sábado, 29 de septiembre de 2007

¿Era Mahoma epiléptico?

Existen cuatro objeciones irreductibles contra la fe religiosa: que falsea por completo los orígenes del hombre y del cosmos, que debido a su error original logra combinar el mayor servilismo con el máximo de solipsismo, que es a la vez el resultado y la causa de una peligrosa represión sexual, y que, en última instancia, está basada en los buenos deseos.

No creo que sea arrogante de mi parte proclamar que ya había descubierto esas cuatro objeciones (así como el hecho, más vulgar y obvio, de que la religión es usada por aquellos que ostentan el poder temporal para arrogarse autoridad) antes de mudar la voz. Estoy moralmente seguro de que millones de otras personas han llegado a conclusiones similares de manera muy parecida y desde entonces me he encontrado con esa gente en cientos de lugares y docenas de países distintos. Muchos de ellos nunca creyeron, y muchos abandonaron la fe después de una dura lucha. Algunos de ellos tuvieron breves momentos de descreimiento que, aunque instantáneos, fueron tal vez menos epilépticos y apocalípticos (y luego más justificables moral y racionalmente) que el de Saulo de Tarso en el camino de Damasco. Y ese es el punto, conmigo y con mis colegas. Nuestra creencia no es una creencia. Nuestros principios no son una fe.
No descansamos únicamente sobre la fe y la razón porque sean factores más necesarios que suficientes, sino que desconfiamos de cualquier cosa que contradiga la ciencia o ultraje la razón. Podemos disentir en muchas cosas, pero lo que respetamos es la investigación libre, la mente abierta y el valor intrínseco de las ideas. No mantenemos nuestras convicciones de manera dogmática: la falta de acuerdo entre el profesor Stephen Jay Gould y el profesor Richard Dawkins respecto a la "evolución puntuada" y los vacíos por llenar en la teoría postdarwinista, es tan ancha como profunda, pero la resolveremos con pruebas y razonamientos y no con una mutua excomunión.
(Mi propia irritación con el profesor Dawkins y con Daniel Dennett, por su vergonzosa propuesta de que los ateos deben presuntamente llamarse a sí mismos "iluminados", forma parte de una continua discusión).
No somos inmunes al atractivo de lo maravilloso, el misterio y lo sobrecogedor: tenemos música, arte y literatura, y encontramos que los dilemas éticos serios son tratados por Shakespeare,Tolstoi, Schiller, Dostoievski y George Eliot mejor que en las míticas historias morales de los libros sacros. La literatura, no la escritura, alimenta la mente y –puesto que no existe otra metáfora– también el alma. No creemos en el cielo y el infierno, ninguna estadística mostrará nunca que sin esos incentivos y amenazas cometamos más crímenes de codicia o violencia que los fieles. (De hecho, si tal estadística pudiera hacerse alguna vez, estoy seguro de que la evidencia indicaría lo contrario). Nos hemos reconciliado con la idea de vivir sólo una vez, excepto a través de nuestros hijos, por quienes estamos perfectamente felices de aceptar que debemos apartarnos del camino y dejarles espacio. Especulamos que es por lo menos posible que, una vez que la gente acepta el hecho de que sus vidas son cortas y duras, pueda comportarse con el prójimo mejor y no peor.
Creemos con certeza que una vida ética puede ser vivida sin religión. Y sabemos con certeza que el corolario es igualmente cierto –y que la religión ha llevado a innmerables personas no sólo a no comportarse mejor que los demás sino también a concederse permiso para comportarse de maneras que sorprenderían al dueño de un burdel o a un genocida.
Lo más importante, tal vez, es que nosotros los infieles no necesitamos un mecanismo de refuerzo. Somos aquellos a los que Blaise Pascal tuvo en cuenta cuando escribió: "Fui creado de
tal manera que no puedo creer".

No necesitamos reunirnos cada día, o cada siete días, o cada día importante y auspicioso, para proclamar nuestra rectitud ni para inclinarnos y humillarnos por nuestra insignificancia. Los ateos no necesitamos de ningún sacerdote, ni de ninguna jerarquía por encima de ellos, para controlar nuestra doctrina.

