¿Hay alguna relación entre la guerra civil en Afganistán y los adictos a la heroína en Madrid o París? Sí, sí la hay, y es muy directa. Las guerras son caras y los bandos requieren de fondos para combatir. Ya en 1967 el general birmano Tuan Shi-Wen, colaborador de la CIA, declaró: “Para luchar se necesita un ejercito, un ejercito necesita armas y para ello se requiere dinero. En estas montañas, el único dinero es el opio” Otro tanto pueden decir hoy los afganos y las facciones kurdas que combaten entre las fronteras de Irak, Irán y Turquía.
Las regiones que padecen conflictos armados son terreno fértil para los cultivos de drogas ilegales. Así, el “triángulo dorado” incluye Myanmar – donde se produce el 40 % del opio -, Laos, Camboya y Tailandia. La guerra de Vietnam contribuyó al auge del consumo de heroína. Más cerca de Europa está la “media luna de oro”, integrada por Irán, Afganistán y Pakistán. Después de la invasión soviética, en diciembre de 1980, los rebeldes afganos recurrieron en forma sistemática a la venta de drogas. David Melocik, funcionario de la DEA, expresó al respecto: “Se puede decir que los rebeldes afganos hacen su dinero con la venta del opio. No hay dudas. Los rebeldes mantienen su causa con ello”.
En cuanto a la CIA, no enfrentaba un gran dilema al apoyar el tráfico de drogas o los más oscuros fundmentalismos. La meta de USA era derrotar a los soviéticos. Así se fue conformando el equivalente a una brigada internacional de fanáticos luchadores islámicos.
Miles de jóvenes fueron reclutados desde Marruecos a Pakistán para unirse a la muyahidin – cruzados del Islam – afganos que derrotaron al ejército soviético y a sus aliados locales. Los muyahidin y sus reclutas extranjeros recibieron el apoyo activo de la CIA. El servicio secreto pakistaní fue el encargado de administrar y canalizar los recursos financieros.
En Pakistán proliferaron los campos de entrenamiento militar y los voluntarios provenientes del mundo islámico recibiendo el más moderno armamento. No hay cifras exactas de cuantos hombres recibieron instrucción en tácticas de guerrillas, sabotaje y acciones terroristas, pero el hecho de que permanecieran en Pakistán más de 600 argelinos, nos da una idea de la magnitud de la acción encubierta. Y eso que la mayoría de sus compatriotas volvió a casa a sumarse a la lucha integrista contra el gobierno. Egipto, por su parte, solicitó a Pakistán que le entregase a todos sus nacionales que lucharon en Afganistán. En particular pidió el regreso de Mohamed Shawki al Islamobuli, hermano de uno de los asesinos del Presidente Anwar Sadat, ultimado en 1981.
Hacia 1985, Mijail Gorbachov, el mandatario soviético, admitió en público que sufría reveses militares al calificar a Afganistán como “una herida sangrante” para su ejercito. Y en verdad que sangraron los soviéticos: alrededor de ocho mil de sus efectivos murieron en las inhóspitas montañas afganas. Vista con los ojos de la Guerra Fría, la alianza de la CIA con los fundamentalistas resultó ser un éxito. La derrota constituyó un revés político y militar mayor para Moscú, y aceleró los drásticos cambios de la perestroika que concluyeron con la implosión y derrumbe de la Unión Soviética y el muro de Berlín.
Pero quien siembra vientos cosecha tempestades, dice el proverbio. Para Washington esta intervención ha sido una cosecha amarga en términos de droga y terrorismo.
En Egipto, uno de los principales proselitista de la lucha afgana fue el Jeque no vidente Omar Abdel Rahman, el mismo que esta cumpliendo una sentencia en Estados Unidos, acusado de autoría intelectual del estallido de una bomba – el 26 de febrero de 1993 – en una de las torres gemelas del World Trade Center de New York. En la lucha en Afganistán, la CIA trabó relaciones estrechas con Osama Bin Laden, un joven proveniente de Arabia Saudí. Allí colaboraron durante una década. Más tarde, el trabajo conjunto se extendió a Bosnia Herzegovina, donde Ben Laden apoyó a sus correligionarios; luego hizo lo propio en Kosovo. Pero las cosas terminaron mal. En agosto de 1998 estallaron bombas en las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania. Los atentados dejaron 236 muertos y más de cinco mil heridos. El principal acusado fue nada menos que Osama Bin Laden, lo que desató la ira de Washington.
Por otra parte, el desbaratamiento de Yugoslavia y las guerras entre las diversas repúblicas que le integraban multiplicaron el narcotráfico. La provincia de Kosovo y los albaneses kosovares ya eran famosos a comienzos de los años noventa por sus actividades en el tráfico de drogas. En un informe de la DEA titulado “La Ruta de Los Balcanes”, se señala lo siguiente: “Es posible que ciertos miembros de la comunidad albanesa en la región de serbia de Kosovo se dediquen al tráfico de drogas para financiar sus actividades separatistas. En 1992 diversas informaciones daban cuenta de que grupos - de albaneses de Kosovo- aceptaban armas a cambio de heroína” (Nicolás Milerirch, Trafic et crimes dans les Balcans, París Presses Universitaires de France, 1998). Y un informe de Interpol de 1997 da cuenta de que “los albaneses de Kosovo, en particular, controlan la mayor parte del mercado de heroína en Suiza, Austria, Alemania, Hungría, República Checa, Noruega, Polonia y Bélgica” (European heroin scene: Balkans, the focus, 1996-1997, informe de Interpol). En Suiza son casi monopolicos, pues controlan el 90 % del mercado; lo dijo en 1997 el encargado de la oficina antidroga de la policía suiza: “Los traficantes provenientes de la ex Yugoslavia dominan el mercado suizo. Y en primera línea encontramos a los albaneses kosovares”.
Para Belgrado también era evidente que los kosovares destinaran una fracción del dinero del tráfico ilícito a financiar la creación de la República de Kosovo, adquiriendo armamento a diversos grupos terroristas, como afirmó en 1997 el diario Politika, muy cercano a Milosevic. Lo certero es que allí dónde hay guerra, con el sacrificio de vidas y bienes, prospera el narcotráfico. Y la experiencia muestra que las guerras pasan, pero la adicción a la droga y el dinero fácil perduran por largo tiempo después de que han callado las armas. ¿Y qué tenían que decir sobre este conflicto los líderes verdes germanos? Joschka Fischer, un ministro de Relaciones Exteriores, declaró: “Por primera vez en este siglo, Alemania está del lado correcto” (Alain Frachon, La premiere guerre du XXI siécle, Le Monde semanal, 12 de mayo de 1999).
Un cofrade de Fischer, Ludger Volmer, fue más específico y adelantó las bases para una nueva doctrina: “Debemos combatir por una Europa que condene la vieja noción de identidad étnica”. De cara a sus bases, Fischer apeló a una fibra muy sensible de la juventud alemana: “el sentimiento de culpa por los crímenes de sus mayores”. La invasión de los Balcanes por parte de Alemania nazi costó la vida de uno de cada seis serbios adultos. Frente a las informaciones de masacres en Kosovo, se insistió en que “Se es culpable también si no se hace nada” (Pier Haski, Kosovo: dans les coulisses de Club de cinq, Libération. París 1 de julio de 1999) Esa fue la alternativa presentada a los verdes; apoyo a la guerra o pecar por omisión. De este modo afloró con fuerza la pugna que los verdes alemanes arrastran desde sus comienzos como movimiento político organizado. De un lado están los reallos, abreviación alemana para designar a los militantes más realistas y pragmáticos. Y del otro lado están los fundis, como se llama a la fracción más principista, fundamentalista. El 13 de mayo, en un importante congreso, las bases verdes refrendaron la postura de sus líderes reallos, con Fischer a la cabeza. Así, entre los ecologistas, como en todo movimiento político, primaron las consideraciones domesticas: “termino de la industria nuclear y mejorar las condiciones de los inmigrantes”.
