos concluyó, después de mucho dudar, que el único modo de progresar era mediante la integración, pues sus respectivos Estados, bastante fuertes algunos, eran incapaces de avanzar por sí solos en el competitivo escenario internacional. Así es el mundo real. Los viejos Estados-Nación europeos han optado por una nueva fase supranacional y no faltan las incógnitas sobre como evolucionará este proceso. Por otra parte, cabe preguntarse qué futuro aguarda a los pequeños Estados africanos, asiáticos y latinoamericanos, antes periféricos, y que se esfuerzan por construir cada uno una nación.
En las relaciones internacionales no existe el vacío. La pérdida de poder de un protagonista es ganancia para otro. La debilidad de los Estados – que no es pareja - no solo la capitalizan organismos supranacionales consentidos como la Organización Mundial de Comercio (OMC), sino, además, organizaciones ciudadanas alternativas.
El aumento de la defensa de los derechos humanos y cívicos, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y las organizaciones de consumidores, sin olvidar a la prensa, han agregado matices a la política mundial. En el plano político, en el mundo bipolar de la Guerra Fría, operaba una especie de chantaje contra los ciudadanos a ambos lados de la “Cortina de Hierro”. Se ignoraba a las impugnaciones de los demenciales gastos militares que imperaron desde que termino la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en el año 1989. Los críticos eran acusados de “tontos útiles” al servicio del otro bando. Los que alzaban el tono en sus denuncias se hacían acreedores de investigaciones policiales. Y el acoso era considerado legítimo, porque se creía que amenazaban la seguridad nacional. No estaba permitido cuestionar el principio de la locura. Sí, de la locura, porque el equilibrio mundial descansaba sobre lo que se llamó “destrucción mutua asegurada” o Mutual Assured Destruction, MAD (en ingles “loco”).
Washington y Moscú se dieron maña para producir entre ambos 60 mil ojivas nucleares, de las cuales 23.902 son estratégicas, es decir que poseen un alcance internacional. El cálculo de sus efectos hiela la sangre. Durante la Segunda Guerra Mundial se arrojaron explosivos por un equivalente a seis megatones; en la Guerra de Corea 0,8 megatones, y en Vietnam 4,1 megatones. En los tres conflictos, el equivalente a casi 11 megatones mató a 44 millones de personas. Hoy, el arsenal nuclear cuenta con una capacidad explosiva de 18 mil megatones. En lo que se ha llamado “sobredosis letal” u overkill. Finalmente, cuando los rusos bajaron los brazos, Mijail Gorbachov escribió en Perestroika dirigiéndose a Washington: “Aun cuando un país se empeñe en una continua fabricación de armas mientras el otro no hace nada, el bando que se está armando tampoco ganará nada.
El más débil simplemente puede hacer estallar todas sus cargas nucleares, incluso en su propio territorio, y eso significará suicidio para él y muerte lenta para el enemigo. Por eso, cualquier competencia por la superioridad significa morderse la cola.” (Mijail Gorbachov, Perestroika. Buenos Aires. Emecé 1987)
Una característica reflexión autoinmolatoria rusa. Pero Gorbachov estaba en lo cierto, pues los arsenales nucleares pueden eliminar muchas veces todo rastro de vida en el planeta. A los líderes políticos y militares nunca pareció molestarles la idea de morderse la cola.
Guerras y Drogas
“La guerra y el valor han hecho cosas más grandes que el amor al prójimo”
¿Hay alguna relación entre la guerra civil en Afganistán y los adictos a la heroína en Madrid o París? Sí, sí la hay, y es muy directa. Las guerras son caras y los bandos requieren de fondos para combatir. Ya en 1967 el general birmano Tuan Shi-Wen, colaborador de la CIA, declaró: “Para luchar se necesita un ejercito, un ejercito necesita armas y para ello se requiere dinero. En estas montañas, el único dinero es el opio” Otro tanto pueden decir hoy los afganos y las facciones kurdas que combaten entre las fronteras de Irak, Irán y Turquía.
Las regiones que padecen conflictos armados son terreno fértil para los cultivos de drogas ilegales. Así, el “triángulo dorado” incluye Myanmar – donde se produce el 40 % del opio -, Laos, Camboya y Tailandia. La guerra de Vietnam contribuyó al auge del consumo de heroína. Más cerca de Europa está la “media luna de oro”, integrada por Irán, Afganistán y Pakistán. Después de la invasión soviética, en diciembre de 1980, los rebeldes afganos recurrieron en forma sistemática a la venta de drogas. David Melocik, funcionario de la DEA, expresó al respecto: “Se puede decir que los rebeldes afganos hacen su dinero con la venta del opio. No hay dudas. Los rebeldes mantienen su causa con ello”.
En cuanto a la CIA, no enfrentaba un gran dilema al apoyar el tráfico de drogas o los más oscuros fundmentalismos. La meta de USA era derrotar a los soviéticos. Así se fue conformando el equivalente a una brigada internacional de fanáticos luchadores islámicos.
Miles de jóvenes fueron reclutados desde Marruecos a Pakistán para unirse a la muyahidin – cruzados del Islam – afganos que derrotaron al ejército soviético y a sus aliados locales. Los muyahidin y sus reclutas extranjeros recibieron el apoyo activo de la CIA. El servicio secreto pakistaní fue el encargado de administrar y canalizar los recursos financieros.