Los sacrificios y las ceremonias nos parecen abominaciones, al igual que las reliquias y la adoración de cualquier imagen u objeto (incluyendo esos objetos que revisten la forma de uno de las más útiles innovaciones humanas: el libro encuadernado). Para nosotros no existe un lugar en la tierra que pueda ser "más sagrado" que otro; al ostentoso absurdo del peregrinaje o al simple horror de matar civiles en nombre de cualquier pared sagrada, cueva, santuario o roca, contraponemos un paseo, ya sea agradable o urgente, de un extremo al otro de la librería o galería, o un almuerzo con un amigo agradable, persiguiendo la verdad o la belleza. Algunas de esas excursiones hasta la librería o la galería, si son serias, obviamente nos pondrán en contacto con la fe y los creyentes, desde los grandes pintores y compositores devotos, hasta las obras de Agustín, Aquino, Maimónides y Newman.
Esos grandes estudiosos pueden haber escrito muchas cosas malvadas o simplemente tontas, y han sido irrisoriamente ignorantes acerca de la teoría del germen de las enfermedades o el lugar del globo terrestre en el sistema solar, por no hablar del universo, y esa es la principal razón por la que ya no quedan más como ellos, y no habrá más como ellos mañana. La religión dijo sus últimas palabras inteligibles, nobles e inspiradoras hace ya mucho tiempo: o eso o se convertido en un admirable pero nebuloso humanismo, como hizo, por ejemplo, Dietrich Bonhoeffer, un bravo pastor luterano colgado por los nazis por negarse a colaborar con ellos. No tendremos más profetas ni sabios de la vieja escuela, y por eso las devociones de hoy son sólo los ecos repetidos del ayer, a menudo traqueteados hasta un extremo chirriante como señal de un terrible vacío.

Mientras que algunas apologías religiosas son magníficas de forma limitada –podemos citar a Pascal– y algunas deprimentes y absurdas –aquí no podemos dejar de citar a C. S. Lewis– ambos estilos tienen algo en común: el increíble lastre que deben cargar consigo. ¡Cuánto esfuerzo por afirmar lo increíble! Los aztecas tenían que desgarrar un pecho humano cada día sólo para asegurar que el sol saliera. Se supone que los monoteistas tienen que fastidiar a su deidad más a menudo, y hasta cabe el riesgo de que ésta sea sorda. ¿Cúanta vanidad debe esconderse –sin mucho éxito– para pretender que uno es el objetivo personal de un plan divino? ¿Cuánto amor propio es preciso sacrificar para estremecerse continuamente en la certeza del propio pecado? ¿Cuántas asunciones innecesarias deben hacerse, y cuántas contorsiones son necesarias, para recibir cada nueva revelación de la ciencia y manipularla para que "encaje" con las palabras reveladas de antiguas deidades creadas por el hombre? ¿Cuántos santos, milagros, concilios y cónclaves son necesarios para establecer primero un dogma y después –tras infinito dolor, pérdidas, absurdo y crueldad– ser forzado a rescindirlo? Dios no creó al hombre a su imagen y semejanza. Evidentemente fue al revés, lo cual es una explicación indolora de la profusión de dioses y religiones, y del fratricidio dentro de y entre las diferentes profesiones de fe, que vemos hoy entre nosotros y que tanto han retardado el desarrollo de la civilización.

La crítica más suave de la religión es también la más radical y devastadora. La religión ha sido creada por el hombre. Incluso los hombres que la crearon no han logrado coincidir en aquello que sus profetas, redentores o gurús dijeron o hicieron realmente. Mucho menos pueden decirnos el "significado" de descubrimientos y desarrollos posteriores que, cuando comenzaron, o bien obstruían sus religiones o bien fueron denunciados por las mismas. ¡Y sin embargo, los creyentes siguen pretendiendo saber! No sólo saber, sino saberlo todo. No sólo saber que Dios existe y que creó y supervisó toda la empresa, sino también saber lo que "él" nos pide, desde la dieta de nuestra moral sexual y sus observancias. Dicho con otras palabras, en una vasta y complicada discusión en la que conocemos cada vez más y más sobre menos y menos, y sin embargo podemos esperar alguna iluminación a medida que avanzamos, una facción –compuesta de facciones mutuamente excluyentes– tiene la increíble soberbia de decirnos que ya tenemos toda la información esencial que necesitamos.
Tal estupidez, combinada con una gran dosis de orgullo, debería ser suficiente como para excluir a la "fe" del debate. La persona que está segura, y que reclama para sí la garantía divina de su certeza, pertenece ya a la infancia de nuestra especie.
Puede ser un largo adiós, pero ya ha comenzado y, como todos los adioses, no debe ser demorado.

El debate con la fe es el fundamento y origen de todos los debates, porque es el inicio –pero no el fin– de todos los debates sobre la filosofía, la ciencia, la historia y la naturaleza humanas. Es también el comienzo –pero en modo alguno el fin– de todas las disputas sobre la vida buena y la ciudad justa. La fe religiosa, precisamente porque seguimos siendo criaturas en evolución, es algo irradicable. Nunca morirá, o al menos no hasta que dejemos de temer la muerte, lo oscuro, lo
desconocido y al prójimo. Por esta razón, incluso si pudiera, nunca la prohibiría.
Podéis decir que es muy generoso por mi parte. Pero, ¿me concedería el religioso la misma indulgencia? Lo pregunto porque aquí existe una diferencia real y seria entre yo y mis amigos religiosos, y mis verdaderos y más serios amigos son lo bastante honestos como para reconocerlo. Puedo sentirme satisfecho acudiendo a los bar mitzvahs de sus hijos, maravillarme ante sus catedrales góticas, "respetar" su creencia en que el Corán fue dictado, aunque tan sólo en árabe, a un mercader iletrado, o interesarme en el consuelo de la Wicca, el hinduismo o el jainismo. Y continuaré haciéndolo sin insistir en una condición recíproca y educada –que a su vez me dejen en paz. Pero esto es algo que la religión definitivamente no es capaz de hacer. Mientras escribo estas palabras, y mientras las leeis, vosotros, gente de fe, estáis, cada cual a su manera, planeando vuestra destrucción y la mía, y la destrucción de todos los logros humanos y difícilmente ganados que he citado. La religión lo envenena todo.

Existe la cuestión de si el Islam es por sí mismo una religión. Inicialmente satisfizo la necesidad entre los árabes de tener un credo distintivo y especial, y éste permanecerá siempre identificado con su lengua, y sus impresionantes conquistas posteriores, que aunque no son tan sorprendentes como las del joven Alejandro de Macedonia, ciertamente llevaban consigo la idea de que estaban respaldadas por una voluntad divina hasta que se apagaron en los confines de los Balcanes y el Mediterráneo.
Pero el Islam, cuando se examina, no es mucho más que una obvia y mal arreglada serie de plagios, que se ha ido apropiando de libros y tradiciones anteriores a medida que la ocasión lo requería. Así pues, lejos de haber "nacido bajo la clara luz de la historia", como Renán generosamente dijo, el Islam en sus orígenes está tan lleno de sombras como aquellos de los que tomó sus préstamos. Hace grandes reclamaciones, invoca la sumisión o "rendición" como máxima para sus seguidores, y de paso exige la deferencia y el respeto de los no creyentes. No hay nada –absolutamente nada– en sus enseñanzas que pueda siquiera comenzar a justificar tal arrogancia y presunción.