Las regiones que padecen conflictos armados son terreno fértil para los cultivos de drogas ilegales. Así, el “triángulo dorado” incluye Myanmar – donde se produce el 40 % del opio -, Laos, Camboya y Tailandia. La guerra de Vietnam contribuyó al auge del consumo de heroína. Más cerca de Europa está la “media luna de oro”, integrada por Irán, Afganistán y Pakistán. Después de la invasión soviética, en diciembre de 1980, los rebeldes afganos recurrieron en forma sistemática a la venta de drogas. David Melocik, funcionario de la DEA, expresó al respecto: “Se puede decir que los rebeldes afganos hacen su dinero con la venta del opio. No hay dudas. Los rebeldes mantienen su causa con ello”.
En cuanto a la CIA, no enfrentaba un gran dilema al apoyar el tráfico de drogas o los más oscuros fundmentalismos. La meta de USA era derrotar a los soviéticos. Así se fue conformando el equivalente a una brigada internacional de fanáticos luchadores islámicos.
Miles de jóvenes fueron reclutados desde Marruecos a Pakistán para unirse a la muyahidin – cruzados del Islam – afganos que derrotaron al ejército soviético y a sus aliados locales. Los muyahidin y sus reclutas extranjeros recibieron el apoyo activo de la CIA. El servicio secreto pakistaní fue el encargado de administrar y canalizar los recursos financieros.
En Pakistán proliferaron los campos de entrenamiento militar y los voluntarios provenientes del mundo islámico recibiendo el más moderno armamento. No hay cifras exactas de cuantos hombres recibieron instrucción en tácticas de guerrillas, sabotaje y acciones terroristas, pero el hecho de que permanecieran en Pakistán más de 600 argelinos, nos da una idea de la magnitud de la acción encubierta. Y eso que la mayoría de sus compatriotas volvió a casa a sumarse a la lucha integrista contra el gobierno. Egipto, por su parte, solicitó a Pakistán que le entregase a todos sus nacionales que lucharon en Afganistán. En particular pidió el regreso de Mohamed Shawki al Islamobuli, hermano de uno de los asesinos del Presidente Anwar Sadat, ultimado en 1981.
Hacia 1985, Mijail Gorbachov, el mandatario soviético, admitió en público que sufría reveses militares al calificar a Afganistán como “una herida sangrante” para su ejercito. Y en verdad que sangraron los soviéticos: alrededor de ocho mil de sus efectivos murieron en las inhóspitas montañas afganas. Vista con los ojos de la Guerra Fría, la alianza de la CIA con los fundamentalistas resultó ser un éxito. La derrota constituyó un revés político y militar mayor para Moscú, y aceleró los drásticos cambios de la perestroika que concluyeron con la implosión y derrumbe de la Unión Soviética y el muro de Berlín.
Pero quien siembra vientos cosecha tempestades, dice el proverbio. Para Washington esta intervención ha sido una cosecha amarga en términos de droga y terrorismo.
En Egipto, uno de los principales proselitista de la lucha afgana fue el Jeque no vidente Omar Abdel Rahman, el mismo que esta cumpliendo una sentencia en Estados Unidos, acusado de autoría intelectual del estallido de una bomba – el 26 de febrero de 1993 – en una de las torres gemelas del World Trade Center de New York. En la lucha en Afganistán, la CIA trabó relaciones estrechas con Osama Bin Laden, un joven proveniente de Arabia Saudí. Allí colaboraron durante una década. Más tarde, el trabajo conjunto se extendió a Bosnia Herzegovina, donde Ben Laden apoyó a sus correligionarios; luego hizo lo propio en Kosovo. Pero las cosas terminaron mal. En agosto de 1998 estallaron bombas en las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania. Los atentados dejaron 236 muertos y más de cinco mil heridos. El principal acusado fue nada menos que Osama Bin Laden, lo que desató la ira de Washington.
Por otra parte, el desbaratamiento de Yugoslavia y las guerras entre las diversas repúblicas que le integraban multiplicaron el narcotráfico. La provincia de Kosovo y los albaneses kosovares ya eran famosos a comienzos de los años noventa por sus actividades en el tráfico de drogas. En un informe de la DEA titulado “La Ruta de Los Balcanes”, se señala lo siguiente: “Es posible que ciertos miembros de la comunidad albanesa en la región de serbia de Kosovo se dediquen al tráfico de drogas para financiar sus actividades separatistas. En 1992 diversas informaciones daban cuenta de que grupos - de albaneses de Kosovo- aceptaban armas a cambio de heroína” (Nicolás Milerirch, Trafic et crimes dans les Balcans, París Presses Universitaires de France, 1998). Y un informe de Interpol de 1997 da cuenta de que “los albaneses de Kosovo, en particular, controlan la mayor parte del mercado de heroína en Suiza, Austria, Alemania, Hungría, República Checa, Noruega, Polonia y Bélgica” (European heroin scene: Balkans, the focus, 1996-1997, informe de Interpol). En Suiza son casi monopolicos, pues controlan el 90 % del mercado; lo dijo en 1997 el encargado de la oficina antidroga de la policía suiza: “Los traficantes provenientes de la ex Yugoslavia dominan el mercado suizo. Y en primera línea encontramos a los albaneses kosovares”.
Para Belgrado también era evidente que los kosovares destinaran una fracción del dinero del tráfico ilícito a financiar la creación de la República de Kosovo, adquiriendo armamento a diversos grupos terroristas, como afirmó en 1997 el diario Politika, muy cercano a Milosevic. Lo certero es que allí dónde hay guerra, con el sacrificio de vidas y bienes, prospera el narcotráfico. Y la experiencia muestra que las guerras pasan, pero la adicción a la droga y el dinero fácil perduran por largo tiempo después de que han callado las armas. ¿Y qué tenían que decir sobre este conflicto los líderes verdes germanos? Joschka Fischer, un ministro de Relaciones Exteriores, declaró: “Por primera vez en este siglo, Alemania está del lado correcto” (Alain Frachon, La premiere guerre du XXI siécle, Le Monde semanal, 12 de mayo de 1999).
Un cofrade de Fischer, Ludger Volmer, fue más específico y adelantó las bases para una nueva doctrina: “Debemos combatir por una Europa que condene la vieja noción de identidad étnica”. De cara a sus bases, Fischer apeló a una fibra muy sensible de la juventud alemana: “el sentimiento de culpa por los crímenes de sus mayores”. La invasión de los Balcanes por parte de Alemania nazi costó la vida de uno de cada seis serbios adultos. Frente a las informaciones de masacres en Kosovo, se insistió en que “Se es culpable también si no se hace nada” (Pier Haski, Kosovo: dans les coulisses de Club de cinq, Libération. París 1 de julio de 1999) Esa fue la alternativa presentada a los verdes; apoyo a la guerra o pecar por omisión. De este modo afloró con fuerza la pugna que los verdes alemanes arrastran desde sus comienzos como movimiento político organizado. De un lado están los reallos, abreviación alemana para designar a los militantes más realistas y pragmáticos. Y del otro lado están los fundis, como se llama a la fracción más principista, fundamentalista. El 13 de mayo, en un importante congreso, las bases verdes refrendaron la postura de sus líderes reallos, con Fischer a la cabeza. Así, entre los ecologistas, como en todo movimiento político, primaron las consideraciones domesticas: “termino de la industria nuclear y mejorar las condiciones de los inmigrantes”.

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