En Pakistán proliferaron los campos de entrenamiento militar y los voluntarios provenientes del mundo islámico recibiendo el más moderno armamento. No hay cifras exactas de cuantos hombres recibieron instrucción en tácticas de guerrillas, sabotaje y acciones terroristas, pero el hecho de que permanecieran en Pakistán más de 600 argelinos, nos da una idea de la magnitud de la acción encubierta. Y eso que la mayoría de sus compatriotas volvió a casa a sumarse a la lucha integrista contra el gobierno. Egipto, por su parte, solicitó a Pakistán que le entregase a todos sus nacionales que lucharon en Afganistán. En particular pidió el regreso de Mohamed Shawki al Islamobuli, hermano de uno de los asesinos del Presidente Anwar Sadat, ultimado en 1981.
Hacia 1985, Mijail Gorbachov, el mandatario soviético, admitió en público que sufría reveses militares al calificar a Afganistán como “una herida sangrante” para su ejercito. Y en verdad que sangraron los soviéticos: alrededor de ocho mil de sus efectivos murieron en las inhóspitas montañas afganas. Vista con los ojos de la Guerra Fría, la alianza de la CIA con los fundamentalistas resultó ser un éxito. La derrota constituyó un revés político y militar mayor para Moscú, y aceleró los drásticos cambios de la perestroika que concluyeron con la implosión y derrumbe de la Unión Soviética y el muro de Berlín.
Pero quien siembra vientos cosecha tempestades, dice el proverbio. Para Washington esta intervención ha sido una cosecha amarga en términos de droga y terrorismo.
En Egipto, uno de los principales proselitista de la lucha afgana fue el Jeque no vidente Omar Abdel Rahman, el mismo que esta cumpliendo una sentencia en Estados Unidos, acusado de autoría intelectual del estallido de una bomba – el 26 de febrero de 1993 – en una de las torres gemelas del World Trade Center de New York. En la lucha en Afganistán, la CIA trabó relaciones estrechas con Osama Bin Laden, un joven proveniente de Arabia Saudí. Allí colaboraron durante una década. Más tarde, el trabajo conjunto se extendió a Bosnia Herzegovina, donde Ben Laden apoyó a sus correligionarios; luego hizo lo propio en Kosovo. Pero las cosas terminaron mal. En agosto de 1998 estallaron bombas en las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania. Los atentados dejaron 236 muertos y más de cinco mil heridos. El principal acusado fue nada menos que Osama Bin Laden, lo que desató la ira de Washington.
Por otra parte, el desbaratamiento de Yugoslavia y las guerras entre las diversas repúblicas que le integraban multiplicaron el narcotráfico. La provincia de Kosovo y los albaneses kosovares ya eran famosos a comienzos de los años noventa por sus actividades en el tráfico de drogas. En un informe de la DEA titulado “La Ruta de Los Balcanes”, se señala lo siguiente: “Es posible que ciertos miembros de la comunidad albanesa en la región de serbia de Kosovo se dediquen al tráfico de drogas para financiar sus actividades separatistas. En 1992 diversas informaciones daban cuenta de que grupos - de albaneses de Kosovo- aceptaban armas a cambio de heroína” (Nicolás Milerirch, Trafic et crimes dans les Balcans, París Presses Universitaires de France, 1998). Y un informe de Interpol de 1997 da cuenta de que “los albaneses de Kosovo, en particular, controlan la mayor parte del mercado de heroína en Suiza, Austria, Alemania, Hungría, República Checa, Noruega, Polonia y Bélgica” (European heroin scene: Balkans, the focus, 1996-1997, informe de Interpol). En Suiza son casi monopolicos, pues controlan el 90 % del mercado; lo dijo en 1997 el encargado de la oficina antidroga de la policía suiza: “Los traficantes provenientes de la ex Yugoslavia dominan el mercado suizo. Y en primera línea encontramos a los albaneses kosovares”.
Para Belgrado también era evidente que los kosovares destinaran una fracción del dinero del tráfico ilícito a financiar la creación de la República de Kosovo, adquiriendo armamento a diversos grupos terroristas, como afirmó en 1997 el diario Politika, muy cercano a Milosevic. Lo certero es que allí dónde hay guerra, con el sacrificio de vidas y bienes, prospera el narcotráfico. Y la experiencia muestra que las guerras pasan, pero la adicción a la droga y el dinero fácil perduran por largo tiempo después de que han callado las armas. ¿Y qué tenían que decir sobre este conflicto los líderes verdes germanos? Joschka Fischer, un ministro de Relaciones Exteriores, declaró: “Por primera vez en este siglo, Alemania está del lado correcto” (Alain Frachon, La premiere guerre du XXI siécle, Le Monde semanal, 12 de mayo de 1999).
Un cofrade de Fischer, Ludger Volmer, fue más específico y adelantó las bases para una nueva doctrina: “Debemos combatir por una Europa que condene la vieja noción de identidad étnica”. De cara a sus bases, Fischer apeló a una fibra muy sensible de la juventud alemana: “el sentimiento de culpa por los crímenes de sus mayores”. La invasión de los Balcanes por parte de Alemania nazi costó la vida de uno de cada seis serbios adultos. Frente a las informaciones de masacres en Kosovo, se insistió en que “Se es culpable también si no se hace nada” (Pier Haski, Kosovo: dans les coulisses de Club de cinq, Libération. París 1 de julio de 1999) Esa fue la alternativa presentada a los verdes; apoyo a la guerra o pecar por omisión. De este modo afloró con fuerza la pugna que los verdes alemanes arrastran desde sus comienzos como movimiento político organizado. De un lado están los reallos, abreviación alemana para designar a los militantes más realistas y pragmáticos. Y del otro lado están los fundis, como se llama a la fracción más principista, fundamentalista. El 13 de mayo, en un importante congreso, las bases verdes refrendaron la postura de sus líderes reallos, con Fischer a la cabeza. Así, entre los ecologistas, como en todo movimiento político, primaron las consideraciones domesticas: “termino de la industria nuclear y mejorar las condiciones de los inmigrantes”.