El profeta murió en el año 632 de nuestro aproximado calendario. El primer recuento de su vida fue recopilado más de 120 años después, por Ibn Ishaq, cuyo original se perdió y puede ser consultado sólo a través de su forma reelaborada, escrita por Ibn Hisham, que murió el 834. Añadido a todas esas habladurías y oscuridad, no hay coincidencia sobre cómo los seguidores del Profeta reunieron el Corán, o cómo sus diversas sentencias (algunas de ellas escritas por secretarios) fueron codificadas. Y este problema familiar se complica aún más –incluso más que en el caso cristiano– por el asunto de la sucesión. Al contrario de Jesús, que aparentemente asumió el regreso a la tierra muy pronto y que (con el debido respeto al absurdo Dan Brown) no dejó descendientes conocidos, Mahoma fue un general y un político –y al contrario de Alejandro Magno sí fue un padre prolífico– que no dejó instrucciones sobre quién debía sucederle. Las peleas por el liderazgo comenzaron casi desde el momento de su muerte, y así el Islam tuvo su primer gran cisma –entre suníes y chiítas– antes incluso de que hubiera acabado de establecerse como sistema. No tomaremos partido en el cisma, excepto para apuntar que por lo menos una de las escuelas de interpretación debe estar equivocada. Y la identificación inicial del Islam con un califato terrenal, hecha a partir de las disputas de los rivales por la citada sucesión, lo marcó desde el mismo comienzo como algo creado por el hombre.
Dicen algunas autoridades musulmanas que durante el primer califato de Abu Bakr, inmediatamente después de la muerte de Mahoma, surgió la preocupación de que sus palabras transmitidas de manera oral pudieran olvidarse.
Tantos soldados musulmanes habían muerto en combate que el número de los que tenían el Corán a salvo en su memoria había llegado a ser alarmantemente pequeño. Se decidió entonces reunir a cada testigo vivo, junto con "trozos de papel, piedras, hojas de palmera, omóplatos, costillas y trozos de cuero" en los que dichos fragmentos habían sido escritos, y entregarlos a Zaid ibn Thabit, uno de los antiguos secretarios del Profeta, para que hiciera una recopilación concluyente. Una vez que esto se hizo, los creyentes tuvieron algo así como una versión autorizada.

De ser cierto, esto colocaría el Corán en una época bastante cercana a la vida del propio Mahoma. Pero muy pronto descubrimos que no hay certeza o coincidencia sobre la veracidad de esta historia. Algunos dicen que fue Alí –el cuarto y no el primer califa, y el fundador del chiísmo– quien tuvo la idea. Otros muchos –la mayoría sunita– afirman que fue el califa Uthman, que reinó del 644 al 656, el que tomó la decisión. Informado por uno de sus generales de que soldados de diferentes provincias estaban combatiendo entre sí debido a recuentos discrepantes del Corán, Uthman ordenó a Zaid ibn Thabit que juntara los diferentes textos, los unificara y los transcribiera en uno solo. Tras completar su tarea, Uthman ordenó que se enviasen copias estándar a Kufa, Basora, Damasco y otros lugares, y se guardara una copia maestra en Medina.
Uthman interpretó así el papel canónico que había correspondido en la estandarización y purga de la Biblia Cristiana, a Ireneo y al obispo Atanasio de Alejandría.
Se leyó la lista y algunos textos fueron declarados sagrados mientras que otros se convirtieron en "apócrifos". Superando a Atanasio, Uthman ordenó que todas las ediciones anteriores y rivales fueran destruidas.

Incluso suponiendo que esta versión de los sucesos sea correcta, lo que significaría que no hubo ninguna oportunidad para los estudiosos de determinar, o incluso de discutir, lo que realmente sucedió en tiempos de Mahoma, el intento de Uthman por suprimir los desacuerdos fue vano. El árabe escrito tiene dos rasgos que lo hacen difícil de aprender para un extraño: usa puntos para distinguir consonantes como "b" u "t", y en su forma original carecía de signo o símbolo para las vocales cortas, que podían ser reflejadas por varios guiones o marcas parecidas a la coma.
Lecturas ampliamente divergentes, incluso de la versión de Uthman, fueron facilitadas por esas variantes. El mismo árabe escrito no fue estandarizado sino hasta finales del siglo IX, y mientras tanto el Corán, raramente vocalizado y sin puntos, generó explicaciones completamente distintas de lo mismo, como sigue haciéndolo. Esto puede no importar en el caso de la Ilíada, pero recordemos que se supone que estamos hablando de la palabra inalterable (y final) de Dios.
Existe obviamente una conexión entre la atrevida debilidad de esa afirmación y la certeza absolutamente fanática con la que es presentada. Para tomar una instancia que difícilmente puede ser considerada como negligible, las palabras en árabe escritas en el exterior del Domo de la Roca de Jerusalén son distintas a cualquier versión que aparece en el Corán.

