Si hoy los derechos humanos se postulan como un valor superior al de la soberanía de los Estados – valor que primó durante los últimos siglos -, es porque los propios Estados experimentan cambios radicales. Atrás queda, al parecer, la proclamación del Estado como expresión de la soberanía de las naciones. El español Francisco de Vitoria, creador del derecho internacional o de gentes, fue uno de los primeros en proponer que los Estados deben respetar sus soberanías respectivas y no interferir en los asuntos internos de otros. Sus sugerencias se han reiterado ad infinitum aunque no siempre hayan sido respetados. Pero ahora los Estados, o muchos de ellos, ya no son lo que eran. En primer lugar, han proliferado en forma vertiginosa. A mediado del siglo XIX existían 44 Estados soberanos. A comienzos del siglo XX aumentan a 51, en 1963 ya había más del doble, y en el año 2.000 Naciones Unidas cuenta con 188 Estados miembros.
Los Estados existen en relación con un territorio. Por eso jamás se habló oficialmente de Estado Palestino hasta que éste pudo domiciliarse tras el acuerdo de Israel. Hay Estados de muy diversos tipos: fuertes y débiles, Cuasi-Estados, ficciones de Estado y Estados simbólicos. Los primeros son la expresión de naciones consolidadas que han desarrollado el aparato necesario para administrar sus necesidades. Los Estados débiles no ejercen en plenitud su poder sobre la población y el territorio. Los Cuasi-Estados son en muchos casos fruto de naciones con identidad débil, consecuencia de la multiplicidad étnica o las desavenencias religiosas en su interior. Es el caso de muchos países africanos, donde la lealtad tribal prima sobre la noción de pertenencia a un Estado. También ocurre en Estados oligárquicos que sirven ante todo a intereses minoritarios, como en nuestro país Chile. Allí no sólo las mayorías no sienten pertenencia a un Estado, sino que rechazan el papel opresor del Estado en sus diversas expresiones. Por esa situación atraviesan todos los países latinoamericanos. Casos de Estados ficticios se dan cuando, como producto de circunstancias originadas en conflictos, dos o más comunidades sin mayor identidad nacional han de coexistir bajo la misma administración. Los más recientes son Bosnia Herzegovina, que agrupa a musulmanes bosnios croatas, y la República Serpska, que agrupa a los serbios ortodoxos que habitan en Bosnia. Ambas son entidades con futuro incierto. Y, así como van las cosas, probablemente Kosovo se une a la lista de naciones en busca de apoyo internacional: “se calcula que fueron 10 mil los muertos durante le interminable guerra de independencia que el pueblo musulmán moderado de Kosovo dio para independizarse de Serbia. La nación que suma dos millones de habitantes tiene un 90 % de etnia albanesa, la que fue brutalmente perseguida y reprimida por el líder serbio Slobodan Milosevic hasta que la OTAN lo sacó del poder por la fuerza y puso a la ONU en la administración, lo que se extendió por una década. Los ojos de todos los países del mundo están puestos sobre Thaci, ex líder del hoy disuelto Ejército de Liberación de Kosovo, quién debería por comenzar a buscar apoyo de los demás países europeos”. (Las Ultimas Noticias, 17 de febrero de 2008)
Y ha habido Estados que no han pasado de la ficción absoluta, como los bantustanes sudafricanos. En la era del apartheid, los segregacionistas sostienen que, así como los animales pastan por separado en la sabana, las razas humanas deben coexistir en diversos espacios. No es que uno sea superior a otro; simplemente son diferentes. Para dar claridad a estos principios crearon enclaves donde otorgaban la nacionalidad a la población negra, como Transkei, Ciskei, Kwanzulu o Bophuthatswana. Así, cuando salían de sus reductos o bantustanes, ingresaban a Sudáfrica como inmigrantes extranjeros. El experimento no prosperó y el asunto pasó al olvido con la llegada al poder del Congreso Nacional Africano. Por último, podemos hablar de Estados simbólicos, como Luxemburgo o El Vaticano. El primero es un paraíso financiero, donde miles de empresas basan sus operaciones para obtener el mejor trato tributario posible. En el caso de El Vaticano, se teme su poder ideológico. En una ocasión, Stalin preguntó cuántas divisiones tenía el papa: “era una pregunta irónica, pues el dictador soviético conocía bien las influencias del Vaticano en los asuntos internacionales”. Influencia demostrada, por ejemplo, en la hábil operación con Washington que contribuyo a poner fin al régimen socialista en Polonia.
Por lo general es preferible ser una ficción de Estado antes de no ser. El status internacional de la población que consigue reagruparse y obtener su reconocimiento como Estado cambia en forma radical. Como el caso de los kurdos, que suman 23 millones, ni más ni menos, pero se encuentran esparcidos por Irán, Irak, Turquía y en menor número por Siria. Los cuatro Estados consideran cualquier intento por brindar ayuda a los kurdos como una intromisión en sus asuntos internos, en especial si creen que eso altera las relaciones de fuerza en la región. Pero no existe ninguna razón de fondo para que los kurdos no lleguen a instaurar algún día su soñado Kurdistán.
El grupo étnico que consigue constituir un Estado reconocido ha dado un gran paso. Podrá solicitar ayuda internacional en forma automática. Y, en la comunidad de los Estados, un voto es un voto. De este modo, el asambleismo que configuran 188 Estados complica el funcionamiento de los organismos supranacionales. Ha ocurrido, más de una vez, que un pequeño Estado entrabe una acuerdo internacional importante por algún tiempo. En la práctica, el mundo se organiza en bloques. Estados Unidos cuenta con sus países clientes, o dependientes, entre los que destacan los latinoamericanos, que tienden a votar con Washington. Londres lidera la Commonwealth, París hace lo propio con los países francófonos y Moscú con sus aliados. Hoy existe mayor independencia, pero los bloques subsisten.
En principio, al igual que las personas, todos los Estados son iguales. Pero, como decía George Orwell refiriéndose a los individuos, “algunos son más iguales que otros”. Las naciones se estructuran de acuerdo a sus respectivas cuotas de poder. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es el ejemplo más claro de una democracia jerarquizada en el nivel internacional. Sus cinco miembros permanentes – USA, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia – tienen derecho a veto. ¿Por qué? Porque son fuertes, política y militarmente. Pero nada es sagrado. Ni siquiera el derecho a veto, pues si estorba es obviado por el simple protocolo de no someter a votación un determinado conflicto. Esa fue la razón por la que la OTAN ignoró el Consejo de Seguridad al decidir la intervención en Kosovo. Ante la certeza de que China vetaría una resolución que diera luz verde a las acciones bélicas, se procedió sin más. China se halla entre los Estados que no desean crear precedentes de intervenciones militares por disturbios domésticos.
Se aprecia en todo caso dos movimientos contradictorios. En una dirección marcha un número importante de Estados que desmantelan sus estructuras nacionales y ceden voluntariamente parte de su soberanía en un proceso de integración regional; la Unión Europea es el caso exitoso más destacado. En este marco ampliado los Estados pueden otorgar mayor libertad a pueblos que reclaman mayor autonomía y reafirman su identidad. Así lo ha hecho Londres con escoceses, galeses e irlandeses.
Los ingleses saben que esta vez Francia o Alemania no tratan de sacar partido del debilitamiento del poder central británico. El nacionalismo en el seno de la Unión Europea puede acomodarse de esta manera sin grandes traumas. En la dirección contraria marcha una infinidad de grupos étnicos oprimidos que solo ven un futuro zafándose del poder que los asfixia. Y este camino siempre carece de términos medios. Cuando la respuesta a las reivindicasiones nacionales es represiva y corre sangre, solo queda izar la bandera de la independencia. Y, de cuando en cuando, por fatiga del poder central, hay pueblos que lo consiguen. Pero su futuro puede ser opaco si el naciente Estado no resulta económica ni políticamente viable. Muchos de ellos jamás podrán asegurar su independencia por sus propios medios. La mayoría de los europeos concluyó, después de mucho dudar, que el único modo de progresar era mediante la integración, pues sus respectivos Estados, bastante fuertes algunos, eran incapaces de avanzar por sí solos en el competitivo escenario internacional. Así es el mundo real. Los viejos Estados-Nación europeos han optado por una nueva fase supranacional y no faltan las incógnitas sobre como evolucionará este proceso. Por otra parte, cabe preguntarse qué futuro aguarda a los pequeños Estados africanos, asiáticos y latinoamericanos, antes periféricos, y que se esfuerzan por construir cada uno una nación.