Las regiones que padecen conflictos armados son terreno fértil para los cultivos de drogas ilegales. Así, el “triángulo dorado” incluye Myanmar – donde se produce el 40 % del opio -, Laos, Camboya y Tailandia. La guerra de Vietnam contribuyó al auge del consumo de heroína. Más cerca de Europa está la “media luna de oro”, integrada por Irán, Afganistán y Pakistán. Después de la invasión soviética, en diciembre de 1980, los rebeldes afganos recurrieron en forma sistemática a la venta de drogas. David Melocik, funcionario de la DEA, expresó al respecto: “Se puede decir que los rebeldes afganos hacen su dinero con la venta del opio. No hay dudas. Los rebeldes mantienen su causa con ello”.
En cuanto a la CIA, no enfrentaba un gran dilema al apoyar el tráfico de drogas o los más oscuros fundmentalismos. La meta de USA era derrotar a los soviéticos. Así se fue conformando el equivalente a una brigada internacional de fanáticos luchadores islámicos.
Miles de jóvenes fueron reclutados desde Marruecos a Pakistán para unirse a la muyahidin – cruzados del Islam – afganos que derrotaron al ejército soviético y a sus aliados locales. Los muyahidin y sus reclutas extranjeros recibieron el apoyo activo de la CIA. El servicio secreto pakistaní fue el encargado de administrar y canalizar los recursos financieros.
En Pakistán proliferaron los campos de entrenamiento militar y los voluntarios provenientes del mundo islámico recibiendo el más moderno armamento. No hay cifras exactas de cuantos hombres recibieron instrucción en tácticas de guerrillas, sabotaje y acciones terroristas, pero el hecho de que permanecieran en Pakistán más de 600 argelinos, nos da una idea de la magnitud de la acción encubierta. Y eso que la mayoría de sus compatriotas volvió a casa a sumarse a la lucha integrista contra el gobierno. Egipto, por su parte, solicitó a Pakistán que le entregase a todos sus nacionales que lucharon en Afganistán. En particular pidió el regreso de Mohamed Shawki al Islamobuli, hermano de uno de los asesinos del Presidente Anwar Sadat, ultimado en 1981.
Hacia 1985, Mijail Gorbachov, el mandatario soviético, admitió en público que sufría reveses militares al calificar a Afganistán como “una herida sangrante” para su ejercito. Y en verdad que sangraron los soviéticos: alrededor de ocho mil de sus efectivos murieron en las inhóspitas montañas afganas. Vista con los ojos de la Guerra Fría, la alianza de la CIA con los fundamentalistas resultó ser un éxito. La derrota constituyó un revés político y militar mayor para Moscú, y aceleró los drásticos cambios de la perestroika que concluyeron con la implosión y derrumbe de la Unión Soviética y el muro de Berlín.
Pero quien siembra vientos cosecha tempestades, dice el proverbio. Para Washington esta intervención ha sido una cosecha amarga en términos de droga y terrorismo.
En Egipto, uno de los principales proselitista de la lucha afgana fue el Jeque no vidente Omar Abdel Rahman, el mismo que esta cumpliendo una sentencia en Estados Unidos, acusado de autoría intelectual del estallido de una bomba – el 26 de febrero de 1993 – en una de las torres gemelas del World Trade Center de New York. En la lucha en Afganistán, la CIA trabó relaciones estrechas con Osama Bin Laden, un joven proveniente de Arabia Saudí. Allí colaboraron durante una década. Más tarde, el trabajo conjunto se extendió a Bosnia Herzegovina, donde Ben Laden apoyó a sus correligionarios; luego hizo lo propio en Kosovo. Pero las cosas terminaron mal. En agosto de 1998 estallaron bombas en las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania. Los atentados dejaron 236 muertos y más de cinco mil heridos. El principal acusado fue nada menos que Osama Bin Laden, lo que desató la ira de Washington.
Por otra parte, el desbaratamiento de Yugoslavia y las guerras entre las diversas repúblicas que le integraban multiplicaron el narcotráfico. La provincia de Kosovo y los albaneses kosovares ya eran famosos a comienzos de los años noventa por sus actividades en el tráfico de drogas. En un informe de la DEA titulado “La Ruta de Los Balcanes”, se señala lo siguiente: “Es posible que ciertos miembros de la comunidad albanesa en la región de serbia de Kosovo se dediquen al tráfico de drogas para financiar sus actividades separatistas. En 1992 diversas informaciones daban cuenta de que grupos - de albaneses de Kosovo- aceptaban armas a cambio de heroína” (Nicolás Milerirch, Trafic et crimes dans les Balcans, París Presses Universitaires de France, 1998). Y un informe de Interpol de 1997 da cuenta de que “los albaneses de Kosovo, en particular, controlan la mayor parte del mercado de heroína en Suiza, Austria, Alemania, Hungría, República Checa, Noruega, Polonia y Bélgica” (European heroin scene: Balkans, the focus, 1996-1997, informe de Interpol). En Suiza son casi monopolicos, pues controlan el 90 % del mercado; lo dijo en 1997 el encargado de la oficina antidroga de la policía suiza: “Los traficantes provenientes de la ex Yugoslavia dominan el mercado suizo. Y en primera línea encontramos a los albaneses kosovares”.