La situación es incluso más confusa y deplorable cuando llegamos al hadith, o esa vasta literatura secundaria generada de manera oral y que supuestamente contiene los dichos y acciones de Mahoma, el cuento de la recopilación del Corán y las frases de "los compañeros del Profeta". Cada hadith, para ser considerado auténtico, debe de ser apoyado a su vez por un isnad, o cadena, de testigos supuestamente creíbles. Muchos musulmanes permiten que su actitud en la vida cotidiana sea determinada por esas anécdotas: considerar impuros a los perros, por ejemplo, basándose sólo en el supuesto de que Mahoma lo dijo.
Como podría esperarse, las seis colecciones autorizadas de hadih, que apilan habladuría tras habladuría y desenrollan un largo lío de isnads ("A" se lo dijo a "B", que lo supo de "C", que lo aprendió de "D") fueron recopiladas siglos después de los sucesos que se supone que describen.
Uno de los más famosos entre los seis compiladores, Bukhari, murió 238 años después de la muerte de Mahoma. Bukhari es considerado como particularmente fiable y honesto por los musulmanes, y parece haber merecido su reputación porque, de las trescientas mil declaraciones que acumuló en una vida consagrada al proyecto, declaró que unas doscientas mil carecían de cualquier valor o fundamento. Exclusiones posteriores de dudosas tradiciones o isnads cuestionables dejaron el total reducido a diez mil hadith. Son ustedes libres de creer, si así prefieren, que de esa masa informe de testimonios iletrados y mal recordados, el piadoso Bukhari, más de dos siglos después, se las arregló para seleccionar únicamente aquellos que, puros e intocados, lograron resistir el escrutinio.

La posibilidad de que alguna de esta retórica humanamente derivada permanezca "sin error", o sea "definitiva" está concluyentemente desaprobada, no sólo por sus innumerables contradicciones e incoherencias, sino también por el famoso episodio de los supuestos "versículos satánicos" del Corán, de los que Salman Rushdie sacó posteriormente un proyecto literario. En esta polémica ocasión, Mahoma trató de conciliar a algunos importantes politeístas de la Meca y por el camino experimentó una "revelación" que le permitió continuar adorando después de todo a algunas de las antiguas deidades locales. Más tarde se dio cuenta de que esto no podía ser correcto y que sin darse cuenta había sido "poseído" por el diablo, que por alguna razón había decidido relajar su costumbre de combatir a los monoteístas en su propio terreno. (Mahoma creía devotamente no sólo en el diablo sino también en los pequeños diablillos del desierto, geniecillos o djins). Fue reportado incluso por algunas de sus esposas que el Profeta era capaz de tener una "revelación" que conviniera a sus necesidades a corto plazo, y que a menudo se le gastaban bromas al respecto. Se nos dice también –por ninguna autoridad que necesite ser creída– que cuando experimentaba una revelación en público a veces padecía dolores y sentía un fuerte grito en sus oídos. Perlas de sudor brotaban de él, incluso en el más frío de los días. Algunos despiadados críticos cristianos han sugerido que era epiléptico (aunque omiten mencionar los mismos síntomas en el rapto experimentado por Pablo en su camino a Damasco), pero no es necesario que especulemos en ese terreno. Basta con replantear la inevitable pregunta de David Hume. ¿Qué es más probable, que un hombre deba ser usado como transmisor por Dios para entregar algunas revelaciones ya existentes, o que repita algunas revelaciones ya conocidas y crea ser, o pretenda ser, investido por Dios para hacerlo?
En cuanto a los dolores, los ruidos dentro de la cabeza, o el sudor, no podemos dejar de lamentar el hecho aparente de que la comunicación directa con Dios no sea una experiencia de calma, belleza y lucidez.

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