En las relaciones internacionales no existe el vacío. La pérdida de poder de un protagonista es ganancia para otro. La debilidad de los Estados – que no es pareja - no solo la capitalizan organismos supranacionales consentidos como la Organización Mundial de Comercio (OMC), sino, además, organizaciones ciudadanas alternativas.
El aumento de la defensa de los derechos humanos y cívicos, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y las organizaciones de consumidores, sin olvidar a la prensa, han agregado matices a la política mundial. En el plano político, en el mundo bipolar de la Guerra Fría, operaba una especie de chantaje contra los ciudadanos a ambos lados de la “Cortina de Hierro”. Se ignoraba a las impugnaciones de los demenciales gastos militares que imperaron desde que termino la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en el año 1989. Los críticos eran acusados de “tontos útiles” al servicio del otro bando. Los que alzaban el tono en sus denuncias se hacían acreedores de investigaciones policiales. Y el acoso era considerado legítimo, porque se creía que amenazaban la seguridad nacional. No estaba permitido cuestionar el principio de la locura. Sí, de la locura, porque el equilibrio mundial descansaba sobre lo que se llamó “destrucción mutua asegurada” o Mutual Assured Destruction, MAD (en ingles “loco”).
Washington y Moscú se dieron maña para producir entre ambos 60 mil ojivas nucleares, de las cuales 23.902 son estratégicas, es decir que poseen un alcance internacional. El cálculo de sus efectos hiela la sangre. Durante la Segunda Guerra Mundial se arrojaron explosivos por un equivalente a seis megatones; en la Guerra de Corea 0,8 megatones, y en Vietnam 4,1 megatones. En los tres conflictos, el equivalente a casi 11 megatones mató a 44 millones de personas. Hoy, el arsenal nuclear cuenta con una capacidad explosiva de 18 mil megatones. En lo que se ha llamado “sobredosis letal” u overkill. Finalmente, cuando los rusos bajaron los brazos, Mijail Gorbachov escribió en Perestroika dirigiéndose a Washington: “Aun cuando un país se empeñe en una continua fabricación de armas mientras el otro no hace nada, el bando que se está armando tampoco ganará nada.
El más débil simplemente puede hacer estallar todas sus cargas nucleares, incluso en su propio territorio, y eso significará suicidio para él y muerte lenta para el enemigo. Por eso, cualquier competencia por la superioridad significa morderse la cola.” (Mijail Gorbachov, Perestroika. Buenos Aires. Emecé 1987)
Una característica reflexión autoinmolatoria rusa. Pero Gorbachov estaba en lo cierto, pues los arsenales nucleares pueden eliminar muchas veces todo rastro de vida en el planeta. A los líderes políticos y militares nunca pareció molestarles la idea de morderse la cola.
Los Estados existen en relación con un territorio. Por eso jamás se habló oficialmente de Estado Palestino hasta que éste pudo domiciliarse tras el acuerdo de Israel. Hay Estados de muy diversos tipos: fuertes y débiles, Cuasi-Estados, ficciones de Estado y Estados simbólicos. Los primeros son la expresión de naciones consolidadas que han desarrollado el aparato necesario para administrar sus necesidades. Los Estados débiles no ejercen en plenitud su poder sobre la población y el territorio. Los Cuasi-Estados son en muchos casos fruto de naciones con identidad débil, consecuencia de la multiplicidad étnica o las desavenencias religiosas en su interior. Es el caso de muchos países africanos, donde la lealtad tribal prima sobre la noción de pertenencia a un Estado. También ocurre en Estados oligárquicos que sirven ante todo a intereses minoritarios, como en nuestro país Chile. Allí no sólo las mayorías no sienten pertenencia a un Estado, sino que rechazan el papel opresor del Estado en sus diversas expresiones. Por esa situación atraviesan todos los países latinoamericanos. Casos de Estados ficticios se dan cuando, como producto de circunstancias originadas en conflictos, dos o más comunidades sin mayor identidad nacional han de coexistir bajo la misma administración. Los más recientes son Bosnia Herzegovina, que agrupa a musulmanes bosnios croatas, y la República Serpska, que agrupa a los serbios ortodoxos que habitan en Bosnia. Ambas son entidades con futuro incierto. Y, así como van las cosas, probablemente Kosovo se une a la lista de naciones en busca de apoyo internacional: “se calcula que fueron 10 mil los muertos durante le interminable guerra de independencia que el pueblo musulmán moderado de Kosovo dio para independizarse de Serbia. La nación que suma dos millones de habitantes tiene un 90 % de etnia albanesa, la que fue brutalmente perseguida y reprimida por el líder serbio Slobodan Milosevic hasta que la OTAN lo sacó del poder por la fuerza y puso a la ONU en la administración, lo que se extendió por una década. Los ojos de todos los países del mundo están puestos sobre Thaci, ex líder del hoy disuelto Ejército de Liberación de Kosovo, quién debería por comenzar a buscar apoyo de los demás países europeos”. (Las Ultimas Noticias, 17 de febrero de 2008)
Y ha habido Estados que no han pasado de la ficción absoluta, como los bantustanes sudafricanos. En la era del apartheid, los segregacionistas sostienen que, así como los animales pastan por separado en la sabana, las razas humanas deben coexistir en diversos espacios. No es que uno sea superior a otro; simplemente son diferentes. Para dar claridad a estos principios crearon enclaves donde otorgaban la nacionalidad a la población negra, como Transkei, Ciskei, Kwanzulu o Bophuthatswana. Así, cuando salían de sus reductos o bantustanes, ingresaban a Sudáfrica como inmigrantes extranjeros. El experimento no prosperó y el asunto pasó al olvido con la llegada al poder del Congreso Nacional Africano. Por último, podemos hablar de Estados simbólicos, como Luxemburgo o El Vaticano. El primero es un paraíso financiero, donde miles de empresas basan sus operaciones para obtener el mejor trato tributario posible. En el caso de El Vaticano, se teme su poder ideológico. En una ocasión, Stalin preguntó cuántas divisiones tenía el papa: “era una pregunta irónica, pues el dictador soviético conocía bien las influencias del Vaticano en los asuntos internacionales”. Influencia demostrada, por ejemplo, en la hábil operación con Washington que contribuyo a poner fin al régimen socialista en Polonia.
Por lo general es preferible ser una ficción de Estado antes de no ser. El status internacional de la población que consigue reagruparse y obtener su reconocimiento como Estado cambia en forma radical. Como el caso de los kurdos, que suman 23 millones, ni más ni menos, pero se encuentran esparcidos por Irán, Irak, Turquía y en menor número por Siria. Los cuatro Estados consideran cualquier intento por brindar ayuda a los kurdos como una intromisión en sus asuntos internos, en especial si creen que eso altera las relaciones de fuerza en la región. Pero no existe ninguna razón de fondo para que los kurdos no lleguen a instaurar algún día su soñado Kurdistán.
El grupo étnico que consigue constituir un Estado reconocido ha dado un gran paso. Podrá solicitar ayuda internacional en forma automática. Y, en la comunidad de los Estados, un voto es un voto. De este modo, el asambleismo que configuran 188 Estados complica el funcionamiento de los organismos supranacionales. Ha ocurrido, más de una vez, que un pequeño Estado entrabe una acuerdo internacional importante por algún tiempo. En la práctica, el mundo se organiza en bloques. Estados Unidos cuenta con sus países clientes, o dependientes, entre los que destacan los latinoamericanos, que tienden a votar con Washington. Londres lidera la Commonwealth, París hace lo propio con los países francófonos y Moscú con sus aliados. Hoy existe mayor independencia, pero los bloques subsisten.
En principio, al igual que las personas, todos los Estados son iguales. Pero, como decía George Orwell refiriéndose a los individuos, “algunos son más iguales que otros”. Las naciones se estructuran de acuerdo a sus respectivas cuotas de poder. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es el ejemplo más claro de una democracia jerarquizada en el nivel internacional. Sus cinco miembros permanentes – USA, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia – tienen derecho a veto. ¿Por qué? Porque son fuertes, política y militarmente. Pero nada es sagrado. Ni siquiera el derecho a veto, pues si estorba es obviado por el simple protocolo de no someter a votación un determinado conflicto. Esa fue la razón por la que la OTAN ignoró el Consejo de Seguridad al decidir la intervención en Kosovo. Ante la certeza de que China vetaría una resolución que diera luz verde a las acciones bélicas, se procedió sin más. China se halla entre los Estados que no desean crear precedentes de intervenciones militares por disturbios domésticos.