Para Belgrado también era evidente que los kosovares destinaran una fracción del dinero del tráfico ilícito a financiar la creación de la República de Kosovo, adquiriendo armamento a diversos grupos terroristas, como afirmó en 1997 el diario Politika, muy cercano a Milosevic. Lo certero es que allí dónde hay guerra, con el sacrificio de vidas y bienes, prospera el narcotráfico. Y la experiencia muestra que las guerras pasan, pero la adicción a la droga y el dinero fácil perduran por largo tiempo después de que han callado las armas. ¿Y qué tenían que decir sobre este conflicto los líderes verdes germanos? Joschka Fischer, un ministro de Relaciones Exteriores, declaró: “Por primera vez en este siglo, Alemania está del lado correcto” (Alain Frachon, La premiere guerre du XXI siécle, Le Monde semanal, 12 de mayo de 1999).
Un cofrade de Fischer, Ludger Volmer, fue más específico y adelantó las bases para una nueva doctrina: “Debemos combatir por una Europa que condene la vieja noción de identidad étnica”. De cara a sus bases, Fischer apeló a una fibra muy sensible de la juventud alemana: “el sentimiento de culpa por los crímenes de sus mayores”. La invasión de los Balcanes por parte de Alemania nazi costó la vida de uno de cada seis serbios adultos. Frente a las informaciones de masacres en Kosovo, se insistió en que “Se es culpable también si no se hace nada” (Pier Haski, Kosovo: dans les coulisses de Club de cinq, Libération. París 1 de julio de 1999) Esa fue la alternativa presentada a los verdes; apoyo a la guerra o pecar por omisión. De este modo afloró con fuerza la pugna que los verdes alemanes arrastran desde sus comienzos como movimiento político organizado. De un lado están los reallos, abreviación alemana para designar a los militantes más realistas y pragmáticos. Y del otro lado están los fundis, como se llama a la fracción más principista, fundamentalista. El 13 de mayo, en un importante congreso, las bases verdes refrendaron la postura de sus líderes reallos, con Fischer a la cabeza. Así, entre los ecologistas, como en todo movimiento político, primaron las consideraciones domesticas: “termino de la industria nuclear y mejorar las condiciones de los inmigrantes”.
Fundamentalismo Islámico en Conflicto Permanente
“Las fuertes corrientes arrastran guijarros y zarzas; los grandes espíritus, cabezas estúpidas y oscuras”.
El mundo musulmán, es un cinturón que atraviesa el mundo desde Marruecos hasta Indonesia y que agrupa a un 20 % de la población del planeta, experimenta fuertes convulsiones. Una ola integrista islámica sacude a varios de los 33 países en que el Corán es el libro más leído. Los casos de conflicto más agudos son Argelia, Egipto, Afganistán, Irán, Pakistán y, en el Cáucaso, varias de las ex repúblicas soviéticas.
La religión ha sido, a lo largo de la historia, una poderosa inspiración para carnicerías en todo Occidente y Medio Oriente con las cruzadas. Hoy, la lucha entre la tolerancia y el absolutismo teológico se ha concentrado en los países islámicos. Este conforma un período deplorable que ha costado miles de decenas de vidas, y todo indica que aún falta mucha sangre por derramar.
La violencia se desencadenó en 1991, después de que los militares anularan unas elecciones ganadas en forma legítima por los islamitas, que combaten lo que llaman la “decadencia occidental”. La represión contra las mujeres que no acatan los preceptos religiosos, como el uso del chador, el velo que cubre sus rostros, es muy dura. Una mujer que asistió al funeral de un popular cantante asesinado por los integristas, Matoub Lounés, portaba una pancarta que expresaba: “El integrismo islámico es el camino más corto hacia el infierno”.
La intolerancia religiosa ha forzado al exilio a decenas de miles de intelectuales, y ha situado a los treinta millones de argelinos en un callejón del que no se ve salida.
En Egipto, la insurgencia islámica golpeó directamente a la cabeza, con el asesinato del Presidente Anwar Sadat en 1981. A partir de 1992 los ataques se masificaron con una serie de atentados que ha causado más de un millón de víctimas fatales. Los integristas exigen que el Estado Egipcio adopte la ley islámica, demandan la ruptura de relaciones con Israel y la liberación de su líder, el Jeque Abdel Rahman, encarcelado en Estados Unidos después de la bomba que estalló en 1993 en el World Trade Center de New York.
Pero si de terror integrista se trata, nadie supera a los talibanes, que gobiernan Afganistán. El siguiente episodio aconteció en una plaza de Kabul, la capital Afgana, y a fines de 1996 era un hecho corriente: “una turba de hombres arroja piedras contra una mujer que apenas cubría su rostro. La víctima, acusada de adulterio, no tardó en desplomarse. La lapidación no se detuvo hasta que el cuerpo de la infortunada quedó inerte. Entonces, uno de los miembros de la temida policía religiosa, equivalente a la inquisición española, designo a un joven para que verificara su muerte. El muchacho, casi un niño, avanzó vacilante, se arrodilló junto al cuerpo y levantó el velo que cubría su rostro. Luego, con la cara bañada de lágrimas y transfigurada por el dolor, confirmó con un gesto que sí, que su madre estaba muerta”. Esto se conoce gracias a Internet.
El terror religioso se ha generalizado entre los veinte millones de afganos. Los talibanes – buscadores - son una secta fundamentalista islámica cuyo celo es comparable al de la Inquisición Española en la Iglesia Católica. El programa de los talibanes es conmovedoramente simple: “promover el bien y prohibir el mal”. En su lucha han proscrito las revistas, la televisión y los cines, pues difunden representaciones de la figura humana. Vedados están los cafés, el ajedrez, los naipes y las bebidas alcohólicas. Las mujeres, consideradas fuente de tentación y por ende del mal, deben cubrirse por completo y dejar apenas una rendija para los ojos. No les está permitido trabajar ni asistir a escuelas.
Irán, por su parte, no vaciló en inutilizar sus relaciones con Occidente al dictar en 1989 una fatwa, condena a muerte contra el escritor británico Salman Rushdie porque los ayatolas consideraron blasfema su novela Los Versos Satánicos. Musulmanes residentes en Londres, París y varias capitales árabes salieron a las calles a quemar libros de Rushdie, quien debió pasar a la clandestinidad bajo la protección de la policía inglesa. El caso Rushdie, junto con la quema de libros, se convirtió en un emblema de la distancia que hoy separa a Occidente del Fundamentalismo Islámico. En tanto en nuestra comuna se construye una mezquita, faro de esta religión en la calle Bulnes.
La religión ha sido, a lo largo de la historia, una poderosa inspiración para carnicerías en todo Occidente y Medio Oriente con las cruzadas. Hoy, la lucha entre la tolerancia y el absolutismo teológico se ha concentrado en los países islámicos. Este conforma un período deplorable que ha costado miles de decenas de vidas, y todo indica que aún falta mucha sangre por derramar.
La violencia se desencadenó en 1991, después de que los militares anularan unas elecciones ganadas en forma legítima por los islamitas, que combaten lo que llaman la “decadencia occidental”. La represión contra las mujeres que no acatan los preceptos religiosos, como el uso del chador, el velo que cubre sus rostros, es muy dura. Una mujer que asistió al funeral de un popular cantante asesinado por los integristas, Matoub Lounés, portaba una pancarta que expresaba: “El integrismo islámico es el camino más corto hacia el infierno”.
La intolerancia religiosa ha forzado al exilio a decenas de miles de intelectuales, y ha situado a los treinta millones de argelinos en un callejón del que no se ve salida.
En Egipto, la insurgencia islámica golpeó directamente a la cabeza, con el asesinato del Presidente Anwar Sadat en 1981. A partir de 1992 los ataques se masificaron con una serie de atentados que ha causado más de un millón de víctimas fatales. Los integristas exigen que el Estado Egipcio adopte la ley islámica, demandan la ruptura de relaciones con Israel y la liberación de su líder, el Jeque Abdel Rahman, encarcelado en Estados Unidos después de la bomba que estalló en 1993 en el World Trade Center de New York.
Pero si de terror integrista se trata, nadie supera a los talibanes, que gobiernan Afganistán. El siguiente episodio aconteció en una plaza de Kabul, la capital Afgana, y a fines de 1996 era un hecho corriente: “una turba de hombres arroja piedras contra una mujer que apenas cubría su rostro. La víctima, acusada de adulterio, no tardó en desplomarse. La lapidación no se detuvo hasta que el cuerpo de la infortunada quedó inerte. Entonces, uno de los miembros de la temida policía religiosa, equivalente a la inquisición española, designo a un joven para que verificara su muerte. El muchacho, casi un niño, avanzó vacilante, se arrodilló junto al cuerpo y levantó el velo que cubría su rostro. Luego, con la cara bañada de lágrimas y transfigurada por el dolor, confirmó con un gesto que sí, que su madre estaba muerta”. Esto se conoce gracias a Internet.
El terror religioso se ha generalizado entre los veinte millones de afganos. Los talibanes – buscadores - son una secta fundamentalista islámica cuyo celo es comparable al de la Inquisición Española en la Iglesia Católica. El programa de los talibanes es conmovedoramente simple: “promover el bien y prohibir el mal”. En su lucha han proscrito las revistas, la televisión y los cines, pues difunden representaciones de la figura humana. Vedados están los cafés, el ajedrez, los naipes y las bebidas alcohólicas. Las mujeres, consideradas fuente de tentación y por ende del mal, deben cubrirse por completo y dejar apenas una rendija para los ojos. No les está permitido trabajar ni asistir a escuelas.
Irán, por su parte, no vaciló en inutilizar sus relaciones con Occidente al dictar en 1989 una fatwa, condena a muerte contra el escritor británico Salman Rushdie porque los ayatolas consideraron blasfema su novela Los Versos Satánicos. Musulmanes residentes en Londres, París y varias capitales árabes salieron a las calles a quemar libros de Rushdie, quien debió pasar a la clandestinidad bajo la protección de la policía inglesa. El caso Rushdie, junto con la quema de libros, se convirtió en un emblema de la distancia que hoy separa a Occidente del Fundamentalismo Islámico. En tanto en nuestra comuna se construye una mezquita, faro de esta religión en la calle Bulnes.
Bautismo de la OTAN
Estados Unidos y los miembros de la OTAN coincidieron en la necesidad de atacar a los Serbios, ¿Por qué?
Kosovo es una exigua y pobre provincia yugoslava habitada por dos millones de personas. Si bien posee alguna riqueza en materias primas, no es de interés o extensión territorial que despierte la avaricia de algún país. Su ubicación geográfica carece de relevancia estratégica. Es obvio que la OTAN no perseguía allí objetivos territoriales o económicos.
No puede dejarse de lado la compasión o las motivaciones humanitarias, que duda cabe. Existen otros casos de dominación más sangrientos contra minorías, como la de turcos contra kurdos. O como la que ejerció durante décadas el régimen indonesio contra los timoreses orientales. Podría citar otros casos más caóticos en Africa. En Zaire, la lucha étnica ha dejado muchísimos más huérfanos que en Kosovo. No se trata de un ejercicio sarcástico o pintar un cuadro lleno de atrocidades para justificar la pasividad so pretexto de que se ataque a todos o a ninguno. Siempre será ventajoso que se detengan los abusos por lo menos en algún lugar del planeta. Le pregunta es por qué, de todos ellos, se escogió a Kosovo.
Parte de la respuesta es: porque se encuentra en Europa. En todas las capitales de la OTAN se escuchaban expresiones similares a esta “A una o dos horas de vuelo de aquí, ocurren hechos inaceptables para el mundo civilizado”. Para un occidental, el impacto emocional que le produce ver imágenes de negros hutus asesinando a machetazos a negros tutsis – gracias a la televisión por cable - es menor que el que experimenta al ver a blancos famélicos tras alambres de púas, como se vio en Bosnia y antes que eso en Alemania. Los fantasmas del holocausto de hace medio siglo no se han desvanecido entre los europeos.
También gravitó un factor de interés domestico: el temor a que, si el asunto no se resolvía en su lugar de origen, ocasionaría una inmensa ola migratoria. ¿Adónde irían los 800 mil kosovares que han dejado sus tierras? Si el conflicto se extendiese, las cifras serían cuantiosas. Cientos de miles de ciudadanos de la ex Yugoslavia ya viven asilados a lo largo y ancho de Europa. Italia y Austria, países occidentales fronterizos, han recibido enormes cantidades de refugiados. En los últimos años las solicitudes de asilo habían ascendido a 700 mil anuales.
En medios con aspectos xenófobos como el europeo se describe un cuadro estremecedor: decenas de millones de personas empobrecidas avanzan desde Oriente y Africa, como hormigas hambrientas, en busca de empleos y beneficios de servicios sociales que les permiten vivir como ricos en comparación con sus países de origen, ¿acaso no ocurrió lo mismo con los chilenos que se asilaron?. Es notorio el rechazo que han provocado las andanadas migratorias. Cada día se sabe de nuevos incidentes raciales en algún punto de Europa. Jóvenes árabes combaten con la policía en barrios periféricos de París. “Obreros invitados” – los gastarbeiter turcos – son asesinados en Alemania. Países con una tradición de tolerancia como España, Inglaterra o Italia hacen noticia por ataques contra minorías étnicas. La xenofobia, además, se convierte en un capital político, en nuestro caso el gobierno da indulto a los indocumentados sin residencia procedentes de Perú.
La extrema derecha austríaca, que reivindica aspectos del nazismo, obtiene a finales de 1999 un 27 % de la votación nacional y consigue formar gobierno en la alianza con sectores conservadores. Surge un fenómeno bautizado como “fascismo alpino”; en el norte de Italia, con la Liga del Norte, en Austria, en especial en la sureña provincia de Carintia; en Suiza, en el sudeste de Francia, emergen fuerzas derechistas que reclaman mayor autonomía y rechazan a los inmigrantes.
Existe asimismo una importante corriente política entre los líderes europeos, en especial los círculos conservadores, que sostiene que se ha favorecido demasiado a Israel en desmedro de los países árabes.
A los israelíes se les ha permitido muchas libertades en la interpretación de los acuerdos internacionales; en cambio, los árabes son enfrentados con severidad. Ello ha contribuido a una pérdida de confianza en las políticas europeas. De allí la necesidad de multiplicar los gestos amistosos hacia el mundo islámico.
Esta habría sido una de las razones que había movido a los países de la OTAN a respaldar con fuerza a los musulmanes bosnios y a los kosovares, que en un 90 % profesan el Islam. En Sarajevo, el general ® Jacques Paul Klein, segundo hombre del Alto Representante de la Administración Internacional y una suerte de procónsul del protectorado, dijo: “Era necesario hacer algo, si no queremos que los camellos terminen bebiendo en el Rhin”. Esto significa que era preferible mantener la amistad de musulmanes moderados en lo religioso, como los bosnios y kosovares, antes de permitir una cabeza de playa en Europa para versiones islámicas integristas. Klein consolidó la idea al explicitar que “No podemos permitirnos una Franja de Gaza en Europa”. (En la época del Mariscal Tito, quién gobernó Yugoslavia desde los años 40 hasta 1980, circulaba la broma de que el mariscal reprimió la religión cristiana ortodoxa y la católica romana, pero dejó que los musulmanes construyeran sus mezquitas siempre que se denominaran ateos).
En el ataque contra Belgrado, podían adivinarse asimismo los ecos de una Guerra Fría no tan distante. Milosevic es un comunista de viejo cuño que despierta odiosidad y provoca reflejos de una lucha que en la mente de algunos gobernantes no ha concluido del todo, llámese Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales en América Latina. Para avivar la memoria, o más bien las analogías, el régimen de Belgrado fue bautizado de “nacional comunista” por la prensa occidental.
Washington tenía una postura clara frente a los regímenes comunistas que habían sobrevivido a la caída del Muro de Berlín. La manifestó en la National Security Directive 133 (NSD), titulada “Política de Estados Unidos hacia Yugoslavia”, en la que se instruye sobre la necesidad de “ampliar los esfuerzos para promover una revolución tranquila que deponga a gobierno y partido comunista e integre a los países de Europa del Este a la economía de mercado”.
Otra corriente partidaria del ataque a Belgrado advertía sobre los peligros de validar el principio de que “cada etnia tiene derecho a su Estado”. Europa, desde las Islas Británicas hasta los Montes Urales, alberga decenas de grupos étnicos con diversos grados de reivindicasiones y asertividad. Es una caja de Pandora que ningún Estado desea abrir.
El horror del desmembramiento de Yugoslavia no hizo más que reforzar los instintos que buscan congelar el sentimiento independentista. La perspectiva de serbios y kosovares enfrentados por años, casi con la seguridad de que desbordaría hacia Macedonia, Montenegro y Albania, constituían una pesadilla. Otra escuela de pensamiento estimaba, como el teórico alemán Federico Engels, que “el combate es a la guerra lo que el dinero líquido es al comercio”. Es decir, algo indispensable. Las organizaciones requieren de un enemigo para justificar su existencia. El fin de la Guerra Fría trajo consigo los dividendos de la paz, que se concretaron en importantes recortes de los presupuestos bélicos. Sin amenazas no hay gran futuro para una alianza militar. Y, frente a un futuro de “ominosa” paz, la OTAN bien podría haber asumido el papel de bombero pirómano. Es lo que postula el francés Philippe Delmas en su estimulante libro El brillante porvenir de la guerra: “Cada acontecimiento internacional mayor replantea la cuestión del posible rol de la OTAN; bloqueo de las costas yugoslavas, intervención en Bosnia, amenaza del SUR; todo vale. Un elemento de desesperación semejante al de un animal sediento en busca de agua, participa en esta búsqueda de un papel para la organización”.
Finalmente, no debe subestimarse el cansancio occidental con el personaje de Milosevic. Maestro del póquer, el serbio logró “blufear” en repetidas oportunidades. En cada una de la sucesivas crisis en Croacia, y luego en Bosnia Herzegovina, mostró una mano ágil, siempre abierto al dialogo y a las concesiones, supo sacar el mejor partido a las vacilaciones de sus adversarios. Llevó los conflictos a situaciones límites que precipitaron a Occidente de ultimatún en ultimátum, hasta que las amenazas comenzaron a sonar huecas, y nunca dejó de ser interlocutor privilegiado de sus adversarios internacionales. Pero tanto fue el cántaro al agua que por fin se rompe, varios diplomáticos dijeron que Milosevic había colmado su paciencia. Lo está aconteciendo en nuestra región me refiero a Hugo Chavez de Venezuela con sus salidas de madre, incluso en una cumbre de gobernantes Iberoamericanos desarrollada en Chile.
No puede dejarse de lado la compasión o las motivaciones humanitarias, que duda cabe. Existen otros casos de dominación más sangrientos contra minorías, como la de turcos contra kurdos. O como la que ejerció durante décadas el régimen indonesio contra los timoreses orientales. Podría citar otros casos más caóticos en Africa. En Zaire, la lucha étnica ha dejado muchísimos más huérfanos que en Kosovo. No se trata de un ejercicio sarcástico o pintar un cuadro lleno de atrocidades para justificar la pasividad so pretexto de que se ataque a todos o a ninguno. Siempre será ventajoso que se detengan los abusos por lo menos en algún lugar del planeta. Le pregunta es por qué, de todos ellos, se escogió a Kosovo.
Parte de la respuesta es: porque se encuentra en Europa. En todas las capitales de la OTAN se escuchaban expresiones similares a esta “A una o dos horas de vuelo de aquí, ocurren hechos inaceptables para el mundo civilizado”. Para un occidental, el impacto emocional que le produce ver imágenes de negros hutus asesinando a machetazos a negros tutsis – gracias a la televisión por cable - es menor que el que experimenta al ver a blancos famélicos tras alambres de púas, como se vio en Bosnia y antes que eso en Alemania. Los fantasmas del holocausto de hace medio siglo no se han desvanecido entre los europeos.
También gravitó un factor de interés domestico: el temor a que, si el asunto no se resolvía en su lugar de origen, ocasionaría una inmensa ola migratoria. ¿Adónde irían los 800 mil kosovares que han dejado sus tierras? Si el conflicto se extendiese, las cifras serían cuantiosas. Cientos de miles de ciudadanos de la ex Yugoslavia ya viven asilados a lo largo y ancho de Europa. Italia y Austria, países occidentales fronterizos, han recibido enormes cantidades de refugiados. En los últimos años las solicitudes de asilo habían ascendido a 700 mil anuales.
En medios con aspectos xenófobos como el europeo se describe un cuadro estremecedor: decenas de millones de personas empobrecidas avanzan desde Oriente y Africa, como hormigas hambrientas, en busca de empleos y beneficios de servicios sociales que les permiten vivir como ricos en comparación con sus países de origen, ¿acaso no ocurrió lo mismo con los chilenos que se asilaron?. Es notorio el rechazo que han provocado las andanadas migratorias. Cada día se sabe de nuevos incidentes raciales en algún punto de Europa. Jóvenes árabes combaten con la policía en barrios periféricos de París. “Obreros invitados” – los gastarbeiter turcos – son asesinados en Alemania. Países con una tradición de tolerancia como España, Inglaterra o Italia hacen noticia por ataques contra minorías étnicas. La xenofobia, además, se convierte en un capital político, en nuestro caso el gobierno da indulto a los indocumentados sin residencia procedentes de Perú.
