El mundo musulmán, es un cinturón que atraviesa el mundo desde Marruecos hasta Indonesia y que agrupa a un 20 % de la población del planeta, experimenta fuertes convulsiones. Una ola integrista islámica sacude a varios de los 33 países en que el Corán es el libro más leído. Los casos de conflicto más agudos son Argelia, Egipto, Afganistán, Irán, Pakistán y, en el Cáucaso, varias de las ex repúblicas soviéticas.
La religión ha sido, a lo largo de la historia, una poderosa inspiración para carnicerías en todo Occidente y Medio Oriente con las cruzadas. Hoy, la lucha entre la tolerancia y el absolutismo teológico se ha concentrado en los países islámicos. Este conforma un período deplorable que ha costado miles de decenas de vidas, y todo indica que aún falta mucha sangre por derramar.
La violencia se desencadenó en 1991, después de que los militares anularan unas elecciones ganadas en forma legítima por los islamitas, que combaten lo que llaman la “decadencia occidental”. La represión contra las mujeres que no acatan los preceptos religiosos, como el uso del chador, el velo que cubre sus rostros, es muy dura. Una mujer que asistió al funeral de un popular cantante asesinado por los integristas, Matoub Lounés, portaba una pancarta que expresaba: “El integrismo islámico es el camino más corto hacia el infierno”.
La intolerancia religiosa ha forzado al exilio a decenas de miles de intelectuales, y ha situado a los treinta millones de argelinos en un callejón del que no se ve salida.
En Egipto, la insurgencia islámica golpeó directamente a la cabeza, con el asesinato del Presidente Anwar Sadat en 1981. A partir de 1992 los ataques se masificaron con una serie de atentados que ha causado más de un millón de víctimas fatales. Los integristas exigen que el Estado Egipcio adopte la ley islámica, demandan la ruptura de relaciones con Israel y la liberación de su líder, el Jeque Abdel Rahman, encarcelado en Estados Unidos después de la bomba que estalló en 1993 en el World Trade Center de New York.
Pero si de terror integrista se trata, nadie supera a los talibanes, que gobiernan Afganistán. El siguiente episodio aconteció en una plaza de Kabul, la capital Afgana, y a fines de 1996 era un hecho corriente: “una turba de hombres arroja piedras contra una mujer que apenas cubría su rostro. La víctima, acusada de adulterio, no tardó en desplomarse. La lapidación no se detuvo hasta que el cuerpo de la infortunada quedó inerte. Entonces, uno de los miembros de la temida policía religiosa, equivalente a la inquisición española, designo a un joven para que verificara su muerte. El muchacho, casi un niño, avanzó vacilante, se arrodilló junto al cuerpo y levantó el velo que cubría su rostro. Luego, con la cara bañada de lágrimas y transfigurada por el dolor, confirmó con un gesto que sí, que su madre estaba muerta”. Esto se conoce gracias a Internet.
El terror religioso se ha generalizado entre los veinte millones de afganos. Los talibanes – buscadores - son una secta fundamentalista islámica cuyo celo es comparable al de la Inquisición Española en la Iglesia Católica. El programa de los talibanes es conmovedoramente simple: “promover el bien y prohibir el mal”. En su lucha han proscrito las revistas, la televisión y los cines, pues difunden representaciones de la figura humana. Vedados están los cafés, el ajedrez, los naipes y las bebidas alcohólicas. Las mujeres, consideradas fuente de tentación y por ende del mal, deben cubrirse por completo y dejar apenas una rendija para los ojos. No les está permitido trabajar ni asistir a escuelas.
Irán, por su parte, no vaciló en inutilizar sus relaciones con Occidente al dictar en 1989 una fatwa, condena a muerte contra el escritor británico Salman Rushdie porque los ayatolas consideraron blasfema su novela Los Versos Satánicos. Musulmanes residentes en Londres, París y varias capitales árabes salieron a las calles a quemar libros de Rushdie, quien debió pasar a la clandestinidad bajo la protección de la policía inglesa. El caso Rushdie, junto con la quema de libros, se convirtió en un emblema de la distancia que hoy separa a Occidente del Fundamentalismo Islámico. En tanto en nuestra comuna se construye una mezquita, faro de esta religión en la calle Bulnes.