Se aprecia en todo caso dos movimientos contradictorios. En una dirección marcha un número importante de Estados que desmantelan sus estructuras nacionales y ceden voluntariamente parte de su soberanía en un proceso de integración regional; la Unión Europea es el caso exitoso más destacado. En este marco ampliado los Estados pueden otorgar mayor libertad a pueblos que reclaman mayor autonomía y reafirman su identidad. Así lo ha hecho Londres con escoceses, galeses e irlandeses.
Los ingleses saben que esta vez Francia o Alemania no tratan de sacar partido del debilitamiento del poder central británico. El nacionalismo en el seno de la Unión Europea puede acomodarse de esta manera sin grandes traumas. En la dirección contraria marcha una infinidad de grupos étnicos oprimidos que solo ven un futuro zafándose del poder que los asfixia. Y este camino siempre carece de términos medios. Cuando la respuesta a las reivindicasiones nacionales es represiva y corre sangre, solo queda izar la bandera de la independencia. Y, de cuando en cuando, por fatiga del poder central, hay pueblos que lo consiguen. Pero su futuro puede ser opaco si el naciente Estado no resulta económica ni políticamente viable. Muchos de ellos jamás podrán asegurar su independencia por sus propios medios. La mayoría de los europeos concluyó, después de mucho dudar, que el único modo de progresar era mediante la integración, pues sus respectivos Estados, bastante fuertes algunos, eran incapaces de avanzar por sí solos en el competitivo escenario internacional. Así es el mundo real. Los viejos Estados-Nación europeos han optado por una nueva fase supranacional y no faltan las incógnitas sobre como evolucionará este proceso. Por otra parte, cabe preguntarse qué futuro aguarda a los pequeños Estados africanos, asiáticos y latinoamericanos, antes periféricos, y que se esfuerzan por construir cada uno una nación.
En las relaciones internacionales no existe el vacío. La pérdida de poder de un protagonista es ganancia para otro. La debilidad de los Estados – que no es pareja - no solo la capitalizan organismos supranacionales consentidos como la Organización Mundial de Comercio (OMC), sino, además, organizaciones ciudadanas alternativas.
El aumento de la defensa de los derechos humanos y cívicos, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y las organizaciones de consumidores, sin olvidar a la prensa, han agregado matices a la política mundial. En el plano político, en el mundo bipolar de la Guerra Fría, operaba una especie de chantaje contra los ciudadanos a ambos lados de la “Cortina de Hierro”. Se ignoraba a las impugnaciones de los demenciales gastos militares que imperaron desde que termino la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en el año 1989. Los críticos eran acusados de “tontos útiles” al servicio del otro bando. Los que alzaban el tono en sus denuncias se hacían acreedores de investigaciones policiales. Y el acoso era considerado legítimo, porque se creía que amenazaban la seguridad nacional. No estaba permitido cuestionar el principio de la locura. Sí, de la locura, porque el equilibrio mundial descansaba sobre lo que se llamó “destrucción mutua asegurada” o Mutual Assured Destruction, MAD (en ingles “loco”).
Washington y Moscú se dieron maña para producir entre ambos 60 mil ojivas nucleares, de las cuales 23.902 son estratégicas, es decir que poseen un alcance internacional. El cálculo de sus efectos hiela la sangre. Durante la Segunda Guerra Mundial se arrojaron explosivos por un equivalente a seis megatones; en la Guerra de Corea 0,8 megatones, y en Vietnam 4,1 megatones. En los tres conflictos, el equivalente a casi 11 megatones mató a 44 millones de personas. Hoy, el arsenal nuclear cuenta con una capacidad explosiva de 18 mil megatones. En lo que se ha llamado “sobredosis letal” u overkill. Finalmente, cuando los rusos bajaron los brazos, Mijail Gorbachov escribió en Perestroika dirigiéndose a Washington: “Aun cuando un país se empeñe en una continua fabricación de armas mientras el otro no hace nada, el bando que se está armando tampoco ganará nada.
El más débil simplemente puede hacer estallar todas sus cargas nucleares, incluso en su propio territorio, y eso significará suicidio para él y muerte lenta para el enemigo. Por eso, cualquier competencia por la superioridad significa morderse la cola.” (Mijail Gorbachov, Perestroika. Buenos Aires. Emecé 1987)
Una característica reflexión autoinmolatoria rusa. Pero Gorbachov estaba en lo cierto, pues los arsenales nucleares pueden eliminar muchas veces todo rastro de vida en el planeta. A los líderes políticos y militares nunca pareció molestarles la idea de morderse la cola.

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