La extrema derecha austríaca, que reivindica aspectos del nazismo, obtiene a finales de 1999 un 27 % de la votación nacional y consigue formar gobierno en la alianza con sectores conservadores. Surge un fenómeno bautizado como “fascismo alpino”; en el norte de Italia, con la Liga del Norte, en Austria, en especial en la sureña provincia de Carintia; en Suiza, en el sudeste de Francia, emergen fuerzas derechistas que reclaman mayor autonomía y rechazan a los inmigrantes.
Existe asimismo una importante corriente política entre los líderes europeos, en especial los círculos conservadores, que sostiene que se ha favorecido demasiado a Israel en desmedro de los países árabes.
A los israelíes se les ha permitido muchas libertades en la interpretación de los acuerdos internacionales; en cambio, los árabes son enfrentados con severidad. Ello ha contribuido a una pérdida de confianza en las políticas europeas. De allí la necesidad de multiplicar los gestos amistosos hacia el mundo islámico.
Esta habría sido una de las razones que había movido a los países de la OTAN a respaldar con fuerza a los musulmanes bosnios y a los kosovares, que en un 90 % profesan el Islam. En Sarajevo, el general ® Jacques Paul Klein, segundo hombre del Alto Representante de la Administración Internacional y una suerte de procónsul del protectorado, dijo: “Era necesario hacer algo, si no queremos que los camellos terminen bebiendo en el Rhin”. Esto significa que era preferible mantener la amistad de musulmanes moderados en lo religioso, como los bosnios y kosovares, antes de permitir una cabeza de playa en Europa para versiones islámicas integristas. Klein consolidó la idea al explicitar que “No podemos permitirnos una Franja de Gaza en Europa”. (En la época del Mariscal Tito, quién gobernó Yugoslavia desde los años 40 hasta 1980, circulaba la broma de que el mariscal reprimió la religión cristiana ortodoxa y la católica romana, pero dejó que los musulmanes construyeran sus mezquitas siempre que se denominaran ateos).
En el ataque contra Belgrado, podían adivinarse asimismo los ecos de una Guerra Fría no tan distante. Milosevic es un comunista de viejo cuño que despierta odiosidad y provoca reflejos de una lucha que en la mente de algunos gobernantes no ha concluido del todo, llámese Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales en América Latina. Para avivar la memoria, o más bien las analogías, el régimen de Belgrado fue bautizado de “nacional comunista” por la prensa occidental.
Washington tenía una postura clara frente a los regímenes comunistas que habían sobrevivido a la caída del Muro de Berlín. La manifestó en la National Security Directive 133 (NSD), titulada “Política de Estados Unidos hacia Yugoslavia”, en la que se instruye sobre la necesidad de “ampliar los esfuerzos para promover una revolución tranquila que deponga a gobierno y partido comunista e integre a los países de Europa del Este a la economía de mercado”.
Otra corriente partidaria del ataque a Belgrado advertía sobre los peligros de validar el principio de que “cada etnia tiene derecho a su Estado”. Europa, desde las Islas Británicas hasta los Montes Urales, alberga decenas de grupos étnicos con diversos grados de reivindicasiones y asertividad. Es una caja de Pandora que ningún Estado desea abrir.
El horror del desmembramiento de Yugoslavia no hizo más que reforzar los instintos que buscan congelar el sentimiento independentista. La perspectiva de serbios y kosovares enfrentados por años, casi con la seguridad de que desbordaría hacia Macedonia, Montenegro y Albania, constituían una pesadilla. Otra escuela de pensamiento estimaba, como el teórico alemán Federico Engels, que “el combate es a la guerra lo que el dinero líquido es al comercio”. Es decir, algo indispensable. Las organizaciones requieren de un enemigo para justificar su existencia. El fin de la Guerra Fría trajo consigo los dividendos de la paz, que se concretaron en importantes recortes de los presupuestos bélicos. Sin amenazas no hay gran futuro para una alianza militar. Y, frente a un futuro de “ominosa” paz, la OTAN bien podría haber asumido el papel de bombero pirómano. Es lo que postula el francés Philippe Delmas en su estimulante libro El brillante porvenir de la guerra: “Cada acontecimiento internacional mayor replantea la cuestión del posible rol de la OTAN; bloqueo de las costas yugoslavas, intervención en Bosnia, amenaza del SUR; todo vale. Un elemento de desesperación semejante al de un animal sediento en busca de agua, participa en esta búsqueda de un papel para la organización”.
Finalmente, no debe subestimarse el cansancio occidental con el personaje de Milosevic. Maestro del póquer, el serbio logró “blufear” en repetidas oportunidades. En cada una de la sucesivas crisis en Croacia, y luego en Bosnia Herzegovina, mostró una mano ágil, siempre abierto al dialogo y a las concesiones, supo sacar el mejor partido a las vacilaciones de sus adversarios. Llevó los conflictos a situaciones límites que precipitaron a Occidente de ultimatún en ultimátum, hasta que las amenazas comenzaron a sonar huecas, y nunca dejó de ser interlocutor privilegiado de sus adversarios internacionales. Pero tanto fue el cántaro al agua que por fin se rompe, varios diplomáticos dijeron que Milosevic había colmado su paciencia. Lo está aconteciendo en nuestra región me refiero a Hugo Chavez de Venezuela con sus salidas de madre, incluso en una cumbre de gobernantes Iberoamericanos desarrollada en Chile.
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