La religión ha sido, a lo largo de la historia, una poderosa inspiración para carnicerías en todo Occidente y Medio Oriente con las cruzadas. Hoy, la lucha entre la tolerancia y el absolutismo teológico se ha concentrado en los países islámicos. Este conforma un período deplorable que ha costado miles de decenas de vidas, y todo indica que aún falta mucha sangre por derramar.
La violencia se desencadenó en 1991, después de que los militares anularan unas elecciones ganadas en forma legítima por los islamitas, que combaten lo que llaman la “decadencia occidental”. La represión contra las mujeres que no acatan los preceptos religiosos, como el uso del chador, el velo que cubre sus rostros, es muy dura. Una mujer que asistió al funeral de un popular cantante asesinado por los integristas, Matoub Lounés, portaba una pancarta que expresaba: “El integrismo islámico es el camino más corto hacia el infierno”.
La intolerancia religiosa ha forzado al exilio a decenas de miles de intelectuales, y ha situado a los treinta millones de argelinos en un callejón del que no se ve salida.
En Egipto, la insurgencia islámica golpeó directamente a la cabeza, con el asesinato del Presidente Anwar Sadat en 1981. A partir de 1992 los ataques se masificaron con una serie de atentados que ha causado más de un millón de víctimas fatales. Los integristas exigen que el Estado Egipcio adopte la ley islámica, demandan la ruptura de relaciones con Israel y la liberación de su líder, el Jeque Abdel Rahman, encarcelado en Estados Unidos después de la bomba que estalló en 1993 en el World Trade Center de New York.
Pero si de terror integrista se trata, nadie supera a los talibanes, que gobiernan Afganistán. El siguiente episodio aconteció en una plaza de Kabul, la capital Afgana, y a fines de 1996 era un hecho corriente: “una turba de hombres arroja piedras contra una mujer que apenas cubría su rostro. La víctima, acusada de adulterio, no tardó en desplomarse. La lapidación no se detuvo hasta que el cuerpo de la infortunada quedó inerte. Entonces, uno de los miembros de la temida policía religiosa, equivalente a la inquisición española, designo a un joven para que verificara su muerte. El muchacho, casi un niño, avanzó vacilante, se arrodilló junto al cuerpo y levantó el velo que cubría su rostro. Luego, con la cara bañada de lágrimas y transfigurada por el dolor, confirmó con un gesto que sí, que su madre estaba muerta”. Esto se conoce gracias a Internet.
El terror religioso se ha generalizado entre los veinte millones de afganos. Los talibanes – buscadores - son una secta fundamentalista islámica cuyo celo es comparable al de la Inquisición Española en la Iglesia Católica. El programa de los talibanes es conmovedoramente simple: “promover el bien y prohibir el mal”. En su lucha han proscrito las revistas, la televisión y los cines, pues difunden representaciones de la figura humana. Vedados están los cafés, el ajedrez, los naipes y las bebidas alcohólicas. Las mujeres, consideradas fuente de tentación y por ende del mal, deben cubrirse por completo y dejar apenas una rendija para los ojos. No les está permitido trabajar ni asistir a escuelas.
Irán, por su parte, no vaciló en inutilizar sus relaciones con Occidente al dictar en 1989 una fatwa, condena a muerte contra el escritor británico Salman Rushdie porque los ayatolas consideraron blasfema su novela Los Versos Satánicos. Musulmanes residentes en Londres, París y varias capitales árabes salieron a las calles a quemar libros de Rushdie, quien debió pasar a la clandestinidad bajo la protección de la policía inglesa. El caso Rushdie, junto con la quema de libros, se convirtió en un emblema de la distancia que hoy separa a Occidente del Fundamentalismo Islámico. En tanto en nuestra comuna se construye una mezquita, faro de esta religión en la calle Bulnes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario